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26 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
26 de Noviembre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿El primer contratiempo?
No pensaban en el bienestar del país, sino en la eternización del poder de una mujer que ya daba señales de los primeros síntomas de la más grave de todas las enfermedades sociales y políticas y que tiene el feo nombre de dictadura. Es muy probable que tampoco pensase mucho en la presidenta sino en los beneficios que ella y muchos otros obtendrían con semejante bienaventuranza.

No hay plazo que no se cumpla ni mal que dure mil años. Lo dice la sabiduría popular que sabe más que todos los doctos de las grandes universidades de oropel. Como sus colegas de Bolivia y de Ecuador, también ella decía ser enemiga de la reelección indefinida. Pero un día amaneció con otra idea y propuso su reelección porque, pensó, que aun quedaban muchísimas cosas que hacer y que no lo lograría sino mediante una presidencia sin fin. Ella reelegida por un pueblo que, con los ojos bien abiertos, la había signado con la misión de ser la salvadora del país y la constructora de su destino de gloria.

Como acontece siempre, de manera inmediata, aparecieron los sabios corifeos que saludaron y alabaron la genial ideal. Por supuesto, aquellos que medran del poder, los que se sientan con suficiente frecuencia, con deseos y gran hambre, en la mesa del poder en la que se sirven en forma de sabrosos platillos los frutos de las libertades y el cuerpo de la democracia. "Los sectores ultra K a los que pertenezco avizoramos el deseo de una reforma constitucional porque quisiéramos una Cristina eterna”, anunció a los vientos una diputada. No pensaba en el bienestar del país, sino en la eternización del poder de una mujer que ya daba señales de los primeros síntomas de la más grave de todas las enfermedades sociales y políticas y que tiene el feo nombre de dictadura. Es muy probable que tampoco pensase mucho en la presidenta sino en los beneficios que ella y muchos otros obtendrían con semejante bienaventuranza. El poder absoluto y eterno sirve para enmascarar el rostro de la corrupción.

¿Acaso se pueden olvidar los textos de la historia sin dar cuenta de una grave amnesia? En el siglo XX algunos militares y más de un civil (apoyado por generosos y patriotas militares) se tomaron el poder con las armas. Esa noble práctica pasó de moda porque ni siquiera el tiempo lava la sangre, las heridas, los abusos de poder y el despilfarro de los bienes comunes.

Ahora se pretende instaurar otra forma de dictadura, una que tenga todas las apariencias de la más sólida y santa democracia. Son los presidentes que, como quería la señora Kirchner, desean humilde y afanosamente ser reelegidos democrática e indefinidamente. En esas reelecciones hallaría la democracia el culmen de su perfección, dijeron. Ellos los únicos y bienaventurados nacidos con la misión, primero, de redimir a su pueblo de toda ignominia y, luego, para conducirlo a la tierra prometida en la que reina la suma de todas las felicidades.

Como Evo Morales. Como Rafael Correa. Como el de Nicaragua de cuyo nombre no quiero acordarme. Muy sencillo, se reforma la Constitución y punto. Entonces, no hay dictadura sino democracia porque es el pueblo soberano el que finalmente decide. Tampoco hay abuso de poder sino defensa del derecho ciudadano a elegir y ser elegido. Entonces el principio de la alternancia que sostiene la verdad de la democracia no es más que una mala palabra que no toma en serio lo sacro que contiene y sostiene la voluntad ciudadana. Si el pueblo me quiere como presidente y me reelige cien veces, ¿por qué voy a decir que no? ¿Acaso eso no es genuinamente democrático? Sancho, da crédito a las obras y no a las palabras, dijo don Quijote.

Como si fuésemos unos ingenuos niños de jardín de infantes a los que se los engaña con un caramelo cuando exigen un juguete caro e innecesario. Como si el solo hecho electoral constituyese el cuerpo y el alma de la democracia. Como si no hubiesen los fraudes electorales muy bien gestados en los democráticos tribunales electorales perfectamente bien manejados por el poder político. Como si no tuviésemos la tentación de canjear todos los principios de la democracia por un vil plato de lentejas.

Como entonces, nuevamente la democracia ha dicho no a la señora Kirchner. Y no solamente que se eligió un nuevo presidente sino que, además, triunfó el de la oposición, con un margen ciertamente pequeño. He ahí el punto fundamental que honra a la democracia. No hubo trampa. Ganó la oposición y ello implicará un cambio radical en los modos de concebir y de ejercer el poder. Porque si hubiese ganado el candidato oficialista, ello habría implicado, no tan indirectamente, prolongar el poder de los Kirchner.

El poder, cuando es largo y tendido, corrompe a las personas y al país. De eso está llena, hasta no poder más, la historia de Occidente. Y no vale la pena citar ejemplos de la vida política de nuestra América. También de nuestro país. Las mayorías absolutamente absolutas en los espacios de decisión casi siempre se enferman de corrupción porque fácilmente pierden la capacidad de discernimiento. Porque rápida y gravemente pierden la capacidad de hablar y de escuchar al otro lado de la ecolalia.

Ninguna democracia podría honrada y lógicamente colocar en sus leyes la reelección indefinida porque conscientemente sabe que está dando de beber al país la más mortífera de las cicutas. En democracia, nadie es indispensable. En democracia no existe un plan de gobierno absolutamente cierto o absolutamente indispensable. En democracia, de forma permanente, así como se crean, también fenecen los modelos políticos, sociales y económicos. En democracia, los errores son tan importantes como los aciertos. Porque ellos, los errores, hacen que todos, gobernantes y gobernados, se mantengan siempre en el camino de la revisión y de la construcción.

Y don Quijote le dijo: has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.

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