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17 de Enero del 2019
Ideas
Lectura: 3 minutos
17 de Enero del 2019
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

El silencio de los sumisos
Asistimos, entre sorprendidos y escépticos, a la cruzada moralizadora emprendida por varios correístas reciclados, convertidos en grandes fiscalizadores gracias a la intervención divina del morenismo. Viejos negociados, ampliamente conocidos y denunciados, se vuelven de la noche a la mañana casos emblemáticos en la lucha contra la corrupción. Una desbordada alharaca mediática quiere hacernos olvidar que durante muchos años estos flamantes guardianes de la moral pública guardaron un silencio sumiso para blindar al correato.

En un libro de reciente publicación (La izquierda latinoamericana contra los pueblos), Pierre Gaussens, un académico francés que pasó algunos años en el Ecuador, plantea la tesis de que el correato fue la consolidación de una nueva clase pudiente basada en la meritocracia. Títulos académicos, altos cargos burocráticos y una empecinada defensa de las capacidades individuales permitieron a estos nuevos ricos un vertiginoso ascenso social.

Citando a Bordieu, el autor del libro sostiene que una vez encaramados en lo más alto de la escala social, estos personajes remplazan el capital meritocrático que les permitió encumbrarse por el capital económico tout court. Aprovechando su conocimiento de los vericuetos de la administración pública, arman sus propios negocios. Imitando a la burguesía de cepa, se convierten en empresarios.

Luego –insinúa Gaussens– terminan más papistas que el papa. Aterrorizados frente a la posibilidad de perder lo alcanzado luego de una larga y angustiosa espera, defienden al sistema con uñas y dientes. Se vuelven reaccionarios. Ven en la emancipación de los pobres a su peor enemigo.

Una de las condiciones para alcanzar esta posición es la sumisión al poder de turno. Hay que guardar un silencio servil frente a los atropellos, abusos y corruptelas del caudillo que los promueve. Algún rato llegará la oportunidad para alzar la voz, cuando las fortunas mal habidas les aseguren una posición sobresaliente entre las élites.

Durante cinco gobiernos y 40 años el velasquismo fue pródigo en estas prácticas. A la sombra del frondoso árbol del populismo proliferaron innumerables fortunas, la mayoría de origen ilícito. Con el tiempo, sus dueños se transformaron en prominentes figuras políticas, ministros o alcaldes, exitosos empresarios, prohombres de la patria y voces autorizadas en la vida pública nacional.

Hoy, los ecuatorianos asistimos, entre sorprendidos y escépticos, a la cruzada moralizadora emprendida por varios correístas reciclados, convertidos en grandes fiscalizadores gracias a la intervención divina del morenismo. Viejos negociados, ampliamente conocidos y denunciados, se vuelven de la noche a la mañana casos emblemáticos en la lucha contra la corrupción. Una desbordada alharaca mediática quiere hacernos olvidar que durante muchos años estos flamantes guardianes de la moral pública guardaron un silencio sumiso para blindar al correato.

La quiebra del IESS, los sobreprecios en las hidroeléctricas, los negociados en la comercialización de petróleo, las irregularidades laborales en las empresas chinas, la ineficacia en muchas obras públicas, las coimas en TELCONET… todo fue denunciado en su momento. Y todo fue igualmente encubierto desde las alturas del poder. Con su silencio, los que hoy barren hacia afuera barrían entonces bajo la alfombra.

Que desde instancia oficiales se denuncie la corrupción correísta es saludable para el país. Ahora habrá que esperar que a los flamantes fiscalizadores no se les adormezca la mano, como se les adormeció la lengua en el pasado.

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