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22 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
22 de Octubre del 2019
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

El racismo de las élites ideológicas
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En el marco discursivo de esta intencional articulación entre el movimiento social y la agenda correísta, los ideólogos de la derecha reavivan un nefasto discurso racista, xenófobo y clasista a nombre de la democracia. Enceguecidos por su racismo pierden el mínimo sentido de la realidad y deliran con una ciudad y una ciudadanía inexistentes.

En torno al levantamiento indígena popular ocurrido en el país en el mes de octubre, los ideólogos de la derecha ecuatoriana en alianza con los medios hegemónicos de comunicación han emprendido una guerra  ideológica encubierta en análisis políticos y preocupación democrática. Sin lugar a dudas hubo, en el contexto de las protestas sociales, la presencia de la agenda progresista-correísta que buscaba acumular capital político en función de sus propios intereses, sin embargo, fue aislada y neutralizada por la propia dinámica del movimiento indígena y popular. La diferencia entre las demandas del movimiento social y la agenda correísta quedó claramente establecida por la dirección de las organizaciones indígenas el día sábado 12 de octubre. 

Obviamente, al Gobierno y a la derecha ideológica le conviene no asumir esta diferencia, pues involucrar al correísmo con el movimiento popular y sobre todo con el movimiento indígena les permite deslegitimar la lucha social  y justificar la represión, la persecución y judicialización de dirigentes, comunicadores autónomos y manifestantes. Han lanzado una cacería de brujas al mejor estilo del correísmo en el 30 S.  

En el marco discursivo de esta intencional articulación entre el movimiento social y la agenda correísta, los ideólogos de la derecha reavivan un nefasto discurso racista, xenófobo y clasista a nombre de la democracia. Enceguecidos por su racismo pierden el mínimo sentido de la realidad y deliran con una ciudad y una ciudadanía inexistentes. Califican  a los pueblos indígenas de la horda que bajó del páramo a atentar contra el derecho humano a la propiedad, a la movilización, a la seguridad de las buenas familias quiteñas. Olvidaron que su propiedad se levanta en las tierras de los pueblos ancestrales, que habitan en este territorio hace miles de años antes de la invasión colonial  de la cual se enorgullecen. Se niegan a ver que su Quito aristocrático y burgués está poblado por una inmensa migración campesina e indígena; que Quito no se reduce a sus barrios altos, que Quito es profundamente popular e indígena. Parece que no se dieron cuenta que la mayoría de familias quiteñas no solo salió a apoyar y a asistir a los pueblos indígenas que llegaron a la ciudad, sino que salieron a protestar por las mismas razones por las que ellos protestaron.  

En el marco discursivo de esta intencional articulación entre el movimiento social y la agenda correísta, los ideólogos de la derecha reavivan un nefasto discurso racista, xenófobo y clasista a nombre de la democracia. Enceguecidos por su racismo pierden el mínimo sentido de la realidad y deliran con una ciudad y una ciudadanía inexistentes.

Reclaman al Gobierno y al Estado no haber defendido su propiedad, su tranquilidad, su democracia, llaman al endurecimiento de los aparatos represivos del Estado, en una clara actitud de odio de clase. Su discurso pone de manifiesto que la violencia de la que acusan a los pueblos indígenas y a las organizaciones sociales viene de ellos: del sistema que defienden, de la agenda económica fondomonetarista que impulsan, de su proyecto extractivista que destruye la naturaleza y los territorios de los pueblos, de sus gobiernos serviles,  de sus aparatos ideológicos y represivos de estado, de su ambición de poder y su acumulación de riqueza, de sus intereses egoístas y de su racismo colonial.

Con tozudez mental han inventado una conspiración planetaria de las oscuras fuerzas del mal, dentro de  la peor tradición del cine ideológico de Hollywood. Difícilmente pueden construir algo creíble, pues Rusia, China, y el eje progresista de A.L. son parte del mismo sistema capitalista que defienden.  Lo que no quieren aceptar es que su libre mercado capitalista es un sistema salvaje,  que viola sistemáticamente los derechos humanos individuales y sobre todo colectivos, que destruye los territorios y la naturaleza, que inventa guerras contra los pueblos, que trafica con la vida, que explota, que oprime hasta el extremo más inhumano. Lo que no quiere aceptar es que es esta violencia estructural la responsable del estallido social, de la legítima rabia humana por defender la vida frente al proyecto de muerte de las élites mundiales y locales.     

Como inmediatamente después del estallido social del Ecuador, detonó la ira popular en Haití y Chile por las mismas razones nuestras, intentar frenar el programa de muerte del FMI, en una pedestre estrategia discursiva se inventan una conspiración comunista mundial. Una conspiración que nace de la nada, de la pura maldad demoniaca de acabar con la democracia. Pues, ahora resulta que no se trata de una humanidad empobrecida al extremo que lucha contra la voracidad de un sistema depredador que privilegia a un porcentaje ínfimo de la población mundial, sino de una lucha entre una ciudadanía racional  que defienden la democracia y la República en contra de las hordas de salvajes antidemocráticos. 

No, su discurso no es de demócratas, todo lo contrario, es un discurso de odio racista y clasista terriblemente peligroso para la democracia. No, su defensa no es por la democracia es por sus privilegios de clase. No, sus argumentos no son racionales, son dogmas ideológicos que promueven el odio  y que alimentan sentimientos fascistas. Si realmente fueran demócratas y querrían pacificar nuestra sociedad dejaría de promover políticas económicas que profundizan la desigualdad económica, dejarían de promover el extractivismo que destruye los territorios y la naturaleza, dejarían de promover y exigir el endurecimiento de la represión estatal y afirmarían la necesidad del diálogo transparente, renunciarían a su racismo, a su xenofobia. Para ser demócratas hay que ser profundamente solidarios y responsables con los otros, respetuosos de las diferencias,  respetuosos de los pueblos y nacionalidades que forman esta sociedad.

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