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16 de Octubre del 2017
Ideas
Lectura: 5 minutos
16 de Octubre del 2017
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El príncipe guerrero
Correa se mira con grandilocuencia. Miembro de una noble aristocracia de iluminados, en este relato imaginario, el ex presidente edificó con sus propias manos el destino de una patria afligida por su inexistencia antes de su llegada. Sin su príncipe –aguerrido, valiente, varonil– hubiera sido imposible tener una historia como la que empezamos a tener ahora, “una revolución que es leyenda” y “ejemplo para el mundo entero”.

Un príncipe es un miembro de una aristocracia. Generalmente se trata del hijo del rey y heredero de la corona. Para cualquier caso se trata de un integrante de la familia real, imperial o monárquica. La monarquía es una palabra griega que significa “poder en uno solo”.

Así se veía Rafael Correa durante la campaña electoral de su sucesor, el actual presidente Lenín Moreno.  Correa se calificó como un “príncipe guerrero” que cedía la regencia de su trono a un “rey sabio”, refiriéndose a Moreno. Aseguró que en “el momento histórico que vive el país, [será] mejor un carácter como el de Lenín Moreno” y agregó que él mismo se encargó de armar “todo un sistema estatal que debe ser administrado”.       

Correa se mira con grandilocuencia. Miembro de una noble aristocracia de iluminados, en este relato imaginario, el ex presidente edificó con sus propias manos el destino de una patria afligida por su inexistencia antes de su llegada. Sin su príncipe –aguerrido, valiente, varonil– hubiera sido imposible tener una historia como la que empezamos a tener ahora, “una revolución que es leyenda” y “ejemplo para el mundo entero”.

Rafael es el príncipe heredero y mariscal de los ejércitos revolucionarios que fundaron un país que antes de ellos no existía. Rafael se mira como un libertador que desató una guerra que será recogida por los historiadores por su notable genio marcial. Así se mira el ex presidente Correa, como un príncipe guerrero, dicho por su propia boca.

Pero nadie tuvo tiempo para prestar atención a estos desvaríos. ¿Por qué habríamos de compararnos con estas apócrifas epopeyas monárquicas si somos una república? ¿Acaso esto delata el deseo de Correa de conservar el poder para sí mismo, como es lo habitual en los sistemas regios? ¿Por qué todo el tiempo hablaba de defender la honra de “su majestad presidencial”?

Correa jamás entendió que en cada elección su partido ganó la administración de un gobierno republicano, obligado a respetar la independencia de la justicia, y limitado por los derechos fundamentales, que tiene responsabilidades ante la sociedad, los partidos de oposición y la ley.

Correa creyó que consiguió un señorío feudal. Por esta confusión se explica por qué, años después, se calificaría así mismo como un príncipe y se sentiría, todavía hoy, como el sobreviviente de una encopetada estirpe nobiliaria, con el derecho a reclamar la corona del reino de Ecuador y como el legítimo sucesor de ese trono imaginario. Correa perdió la cordura, pero nadie se detuvo a darle importancia a esos disparates dichos textualmente por el ex mandatario.

Acostumbrados a su procacidad, cada dislate que diría el entonces presidente en funciones engrosaba la lista de incoherencias que los ciudadanos teníamos que soportar casi diariamente. Entonces tuvo poco interés de la opinión pública lo que diría de sí mismo y de su sucesor, Lenin Moreno, “el rey sabio”.

Durante la campaña presidencial de Moreno, calificó a su copartidario de ser una persona con profundos conocimientos sobre la administración pública y con el más alto grado de conocimiento de la política. Hasta dijo literalmente que “el mejor ecuatoriano es ese increíble ser humano, Lenín Moreno Garcés”. Pocos meses después, Correa califica a su antiguo amigo,  ex vicepresidente y sucesor como un mediocre, desleal, traidor, perverso y otra retahíla de agravios impropios a la “majestad” que él mismo ostentó ¿o es que acaso Correa llevó consigo la autoridad presidencial y la encargó temporalmente hasta su descenso de los cielos, antes de librar la batalla previa al apocalíptico juicio del final de los tiempos?

Ni príncipes guerreros, ni reyes sabios; el Ecuador necesita recuperar las instituciones de un sistema republicano, pulverizado por la necedad de una gavilla de improvisados que no distinguen entre el sistema presidencialista y el sistema parlamentario.

@ghidalgoandrade

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