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2 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
2 de Abril del 2020
Luis Córdova-Alarcón

Es profesor agregado de la Universidad Central del Ecuador, experto en Derecho Internacional y Ciencia Política. 

El riesgo de un Gobierno sin credibilidad
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El gobierno de Moreno y sus aliados en redes sociales alegan que hay una campaña desinformativa promovida por el correísmo. No sería extraño que así sea. Pero pretender escudar en dicha campaña los errores de la acción gubernamental es una torpeza. Para que una amenaza se convierta en un peligro real debe aprovechar una vulnerabilidad. La pérdida constante de credibilidad del Gobierno crea el ambiente ideal para que una campaña de desinformación tenga éxito.

Con la pandemia Ecuador enfrenta una crisis integral. En este contexto, la mayor vulnerabilidad del Gobierno nacional es la falta de credibilidad.

Cuando debió hablar con la verdad y unificar la vocería, el Gobierno claudicó y sus voceros se multiplicaron esgrimiendo mentiras, contradicciones y cambiando de opinión de un día para el otro. Recuérdese a la ex ministra de salud, Catalina Andramuño, aseverando que el lunes 23 de marzo llegarían dos millones de pruebas. Al día siguiente aceptaban su renuncia mientras ella denunciaba que el vicepresidente la había obligado a mentirle al país. O al vicepresidente, Otto Sonnenholzner, asegurando que el Gobierno abriría una fosa común para los fallecidos en Guayaquil. Días después, rectificaba y ofrecía construir un cementerio. O a la Ministra de Gobierno, María Paula Romo, que empezó minimizando el número de muertos en Guayaquil, cuando ahora el Gobierno admite que los muertos pueden bordear los 3500, solo en esa ciudad. Estos y otros múltiples errores socavan la credibilidad del gobierno nacional.

Es cierto que la pandemia desató la crisis sanitaria, pero Ecuador ya padecía una grave crisis económica y política que hoy amplifican sus secuelas. Desde el inicio de su mandato, Lenin Moreno arrastra una crisis económica que no ha podido superar. Lejos de alcanzar un acuerdo redistributivo, en octubre de 2019 optó por una medida de shock económico que se convirtió en un suicidio político. Desde entonces el margen de maniobra del Gobierno se redujo a su mínima expresión.

El gobierno de Moreno y sus aliados en redes sociales alegan que hay una campaña desinformativa promovida por el correísmo. No sería extraño que así sea. Pero pretender escudar en dicha campaña los errores de la acción gubernamental es una torpeza.

A esto se suma el «factor Correa». Es indudable que el expresidente Rafael Correa representa una fuerza ideológica, más que una fuerza política: el «correísmo». Pero al incriminarlo se lo margina del tablero político-electoral, dejándole como única opción la sedición. Así las cosas, su principal teatro de operaciones son las redes sociales digitales. Desde cuando fueron gobierno aceitaron una eficiente maquinaria para producir noticias falsas usando avatars, bots, trolls y fabricando corrientes de opinión contagiosas. Lo que David Yatouri en una reciente publicación denomina cyber influence operations. Este tipo de operaciones persiguen cuatro objetivos: estimular emociones fuertes, simplificar ideas e información, responder a las necesidades y valores de la audiencia y atacar a sus oponentes.

El gobierno de Moreno y sus aliados en redes sociales alegan que hay una campaña desinformativa promovida por el correísmo. No sería extraño que así sea. Pero pretender escudar en dicha campaña los errores de la acción gubernamental es una torpeza. Para que una amenaza se convierta en un peligro real debe aprovechar una vulnerabilidad. La pérdida constante de credibilidad del Gobierno crea el ambiente ideal para que una campaña de desinformación tenga éxito.

Para ejercer el poder democráticamente se requieren tres ingredientes: autoridad, influencia y coacción. El primero tiene fuente legal y se legitima electoralmente. El segundo radica en el liderazgo político y la convicción que se infunde en sus gobernados. El tercero descansa en la Fuerza Pública. Sin credibilidad el Gobierno pierde autoridad e influencia social, quedándole como único recurso la fuerza. Por eso, si en el corto plazo no enmienda su política comunicacional, mejora su inteligencia contextual y afina un liderazgo colectivo efectivo y eficiente, pone en riesgo la gobernabilidad democrática.

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