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25 de Febrero del 2021
Ideas
Lectura: 7 minutos
25 de Febrero del 2021
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El recuento histórico
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Los argumentos que están en debate versan sobre la transparencia del proceso electoral. Ello incumbe no solo a los dos protagonistas con casi iguales posibilidades de pasar a la segunda vuelta, sino a los demás candidatos, incluso al que por ahora ocupa el primer lugar.

A propósito del debate en torno al recuento de votos pedido por Yaku Pérez, se ha abierto un debate de hondo contenido teórico.  Temas como la legalidad, la legitimidad, la voluntad popular, la verdad, la democracia han saltado al ruedo. Los argumentos esgrimidos revelan el valor de los aportes de Max Weber, Norberto Bobbio, Benjamin Constant, Jürgen Habermas, entre los más destacados. Las columnas de opinión en distintos diarios dan cuenta de que el periodismo es un espacio de reflexión como lo fuera la polis griega. 

Lo que está en juego, sin embargo, no es una disidencia a nivel discursivo, sino una negociación en torno a una acción con implicaciones en los resultados electorales. En este plano también iluminan las ideas de esos grandes maestros. Pero en este caso, importa más su uso en el análisis del contexto práctico.  

El recuento de votos puede alterar la ubicación de los candidatos para la segunda vuelta electoral. Dicha negociación tiene como base la apretada diferencia de votos entre quienes ocupan el segundo y el tercer lugar. La palabra empeñada para que el recuento se diera no tuvo cabal cumplimiento.

Los argumentos que están en debate versan sobre la transparencia del proceso electoral. Ello incumbe no solo a los dos protagonistas con casi iguales posibilidades de pasar a la segunda vuelta, sino a los demás candidatos, incluso al que por ahora ocupa el primer lugar. La ciudadanía se ve inmiscuida en la controversia pues es el respeto a su voluntad el que está en discusión. También concierne a la democracia y a la confiabilidad del procedimiento eleccionario.

Si ha habido fraude cabe definir responsabilidades. ¿Cuál es la del CNE? ¿Qué grado de participación tuvieron los contendientes en los escrutinios? ¿Cómo actuaron los presidentes y miembros de las juntas electorales? Se especula sobre los intereses que supuestamente hubo en torno a la segunda vuelta. ¿A quién el candidato Arauz podría vencer con más facilidad?  Hasta se afirmó que hubo un acuerdo entre Jaime Nebot, Rafael Correa y Guillermo Lasso para que éste clasificara como segundo.     

La realización o no del recuento de votos definirá la legalidad y legitimidad del proceso electoral. A ninguno de los candidatos finalistas les conviene que cunda la desconfianza y la incertidumbre. Del recuento de votos depende la unidad de un amplio campo de fuerzas opuesto al correísmo. La coincidencia de intereses sobre este punto no excluye la presencia de otros intereses en torno a los cuales podría emerger un acuerdo de vastas proyecciones que rebasaría el evento electoral.

Los argumentos que están en debate versan sobre la transparencia del proceso electoral. Ello incumbe no solo a los dos protagonistas con casi iguales posibilidades de pasar a la segunda vuelta, sino a los demás candidatos, incluso al que por ahora ocupa el primer lugar.

En términos prácticos, esta decisión también incide en la correlación de fuerzas. Con el acuerdo del 12 de febrero entre Guillermo Lasso y Yaku Pérez, en aquel “diálogo histórico”, como lo calificó Mauricio Gándara en su columna de El Universo, habría habido mayor posibilidad de una unidad de las fuerzas políticas que los respaldan. Sin ese acuerdo, la unidad podría resquebrajarse y ello acarrearía dificultades impredecibles para derrotar al candidato del correato.  

Cabe, para fundamentar esta hipótesis, señalar algunos hechos correlacionados: la alta votación del centro-izquierda, la disminución del voto en favor de la alianza de Creo con el partido Socialcristiano, la inflexibilidad del calendario electoral, la pandemia y su posible incidencia en los índices de abstención. Sin el aval del acuerdo, la imagen del candidato Guillermo Lasso podría sufrir un menoscabo que debe ser remediado a tiempo. También la de Yaku Pérez que aparece como la de un agitador que no está midiendo el alcance de sus improperios. 

Si Lasso honra la palabra empeñada en el diálogo con su rival, acrecentará su prestigio y credibilidad, lo cual dará seguridad a sus votantes. Y a quienes no lo eligieron en la primera vuelta les proporcionará confianza respecto de su apertura y compromiso con los postulados y causas que no había considerado en su campaña anterior. De no hacerlo, los sectores, a quienes intenta convencer podrían dudar del cumplimiento de sus ofertas. Si Pérez modera sus invectivas tendrá con todo derecho la posibilidad de convertirse en el líder de un gran frente, que él lo califica como el de la tercera vía, pero sin hacerle el juego al correísmo.

La palabra empeñada tiene además una connotación histórica. Yaku Pérez aludió a ella, al recordar el engaño de Francisco Pizarro a Atahualpa que culminó con su asesinato en Cajamarca.  Independientemente de la distancia histórica de aquel hecho, su resonancia simbólica sigue vigente. Esta mención a un hecho funesto como fue el de la conquista, vale matizarla, reconociendo el camino que la sociedad ecuatoriana ha recorrido desde inicios de la república.

Demostrar que la democracia ecuatoriana ha crecido y madurado; que en ella no mandan solo los blanco-mestizos, y que las etnias sojuzgadas en el pasado colonial y comienzos de la república gozan ahora de los mismos derechos y oportunidades que las demás puede dar inicio a una nueva etapa, de la que saldrían reivindicados Guillermo Lasso y Yaku Pérez.        

La búsqueda cooperativa de la verdad en aras del entendimiento mutuo, en este caso intercultural, los colocaría en un pedestal con su ejemplo de desprendimiento en una hora histórica en la que el país clama por una unidad que está por encima de las ideologías y de los intereses particulares.  Quienes siguen invocando la confrontación y la polarización se estrellarían con una alianza capaz de trascender el éxito circunstancial de una de las partes, sentando un precedente histórico.

La propia clase política se vería redimida.

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