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7 de Julio del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
7 de Julio del 2019
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista.

El posicionamiento como política de estado
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El sentido de su cruzada, además de deslegitimar a todo aquello que no fuera propaganda gubernamental, fue restar identidad al periodismo especialmente, pero también a la comunicación política y a la asesoría comunicacional, por nombrar dos ámbitos relevantes.

Algo que preocupó permanentemente a los correistas durante toda su vivencia en el poder fue el posicionamiento. Con ello se referían a conseguir que sus puntos de vista, sus interpretaciones sobre la realidad y sus percepciones sobre ella fueran si no únicas, al menos hegemónicas. En esta pretensión, incluso me atrevería a designarla como su obsesión, se fincó su ambición, desde enero de 2007, de descalificar, desprestigiar, desacreditar, debilitar, vigilar, disciplinar y, si fuera posible, destruir y eliminar a la prensa independiente. Convertir al periodismo en sinónimo de propaganda fue su aspiración. Por ello su cuestionamiento a condiciones del periodismo como la criticidad y la irreverencia, tan propias de esta profesión. No contentos con ello, procuraron reducir las múltiples expresiones de la comunicación, esfera tan compleja, a la propaganda. Por ello detestaron y persiguieron el diálogo social entre los ciudadanos.  

El sentido de su cruzada, además de deslegitimar a todo aquello que no fuera propaganda gubernamental, fue restar identidad al periodismo especialmente, pero también a la comunicación política y a la asesoría comunicacional, por nombrar dos ámbitos relevantes.  Así su misión se facilitaría, como efectivamente sucedió temporalmente. Conseguir mantener una imagen positiva, a cuenta de falsear y de negar la realidad fue el desafío del correismo frente al ejercicio del periodismo, en sus diversos soportes y géneros. Es decir, a la actividad periodística dirigida a informar con ética, principios deontológicos y calidad; por tanto, con precisión, corrección, claridad y demás características que definen al buen periodismo de aquel que no lo es o que se disfraza de tal. No obstante, los esfuerzos correistas por diluir la identidad del periodismo no fueron exitosos. Fracasaron.

Conseguir mantener una imagen positiva, a cuenta de falsear y de negar la realidad fue el desafío del correismo frente al ejercicio del periodismo, en sus diversos soportes y géneros.

Un ejemplo del ansia del correismo por el posicionamiento se expresa en los recientes exámenes especiales que la Contraloría divulgó sobre el uso irregular de dineros públicos para “posicionar mediáticamente” los sucesos del 30-S. Varias de las anomalías cometidas ya habían sido difundidas por la prensa ecuatoriana; pero es importante que una agencia estatal de control las refrende pues ello permitirá que los responsables de esta presunta malversación sean sancionados.

Que vergüenza que en el marco de tal posicionamiento se haya ejecutado aquel evento denominado “Cupre: hacia un nuevo periodismo” encaminado a distorsionar el sentido, objetivos y ejercicio del periodismo y de los periodistas.

Uno de los grandes daños, y contradictoriamente, de los mayores beneficios que el correismo dio al periodismo y a la comunicación fue el llevar la discusión sobre su importancia y razón de ser a amplios sectores de la sociedad. Conversar sobre el periodismo y sobre el vasto y distinto campo de la comunicación, se volvió posible y efectivo entre los ecuatorianos. Dejó de ser un tema de especialistas y la exigencia por un periodismo de calidad se volvió un objetivo no solo de quienes lo ejercen sino de las audiencias y de los públicos que son la razón de ser del periodismo. 

Que haya debate sobre la importancia del periodismo para la democracia, para la práctica política y para el ejercicio de la ciudadanía es positivo. Que haya un reconocimiento al periodismo de investigación en profundidad es otro paso valioso. Y que este cumpla su labor, la de sacar a la luz los hechos que desde los poderes político, económico y social pretenden ser ocultados por sus titulares, es aún mejor. Además, que se vaya incorporando una mirada autocrítica, desde el periodismo, es alentador. Y ni qué decir de la contribución que el correismo, sin esperarlo, peor desearlo, dio al desarrollo de la prensa nacional en formato digital.

El examen de la Contraloría también da pie para preguntarse si la tremenda atención que entregó el régimen correista al periodismo y a la comunicación, a pesar del valor que estos dos espacios tienen, fue otra de las razones para que los gobernantes hayan manejado la gestión pública con tanta negligencia, incapacidad y arbitrariedad, en todos los órdenes, como estamos evidenciando desde mayo del 2017, cuando la propaganda dejó de existir. ¿Qué hicieron bien?

Recuerdo que algún ex presidente sostenía que “gobernar es comunicar”. El terminó mal, echado del poder, aun cuando legó algunas instituciones que perduran y son valoradas hoy. Gobernar no es comunicar: es administrar el estado, los asuntos públicos con eficiencia, sentido de responsabilidad, con apego al derecho y con la mira en el beneficio general; en un ambiente de incertidumbre, expuesto al ojo público y a la critica, a veces sin sustento. Comunicar e informar a sus mandantes por parte de los gobiernos sobre sus ejecutorias es su obligación y parte de su acción gubernativa. No lo es el capricho de levantar una imagen positiva sobre lo inexistente. Gobernar no es solo ganar unas elecciones sino enfrentar los problemas que los electores y los ciudadanos consideran de alto impacto y hacerlo en condiciones no fáciles ni favorables y sujeto a presiones, contradicciones y luchas. Con la esperanza de entregar un país, un estado, una nación mejores.  Porque esta es su razón, no la de dejar un retrato en la galería de exmandatarios de Carondelet.

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