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25 de Abril del 2021
Ideas
Lectura: 10 minutos
25 de Abril del 2021
Rubén Darío Buitrón
El poder y la prensa digital
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El tema de fondo es que cada vez más los medios y los periodistas seamos capaces de jugar limpio con la calidad de nuestro trabajo, tanto con quienes son objeto de las noticias e investigaciones como con quienes leen dichas informaciones.

A partir del próximo 24 de mayo, cuando asuma el presidente electo Guillermo Lasso, habrá durante cuatro años una tensión soterrada entre el poder político y económico —acostumbrado a que todo lo que se difunda en los medios los favorezca, como ha ocurrido desde hace 14 años— y los medios de comunicación tanto tradicionales como los nuevos medios, en especial los digitales.

Esta relación deberá caracterizarse por el juego limpio, incluso si una de las instituciones financieras relacionadas con el candidato ganador sigue pautando en la prensa.

El desafío será grande: ¿tendremos los medios y los periodistas, en especial los independientes, la capacidad de distinguir y separar la publicidad, que de alguna manera financia a la prensa, con la información, aunque se entre en conflicto y se pierda esa pauta?

La solución no es difícil. La prensa ecuatoriana, sobre todo la digital, que lleva la delantera, tendrá que ser más estricta, más rigurosa, más suspicaz y más valiente de lo que ha sido hasta ahora, con su importante y esencial contribución a que se conozcan escandalosos hechos de corrupción que por la vía judicial han logrado desmantelar poderosas redes que manejan tramas ilícitas e ilegales.

Para lograr la separación de la publicidad del periodismo, para que no se trabaje la información en función del financiamiento vía avisos y anuncios comerciales, el trabajo de la prensa, que en estos años ha tenido niveles de heroicidad y valentía nunca antes vistos, tendrá que ser transparente, profundo y claro, como mandan las normas del periodismo ético, equilibrado y justo.

Como concluye una minuciosa investigación del grupo estadounidense Hardwood, especializado en analizar el trabajo de la prensa norteamericana, “los periodistas deben tener un gran apetito de coherencia en la forma de presentar la información relacionada con los asuntos públicos” (el subrayado es nuestro).

En las conclusiones de un estudio solicitado por una amplia cadena de periódicos de los Estados Unidos, la consultora advierte que “a veces se presta más atención a la cantidad y a la novedad de la información que a su calidad; de hecho, a la gente se la bombardea diariamente con hechos y cifras, cada vez más con supuestas revelaciones sobre noticias viejas y con declaraciones contradictorias o inconexas respecto a un interés público. Pero a menudo la gente no suele encontrar sentido en toda esa información porque carece de coherencia”.

En otras palabras, señala el informe, “la gente quiere conocimiento, no solamente hechos o datos. La gente necesita saber lo que pasa, sin eufemismos ni omisiones. No importa lo que aleguen los escépticos radicales, la gente sigue creyendo apasionadamente en el contenido. Quiere la imagen completa, no parte de ella”.

Siguiendo ese análisis, que conmocionó a buena parte de los medios estadounidenses, el periódico The Chicago Tribune definió algo esencial en sus normas y reglamentos internos: “El propósito fundamental de nuestro periódico es ayudar a la gente a dominar su mundo a través del conocimiento, porque el conocimiento da poder al pueblo”.

El tema de fondo, por tanto, es que cada vez más los medios y los periodistas seamos capaces de jugar limpio con la calidad de nuestro trabajo, tanto con quienes son objeto de las noticias e investigaciones como con quienes leen dichas informaciones.

El tema de fondo es que cada vez más los medios y los periodistas seamos capaces de jugar limpio con la calidad de nuestro trabajo, tanto con quienes son objeto de las noticias e investigaciones como con quienes leen dichas informaciones

La clave está en que cada vez más podamos creer en nosotros mismos porque estamos convencidos de que nos encontramos cumpliendo las responsabilidades con nuestra audiencia, con la sociedad y con el conjunto del país.

En el libro Valores periodísticos (Sociedad Interamericana de Prensa, colección Chapultepec), del connotado analista norteamericano Jack Fuller, este advierte que si no se realiza un trabajo de altura y de profundidad en el que los medios pongan toda su inteligencia y su esfuerzo profesional por buscar la verdad, “cada vez habrá más personas que dudan de que la prensa pueda hacer con eficiencia su tarea en un contexto empresarial y comercial”.

Si trasladamos esta alarma a lo que puede venirse en el Ecuador, es una reflexión esencial para lo que pueda venir. O para lo que se deje de decir.

Ahora, más que antes, los periodistas tenemos el deber de construir con claridad, precisión y equilibrio los contenidos de los medios, porque de parte de los ciudadanos, de los lectores, del público, cada vez habrá más escepticismo, más dudas, más sospechas de que la prensa será una aliada del poder político y económico en lugar de convertirse en el espacio donde se ventilen con transparencia todos los asuntos en que se involucran esos poderes, en especial los que terminan perjudicando al país por hechos de corrupción, irregularidades, manejos oscuros de la cosa pública, delitos contra el Estado, negociados…

¿Por qué más que antes? Porque el presidente electo ha anunciado que derogará la Ley de Comunicación, con lo cual —se supone— los medios y los periodistas tendrán absoluta libertad para ejercer su trabajo sin presiones, sin amenazas, sin dejarse influir por quienes están convencidos de que la prensa debe ser “militante” en el sentido de favorecer a unos y perjudicar a otros.

En su libro El Director (editorial K.O.), el periodista español David Jiménez, que manejó por un año el diario El Mundo, de Madrid, y renunció cuando vio que los que manejaban a sus anchas el periódico eran el gobierno, por un lado, y los poderosos sectores empresariales, por otro, critica que los grandes medios “siguen aferrados aún a la fantasía de que la prensa tradicional tiene la resonancia y la influencia de antaño. Pero los tiempos habían cambiado —manifiesta— y el alcance de las opiniones de los diarios tradicionales se había diluido en mitad de la mayor oferta informativa y de opinión de la historia, con miles de medios y usuarios compitiendo por atención en la inmensidad del océano del internet”.

Más adelante, cuando defiende el espacio cibernético como una posibilidad real, inmediata y de gran alcance y subraya que los medios electrónicos están avanzando mucho más rápido y dejando atrás a la prensa tradicional, reflexiona que “en el diario no nos dábamos cuenta de que, con tiradas impresas cada vez más pequeñas frente a cientos de nuevos medios digitales, con menos periodistas buscando exclusivas y primicias y el bajo impacto de lo que publicábamos en caída libre, ya solamente importábamos a un pequeño gueto de la ética política, económica, burocrática, académica y cultural de Madrid. Solo éramos relevantes para el establishment de la capital, en parte porque llevábamos décadas escribiendo sobre ellos y para ellos. Y porque formábamos, aunque no quisiéramos reconocerlo, parte de él”.

Más adelante narra que la prueba de lo mucho que estaban cambiando las cosas llegó poco después, “cuando la mayor exclusiva de los últimos años se difundió a través de un diario digital nativo fundado apenas hace 14 años, El Confidencial, y un canal de televisión que el Gobierno consideraba casi subversivo, La Sexta”.

Ellos publicaron Los papeles de Panamá, la investigación liderada por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) que obtendría un premio Pulitzer y que reveló lo que muchos sospechaban: la elite económica del mundo, desde deportistas a cantantes, desde políticos a magnates, tenía a su disposición un sistema alternativo para ocultar y proteger su dinero a través de paraísos fiscales y empresas de papel.

El periodismo digital tiene por delante una gran responsabilidad, pero también un amplio camino por recorrer.

Como decía el maestro Javier Darío Restrepo en El zumbido y el moscardón, “La red puede ser una herramienta que facilite la comunicación y la información ciudadana con la inmediatez y la diversidad temática que la caracterizan, pero nunca debe suplir el papel profesional de los medios”.

“Una guía de buenas maneras periodísticas digitales —reiteraba— es el instrumento base para que la opinión pública deje claras las exigencias que le corresponden y rechace el mal periodismo, sea tradicional o digital”.

[PANAL DE IDEAS]

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