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17 de Diciembre del 2020
Ideas
Lectura: 8 minutos
17 de Diciembre del 2020
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

El poder del periodismo frente al de los actores políticos
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La discusión de Ramos y Wemple descubre algunas percepciones que son válidas para el periodismo ecuatoriano: el que soportó el correato y el que vive la pandemia e informará sobre la campaña electoral.

Es interesante el debate suscitado entre el periodista Jorge Ramos, colaborador del The New York Times, y el analista de medios Erick Wemple, del The Washington Post sobre el poder de las organizaciones informativas, referido a las relaciones de la prensa con el presidente Donald Trump. 

Ramos escribió un articulo titulado “No nos quisieron oír”, el 4 de diciembre pasado. Ahí asegura que la constante y extendida cobertura mediática contribuyó, en buena medida, “a que Trump ganara las elecciones presidenciales de 2016”. En 2015, agrega, hubo periodistas que publicaban en sus medios el comportamiento y los comentarios del entonces candidato Trump, sin criticarlos ni contextualizarlos, sino solo en función de los ratings que por esa difusión alcanzaban. Su conclusión es que los periodistas debieron haber sido más “críticos y exigentes con Trump desde el inicio, cuestionar cada una de sus mentiras e insultos, y no dejarlo salirse con la suya cuando hacía comentarios racistas y xenofóbicos. (…) Nos faltaron muchas preguntas duras a tiempo”. 

La columna de Ramos fue contestada por Wemple, el 7 de diciembre, con su artículo titulado “Jorge Ramos suggests that the media could have stopped Trump. Really?” En su nota, este crítico de medios duda sobre las afirmaciones de Ramos que, en su opinión, reproducen la extendida atribución del enorme poder de las organizaciones informativas, sustentada en lo que denomina como “determinismo mediático”. Wemple precisa que las organizaciones de noticias condenaron las afirmaciones de Trump sobre los inmigrantes, así como sus descalificaciones a varios líderes políticos. También investigaron sobre la historia personal y empresarial de Trump y divulgaron aquello que encontraron. Y sostiene que la indignación que provocó en la prensa las conductas de Trump fue un acicate para fortalecer las simpatías de sus partidarios, pues se creó un ciclo predecible, por el cual, las críticas de la prensa a los desatinos de Trump eran señaladas por el gobernante como un ejemplo del sesgo mediático. Si los cuestionamientos hubieran sido más duros, conjetura Wemple, tal vez el atractivo de Trump entre sus seguidores hubiera sido mayor.    

La discusión de Ramos y Wemple descubre algunas percepciones que son válidas para el periodismo ecuatoriano: el que soportó el correato y el que vive la pandemia e informará sobre la campaña electoral.   

Ramos está de acuerdo con el escrutinio a los actores políticos al que están obligados la prensa, el periodismo y los periodistas. Y Wemple tiene razón en señalar las creencias existentes sobre el poder de los medios.  No solo las audiencias arrogan tal poder a los medios de comunicación, a la prensa o a los periodistas, indistintamente, sino que los actores políticos, hasta los de primera línea, están convencidos de ello y por eso los atacan con fiereza, inclusive.  Por cierto, los propios medios, la prensa y algunos periodistas también lo acreditan. Y se lo creen.  

En Ecuador, hace ya más de 10 años, muchos electores responsabilizaron a los medios y a algunas figuras especialmente de la televisión y de la radio por el triunfo del ex presidente Rafael Correa. E incluso algunos de estos presentadores y entrevistadores se hicieron eco de esas aseveraciones y las aceptaron, al menos por un tiempo. ¿Acaso visibilizar la imagen y las posiciones de un actor político se traduce mecánicamente en un triunfo electoral? ¿Debían ocultarlo y censurarlo? En modo alguno. La prensa está para informar.

Correa y sus seguidores estaban tan persuadidos del poderío de los medios que en cuanto llegaron al gobierno comenzaron a hostigarlos y a desautorizarlos.  Y emprendieron en un proceso para desprestigiarlos, desacreditarlos, debilitarlos y controlarlos.

Correa y sus seguidores estaban tan persuadidos del poderío de los medios que en cuanto llegaron al gobierno comenzaron a hostigarlos y a desautorizarlos.  Y emprendieron en un proceso para desprestigiarlos, desacreditarlos, debilitarlos y controlarlos. Por ello su empeño para contar con una ley de comunicación y luego por convertir la comunicación en un servicio público, desacierto felizmente superado.

La idea está muy cercana a aquella que hace décadas se proclamaba a voz en cuello: la de la prensa como el cuarto poder del estado. En el periodismo ecuatoriano del siglo XX es posible encontrar ejemplos de la importancia dada por los titulares del poder político a los responsables de los medios de comunicación, práctica que se advertía como natural por varios de ellos. Cuando había un cambio de gobierno, o cuando se estaba fraguando un golpe militar o civil, los ejecutivos de los diarios y de los espacios informativos de la radio y de la televisión eran consultados, y se pulsaban sus criterios. En no pocas ocasiones, los directores fueron convocados a la sede del gobierno para conversar con los nuevos jefes de estado. Los gobernantes los veían como voces autorizadas y referentes. Pero esto fue modificándose. A medida que los procesos comunicacionales se fueron ampliando y democratizando con la entrada de la internet y de las redes sociales, la preponderancia periodística en la información se fue atenuando. Los diarios primero, y luego los noticieros radiales y televisivos dejaron de ser los propagadores de las primicias informativas. En el siglo XXI los primeros difusores son cada vez más los ciudadanos interesados en divulgar hechos noticiosos que están presenciando. 

El cambio no es negativo. Al contrario, vuelve a colocar el valor de la prensa en la relación que construye con sus audiencias, públicos y seguidores, y en la influencia que ello le proporciona. Reitero, es una idea muy cercana a la que inicialmente originó aquello del cuarto poder, o the fourth state, en inglés, por parte del filósofo y político irlandés Edmond Burke, a fines del siglo 18. Según otro filósofo, el escocés Thomas Carlyle, Burke aplicó este término para referirse a la prensa que cubría las sesiones del legislativo en Gran Bretaña, y contrastarlo con los tres estados del reino francés: el clero, la aristocracia y el pueblo.  Con ello, según Carlyle, Burke colocaba el genuino poder político en la prensa, por su relación de intermediación con sus lectores, la cual estaba marcada por su independencia.

Exacto. Es la independencia, la autonomía de los actores del poder político, del poder económico y del poder social lo que dota de influencia a la prensa, al periodismo y a los periodistas.  Pero de influir a ejercer un poder, sobre todo con la connotación de coerción y de dominio hay un abismo. Si algún poder tienen la prensa, el periodismo y los periodistas este proviene de la cercanía que logren mantener con sus audiencias y de su capacidad para sintonizar con sus necesidades, anhelos y preocupaciones. De este modo podrán aportarles y entregarles información e interpretaciones relevantes.

Ello les compromete a dar cuenta de las realidades crecientemente complejas, desde sus particulares líneas y posiciones editoriales. Si esta difusión se verifica con libertad, quienes ganan son los públicos que garantizan su acceso a una diversidad de enfoques, de contenidos y de puntos de vista.

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