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13 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 9 minutos
13 de Junio del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El saber subversivo
El reciente fallecimiento de Alfredo Costales Samaniego inspira esta reflexión: un hombre mítico andino que investigó y escribió sobre su propio pueblo e hizo investigaciones en muchos países de América, en multitud de pueblos indígenas ecuatorianos y de nuestro continente.

Las conexiones entre los diferentes campos del “afán humano” por adentrarse en el estudio del pasado y de su relevancia para entender la evolución de la sociedad humana, es el punto de convergencia de la historia y la teoría social. La política pretendió eclipsar a las demás actividades humanas, lo cual le dio a la historia del Estado una categoría superior. La historia social siempre fue relegada, de ahí que se la definiera como “la historia de un pueblo omitido por la política”.

Creo de justicia relievar los aportes de los esposos Costales, Piedad Peñaherrera y Alfredo Costales, para una mejor comprensión de la historia política del Ecuador y para el avance de la historia social en el Ecuador.

El reciente fallecimiento de Alfredo Costales Samaniego inspira esta reflexión: un hombre mítico andino que investigó y escribió sobre su propio pueblo e hizo investigaciones en muchos países de América, en multitud de pueblos indígenas ecuatorianos y de nuestro continente.

A través de su obra “Otamendi El Centauro de Ebano”, los esposos Costales introducen una mirada antropológica en la historia política del Ecuador, mostrándonos un Otamendi ignorado o vilipendiado por la historia oficial, a partir de prejuicios raciales. El propósito del libro es entender la trama étnica de un personaje que, por cierto, libró batallas sangrientas, al lado de Juan José Flores, en defensa del llamado “militarismo extranjero”, que fuera derribado por la revolución de marzo de 1845. No se trata de exculparlo de sus excesos en la realización de sus campañas militares, pero sí de cuestionar calificativos racistas como “sanguinario” y “negro demonio”.

La valerosa acción de la esposa de Otamendi, “Angelita Naranjo, mulata cuarterona” para cuidar y salvar a su marido en el combate de La Elvira, es resaltada por los esposos Costales: “Brava mujer de aquellos tiempos, guaricha hecha a los laureles del triunfo y los pesares de la derrota”. Otamendi fue fusilado sin clemencia: “Miserables!-diría: “no se mata así a un valiente, a un soldado de la independencia”.

El ejemplo de Otamendi inspiró a José María Urbina en manumitir a los esclavos.

Otro aporte de gran valor dejado por los Costales es la “Historia social del Ecuador”, Tomo IV , publicada en 1971, sobre la Reforma Agraria. En ella analizan la “trayectoria histórica de las leyes sociales, décadas de los años veinte y treinta”. Reivindican el Código del Trabajo, hacia fines de la década del treinta. Rescatan los aportes de la sociología, la literatura y la novela social. Y van trazando la ruta de la reforma agraria. Hacen un balance crítico de la ley de abolición del trabajo precario en la agricultura. Aquí también está presente un enfoque antropológico. El tema de la reforma agraria no es exclusivamente económico estructural, sino tiene una gama de aristas culturales y étnicas. El debate que esto generó se remonta a José Carlos Mariátegui, el famoso marxista peruano que se colocó en la perspectiva de la periferia frente a la versión europea del marxismo.

“La solución del problema del indio tiene que ser una solución social. Sus realizadores deben ser los propios indios”, sostuvo Mariátegui.

Un tercer gran aporte, es el relativo, precisamente, a la identidad étnica, esto es, a los temas que luego fueron recogidos en las Constituciones de 1978, 1998 y 2008, con relación a la pluriculturalidad y la multinacionalidad. La cuestión indígena entró en la Agenda de la política pública, mostrando la deuda que tiene la política con la antropología. Esto además revela los ligámenes del pensamiento con la práctica. Contribuyeron los esposos Costales a la recuperación de lenguas nativas, principalmente el quichua y el shuar, que hizo posible la traducción de “Cien años de Soledad” de García Márquez al quichua, editado en 1983; dieron cuenta de las principales rebeliones de los pueblos indígenas y negros, como la de Fernando Daquilema contra García Moreno. Rescataron  las manifestaciones culturales indígenas, mestizas y negras, respaldadas en profusa documentación de archivo y en trabajo de campo. Tomaron contacto con estas culturas y contribuyeron a su organización y toma de conciencia. No hay cómo dejar de mencionar su propuesta de considerar el Etno-desarrollo como derecho humano y el hecho de que Alfredo Costales estuvo impregnado del mundo indígena andino desde su infancia. No fue, pues, un antropólogo ajeno ni distante de ese mundo.  

Como acertadamente sintetiza su hija Ximena Costales, “su obra traza un sendero conceptual básico respecto del cual otros investigadores se han ido apropiando de ciertas temáticas e inclusive presentando nuevas perspectivas”.

No se entiende, pues, cómo una labor tan vasta como la desplegada por estos infatigables investigadores no haya merecido el reconocimiento del Estado ecuatoriano, mediante una distinción como el Premio Nacional Eugenio Espejo.  Resulta doloroso constatar que en el Ecuador aun predominan, en la concesión de estos galardones, consideraciones de orden político/coyuntural, de simpatías o antipatías, muchas veces de “clase”  y hasta “ideológicas”, y no parámetros científicos, académicos, culturales, que califiquen  los aportes  de los postulantes.   

La obra de los esposos Costales abarca alrededor de 200 volúmenes sobre Antropología, Etnografía, Historia, Biografía Histórica y Etnología. Todos estos trabajos han sido fuentes de consulta de investigadores y sociólogos de la talla de Agustín Cueva, Manuel Chiriboga, Andrés Guerrero, Ileana Almeida, Mercedes Prieto,  personajes destacados por su versación en temas históricos y sociales como Osvaldo Hurtado, y de los destinatarios de estos esfuerzos investigativos, o sea, los grupos étnicos, por lo general, ignorados o disminuidos en enfoques sesgados y centrados en las élites.

Finalmente es éste el reconocimiento que cuenta.  Al haber los Costales sintonizado con el Ecuador profundo al que entregaron décadas de estudio, investigación de archivos y trabajos de campo, su reconocimiento se hará patente en los debates académicos, en las investigaciones que sigan haciéndose, en la  existencia y acción de actores sociales que recién hoy son reconocidos como tales y en la asimilación de nuestras raíces culturales. Tanto más cuanto que dejan una gran cantidad de textos inéditos que el Ecuador debería tratar de conocer y recuperar.  

La construcción de una teoría social periférica es el mejor antídoto contra la alienación cultural y abre paso a la forja de nuevas alternativas para el desarrollo y transformación de nuestras sociedades. Ello supone no aislarnos del mundo occidental, pero sí captar y entender las diferencias culturales y desplegar la creatividad de nuestro pueblo, sin tutores, mecenas ni mesías. El propio Mariátegui dijo en el Prefacio de su famoso libro “7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana”: “Y creo que no hay salvación para Indo-América sin la ciencia y el pensamiento europeos u occidentales”. Y agregó: “Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario”.

Por su parte, Peter Burke, catedrático de la Universidad de Cambridge, señaló que en los análisis comparativos deben “tomarse en cuenta los diferentes caminos que las sociedades pueden recorrer”. La idea de hacer una “historia colectiva” que integre conceptos de varias disciplinas, que promueva su “convergencia” es la única manera de entender de manera amplia el pasado y el presente, y de construir una alternativa original que permita que nuestra historia descubra nuevas maneras de progresar en base a una fusión creativa entre cultura y modernización.             

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