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18 de Enero del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
18 de Enero del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El reto de la transición de roles
La cercanía de su retirada les asusta, mucho más cuando sus oponentes se aprestan a capitalizar sus errores y su responsabilidad en la crisis que azota a sus países. No están preparados para alejarse del poder; la autoridad que ejercieron de manera exclusiva no les dio tiempo para entender lo que significa compartir el poder.

El juego situacional de gobierno y oposición es característico de la democracia.

Ambos están dentro de la misma situación, pero ella entraña sentidos diferentes para cada uno; la  alternabilidad presupone ese juego. Los gobiernos que han evadido la alternancia y  han ejercido un poder dilatado se ven cegados por su compromiso; sólo ven la parte que les concierne y no tienen ojos para ver la totalidad de la realidad. Se hallan dominados por la acción y sus convicciones.

La cercanía de su retirada les asusta, mucho más cuando sus oponentes se aprestan a capitalizar sus errores y su responsabilidad en la crisis que azota a sus países. No están preparados para alejarse del poder; la autoridad que ejercieron de manera exclusiva no les dio tiempo para entender lo que significa compartir el poder.

La oposición, por su parte, enfrenta un gran desafío: demostrar capacidad para sustituir a gobiernos que tuvieron alto respaldo popular, pero que no supieron administrar la economía con eficacia. Tampoco están libres de subjetividad quienes la practican; responden a intereses y visiones parciales, lo cual dificulta su capacidad de comprensión de la situación. No se trata sólo de reemplazar a los gobernantes que se van, sino de ofrecer a cada país relevos confiables tanto en la economía como en la política.

Los casos de Argentina, Venezuela y Ecuador muestran estas tensiones y la complejidad de una transición que va más allá de la clásica alternabilidad conocida en el pasado.

Gustavo Marangoni en La Nación (30 de diciembre de 2015) analiza el dilema que enfrenta el peronismo; se pregunta “¿qué tipo de oposición queremos  los que nos identificamos como peronistas (…) si una que siempre reclamamos cuando estábamos en el poder, constructiva, atenta y responsable(…) o una oposición boba, ciega y altanera”.

Tras gobernar 24 de 32 años posibles, “al peronismo le tocó el turno de la oposición”. Ello limitó su “sensibilidad para interpretar las nuevas demandas de la opinión pública”. “La derrota electoral obliga a redefinirse como oposición”.

Optar por una oposición inteligente presupone abrirse a la sociedad, en especial a la influencia de actores “que se han sentido destratados o mal representados por los tres gobiernos pasados”. Y esa apertura, a la vez implica promover la democracia interna y dar vida a las “instancias deliberativas”.

El caso del presidente Maduro es, igualmente, revelador. Se vio obligado a comparecer ante un parlamento integrado mayoritariamente por la oposición. La oposición, por cierto, tampoco sabe cómo lidiar con un presidente que le ha declarado la guerra a esta función del Estado.

La convivencia entre las dos funciones del Estado se vuelve tensa cuando la una y la otra se sienten amenazadas. Maduro teme que la oposición parlamentaria le deponga a través de una “vía legal”. La oposición, por su parte, debe evitar una confrontación que le haga perder el espacio ganado gracias al pronunciamiento del pueblo en las urnas.

Se vive una precariedad institucional.

El decreto de emergencia decretado por Maduro para enfrentar la crisis agudiza la crisis de gobernabilidad gestada, según la oposición, por un “modelo económico fracasado”  y, según el gobierno,  por la “guerra económica de la derecha”. El gobierno con tal decreto persiste en actuar de espaldas a la población que duda de la capacidad del gobierno para sacarle a Venezuela de la crisis. La oposición, no obstante haber ganado en las elecciones legislativas, no puede poner en riesgo esa victoria y debe evitar dar armas al gobierno para que cierre el tránsito hacia el restablecimiento pleno de la democracia.

Los ejemplos de Argentina y Venezuela permiten aclarar el complicado juego de gobierno y oposición bajo regímenes políticos ajenos al principio de la alternabilidad. Los gobiernos que se perpetúan en el poder sobredimensionan la perspectiva ideológica y política de su acción, exacerban las confrontaciones en base a “antinomias falsas y excluyentes” y “permiten que una versión más amable se impusiera. Desde luego, ésta también “deberá probar su relieve y profundidad para interpretar una visión de la Argentina posible”.

Este punto de vista también es aplicable a los casos de Venezuela y Ecuador. El caso ecuatoriano se inscribe también en este patrón. Según el presidente Correa su gobierno no ha tenido oposición sino “contrarrevolución”; lo cual significa partir en dos a la sociedad y condenar a su población a vivir en “guerra”, sin posibilidad de “síntesis virtuosas y superadoras”. En un escenario así la democracia se volvió impracticable, mientras “la tensión y el estrés permanente agotan la comprensión y la tolerancia de la sociedad”.   

Para colmo aquello que se enunció hace nueve años dejó ya de corresponder a la nueva situación reconocida incluso por el propio presidente: “todo el 2015 se gobernó con cero de ingresos petroleros para el Gobierno Central y muy probablemente la situación para 2016 sea la misma(…) “los avances en la infraestructura como las escuelas del milenio, los hospitales , carreteras, proyectos multipropósitos, las centrales hidroeléctricas” el presidente Correa los muestra como “promesas cumplidas”, y  si bien son encomiables, no necesariamente cuadran con la transformación anunciada y pregonada. 

Además, como con objetividad señala Walter Spurrier (El Universo,17 de enero del 2016), “hubo una alta proporción de proyectos inadecuados”, “costos excesivos, al contratarse sin concurso y con financiamiento”, “políticas públicas que desalientan la inversión”. Los indicadores que cita hacen ver que los sectores productivos apenas mejoraron “pese a la descomunal inversión”.

Sin embargo, para el presidente Correa lo realizado corre el riesgo de ser “arranchado” por la oposición, esa oposición que, según él, existe gracias a la “prensa mercantilista”. O sea, esa oposición que “ni siquiera existe”, pues fue excluida de toda participación en el gobierno, Correa desearía dejarla fuera de combate en la contienda electoral que se avecina y en su posible advenimiento al gobierno.

La “toma del poder”, característica de la revolución, es contraria a la alternabilidad; de ahí la tesis de la reelección indefinida, la muerte cruzada y el “pueblo movilizado”. Correa no está dispuesto a ser oposición, por eso ya habla de “los oportunistas “ y “traidores”, es decir aquellos que como los llama Marangoni podrían ser partidarios de una oposición inteligente, en lugar de una “ciega y altanera”.

La posición de Correa va contracorriente. Una vez que se agota el ciclo iniciado por una coyuntura histórica que fue favorable a la configuración de un proyecto político de cambio, Alianza PAÍS enfrenta el reto de ser oposición, si su candidato a suceder a Rafael Correa es derrotado en las urnas.

¿Será posible esperar que Alianza PAÍS, sin su líder, acepte pasar del gobierno a la oposición y actúe como tal, no en términos obstruccionistas, sino movida por el ánimo de elevar la calidad política del liderazgo para enrumbar al país hacia adelante?       

En lo que toca a los partidos que jugaron a la oposición en el gobierno de Correa, su marginación del poder, del cogobierno , su descalificación como “partidocracia” en el discurso oficialista, su imagen como abanderados del “neoliberalismo”, obliga a sus integrantes a demostrar de lo que son capaces para bien del país y de un pueblo que se siente agobiado no sólo por la crisis económica sino por la ausencia de canales de participación y deliberación.

La alternabilidad en este caso marca un punto de inflexión que pone a prueba a los oponentes. Quienes por decisión del pueblo se vean obligados a dejar el poder ingresarán a otro campo al que, desde el gobierno, lo vieron lejos y hasta lo denigraron. Quienes aspiran a sucederles deberán tener capacidad, ya no sólo para poner al descubierto las falencias del régimen que termina, sino para demostrar que otra manera de gobernar es posible, en democracia, con transparencia, pluralismo, tolerancia y eficacia.

El equilibrio republicano exige madurez y grandeza de ambos lados.

[PANAL DE IDEAS]

Fernando López Milán
Giovanni Carrión Cevallos
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Patricio Moncayo
Carlos Rivera
Carlos Arcos Cabrera
Ricardo Martner
Mauricio Alarcón Salvador
Patricio Crespo Coello
Alfredo Espinosa Rodríguez

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