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21 de Junio del 2018
Ideas
Lectura: 4 minutos
21 de Junio del 2018
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El secuestrador
Se dirá en cualquier lugar que en Ecuador, el presidente de la década perdida, además de haber profundizado la corrupción, abusó del poder para espiar, acosar y secuestrar a sus opositores políticos. Y ya empiezan a salir más denuncias sobre la responsabilidad del gobierno en el asesinato de otros discrepantes.

El ex presidente Rafael Correa fue vinculado a una causa penal por el secuestro a un opositor político. Ahora convertido en “Rafael C.”, y por tanto en un presidiario cualquiera, el todopoderoso emperador revolucionario quedó reducido a la categoría de un delincuente ordinario.

El asunto no es de poca monta. Se trata del presidente que aseguró haber restituido la dignidad a los ecuatorianos. Correa se sentía un Helios, dios dador de luz a la humanidad. Pero todo es al revés. El lamentable suceso resulta ser un duro golpe para la autoestima de todos. Se dirá en cualquier lugar que en Ecuador, el presidente de la década perdida, además de haber profundizado la corrupción, abusó del poder para espiar, acosar y secuestrar a sus opositores políticos. Y ya empiezan a salir más denuncias sobre la responsabilidad del gobierno en el asesinato de otros discrepantes.

Aquí no hay nada que festejar. Mientras unos se felicitan porque “Rafael C.” podría ir a la cárcel o permanecer en el exilio y no volver jamás, otros nos lamentamos. Nos entristece que los embusteros nos gobiernen periódicamente, que sus engaños tengan defensores, y que sus ambiciones sigan pudriendo nuestra débil democracia.

Los populismos autoritarios de cualquier signo ocupan regularmente un espacio que bordea, al menos, un quinto de la aceptación electoral y aunque el sistema liquide periódicamente a su líder, inmediatamente aparece otro para ocupar ese mismo lugar de poder. Eso pasará con el espacio dejado por el ex mandatario: vendrá otro u otra, prometerá la gloria terrenal, engañará a los mismos ingenuos, acaparará la autoridad, abusará con avidez y huirá sin decoro.

Correa no es dueño de nada. Se dice erradamente que tiene una “votación dura”, que podría volver a disputarla y recuperar el poder. Ahora convertido en presidiario, la misma gente que votó por él votará por un sustituto. La Historia señala la existencia de un constante electorado populista que busca votar por candidatos de ese perfil. Entonces vendrá un aspirante demagogo, abusivo, bravucón y vanidoso para ocupar ese espacio destinado a quienes saben cómo capitalizar ese voto de resentimiento en contra de las libertades. Conseguir este voto populista consiste en manosear de cierta forma los rencores de la gente para convertirlos en adhesiones electorales. No importa si el candidato es de derecha o de izquierda, lo importante es traducir las demandas sociales más serias en un gran espectáculo audiovisual y transmutarlas en actos de guerra dirigidos en contra de un enemigo imaginario.

Nuestro próximo populista se apropiará de cualquier demanda social, la convertirá en su bandera de lucha, inoculará el rechazo fanático al discrepante y generará devociones polarizadas convertibles en votos. Y así nos verán la cara de tontos hasta espabilarnos de este engaño. ¿Lo haremos algún día?

El secuestrador no solo arrebató la libertad a un opositor político. Eso no fue lo único que se puede mirar a través de este crimen. Secuestró la libertades individuales y la capacidad de las personas para indignarse frente a las infamias del poder; confiscó las instituciones judiciales y las convirtió en dependencias de los abusivos; secuestró a los poderes democráticos, los vació de contenido y alteró su esencia para convertirlos en apéndices de sus antojos o en un negocio lucrativo para sus cómplices, en un feudo personal para las venganzas políticas y en una posesión para impulsar un proyecto de unos pocos aprovechados.

Con Correa en la cárcel habrá muerto el perro rabioso, pero todavía estamos lejos de acabar con la rabia populista que liquida a los pueblos sedientos de justicia.

@ghidalgoandrade

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