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5 de Octubre del 2015
Ideas
Lectura: 15 minutos
5 de Octubre del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

El sínodo: prueba de fuego del papa Francisco
El pontífice debe enfrentar bombas mediáticas así como la oposición de cardenales integristas y de una buena parte de la curia romana. De a poco, está sacando a la Iglesia de sus posiciones más conservadoras, enfatizando en la caridad y en la pastoral más que en la rígida teología.

Tras el extraordinario verano del papa Francisco, ahora viene un otoño lleno de expectativas y riesgos, básicamente referidos al Sínodo sobre la Familia. El sínodo, continuación del que se celebró el año pasado,  fue inaugurado este domingo y concluirá en tres semanas.  Su nombre oficial es “XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la misión de la familia en la Iglesia y el mundo”, y ya está enfrentando un panorama enrarecido.

El sábado un canónigo polaco, Krzystof Charamsa, funcionario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana, ha salido del armario, ha revelado su homosexualidad y ha presentado a su novio, algo obviamente pensado para tener gran impacto en los medios. No hay duda de que el escándalo es una bomba colocada al Sínodo. Como dijo el padre Lombardi, portavoz del Vaticano: “la elección de declarar algo tan clamoroso en la víspera de la apertura del Sínodo resulta muy grave y no responsable, ya que apunta a someter a la asamblea sinodal a una presión mediática injustificada”.

Más de fondo es, sin embargo, la postura de los tradicionalistas que se oponen a lo que el papa Francisco quiere cambiar en la pastoral de la Iglesia sobre la familia. Una de las manifestaciones más visibles y sorprendentes es el libro publicado justamente estos días en que un  grupo de once cardenales ultra conservadores se opone frontalmente a la idea que el papa ha venido sembrando de que la Iglesia debe tener una actitud más maternal hacia los católicos divorciados que tienen una nueva relación, y a los nuevos tipos de familias que existen en el mundo.

La preparación de este encuentro se ha hecho simultáneamente con la actividad desplegada por el papa en este extraordinario verano, que se inició nada menos que en Quito, el 5 de julio, cuando nos dijo que venía “como testigo de la misericordia de Dios y de la fe en Jesucristo” y habló del Chimborazo como el lugar más cercano al sol, y de Jesucristo como el sol y la Iglesia como la luna, que no puede brillar si el sol no la alumbra. En las 72 horas que pasó en nuestro país electrizó con su sencillez y autenticidad a todos los ecuatorianos ––cristianos, menos cristianos y no cristianos––, como lo hizo enseguida con los bolivianos y paraguayos, sin perder su sonrisa en las ocho agotadoras jornadas.

Su visita a los tres países más pobres de América del Sur no solo fue triunfal, en el sentido de que nadie pudo jamás reunir tantos millones de personas en su torno ni despertar tanta simpatía y cariño, sino que fue también una gira pastoral en que recalcó los temas esenciales de su pontificado. Primero, que toda la teología no es nada si no se demuestra en el amor y servicio. Segundo, que ese servicio debe dirigirse a los más necesitados, pobres y excluidos, a los niños, ancianos y discapacitados. Tercero, que ahora la madre Tierra es uno de esos pobres y necesitados, y es urgente cuidarla y protegerla, pues corre grave peligro por el maltrato infligido por el ser humano. Cuarto, que la propia Iglesia católica, su jerarquía, sus sacerdotes y sus fieles, deben cambiar: por un lado, ser más austeros y, por otro, abrirse, acoger, salir a la periferia, buscar y asistir a los más vulnerables.

De retorno al Vaticano, el papa siguió con su activo verano, pues no solo celebró misas, concedió audiencias, recibió visitas, sino que se preparó para su siguiente viaje: revisó los temas más importantes de la geopolítica, calibró los discursos que iba a pronunciar e incluso estudió inglés. Pero, además, dio un vuelco a la práctica de la Iglesia cuando el 1 de septiembre anunció que, durante el Año de la Misericordia, autorizaba a los sacerdotes a absolver del "pecado de aborto a quienes lo han practicado y que estén arrepentidos de corazón", algo que antes estaba reservado a los obispos y al papa. Y, además, el 8 de septiembre cambió, mediante Motu Proprio, el Derecho Canónico en lo relativo a los procesos de anulación de matrimonio, que eran muy largos y caros, volviéndolos más expeditos y gratuitos. Ambas decisiones son audaces pues el papa supedita la norma a la misericordia, y son muestras prácticas de la iglesia abierta, compasiva y maternal que él desea.

El verano del papa concluyó con otra extraordinaria gira: su visita a Cuba, Estados Unidos y la sede de la ONU, entre el 19 y 27 de septiembre, en la que pronunció 26 discursos, algunos tan trascendentes como el primero pronunciado por un papa en el pleno del Congreso estadounidense  o el mensaje a la asamblea de las Naciones Unidas, y otros tan frescos como el que improvisó, dejando de lado el texto escrito (igual que lo hizo en El Quinche), en la clausura del Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia. A lo largo de la gira hizo una pedagogía sin estridencias, en la que conservadores y progresistas podían sacar argumentos a su favor, pero sin dejar de recalcar los puntos esenciales de su papado y poner los énfasis en los temas cruciales del diálogo entre contrarios, la acogida a los inmigrantes, el fin de la exclusión, el cuidado de la Tierra, los verdaderos objetivos del desarrollo y el progreso, las condenas a la idolatría del dinero y a la desigualdad dentro de los países y entre ellos.

Muchos puntos no fueron tan sutiles y, al contrario, directos y estremecedores, como sus llamados al Congreso de EEUU para eliminar la pena de muerte, detener el tráfico de armas, estar a la altura de su propia historia y no crear un submundo de pobres y excluidos.

A lo largo del verano se vio cómo Francisco está, de a poco, sacando a la Iglesia de sus posiciones más conservadoras, enfatizando en la caridad y en la pastoral más que en la rígida teología. Para él, como para san Juan XXIII, la iglesia no es madre o maestra sino madre y maestra. Por supuesto que sus pronunciamientos sobre el cambio climático, el capitalismo global, la suerte de los migrantes, no fueron recibidos con igual simpatía por todos. “Papa Francisco, la Tierra no es mi hermana”, dijo The Federalist, un sitio web ultra conservador. Que las ideas de Francisco son anticapitalistas e impiden el progreso y que felizmente la Iglesia Católica no tiene el monopolio del análisis económico, dijo Carlos Alberto Montaner, el reaccionario comentarista de CNN.

En la misma vena escandalizada, el columnista conservador del Washington Post, George F. Will, escribió: “Con el celo indiscriminado de un converso, [Francisco] abraza ideas impecablemente de moda, demostrablemente falsas y profundamente reaccionarias. Esas ideas devastarían a los pobres en cuyo nombre dice que habla, si es que sus recetas políticas no fueran tan imposibles de realizar como son de estridentes sus diagnósticos sociales”. Al igual que muchos comentaristas estadounidenses de derecha, Will intentó menospreciar al papa pintándolo como un argentino nutrido por el populismo peronista y la novelería ecologista, que cree en las teorías redistributivas, en la función reguladora del Estado, en la gobernanza global para contener el supuesto cambio climático y se opone al capitalismo liberal sin cortapisas, el único, según ellos, que trae progreso y resolverá cualquier problema climático, si es que lo hubiera. Aparte de lo predecible de la reacción de esa extrema derecha, lo asombroso de su visita a EE.UU. fue el impacto que tuvo en el mundo secular, donde fue visto y acogido como un profeta de la misericordia y de la justicia económica y social.

Hoy y en estas próximas semanas, la palabra y la posición de Francisco lo enfrentan al integrismo dentro de la Iglesia. Francisco ha ido preparando el camino al Sínodo con delicadeza y con reiteradas declaraciones sobre la necesaria acogida a los divorciados que se han vuelto a casar y una nueva manera de ver la homosexualidad. Además, ya está dicho, ha tomado decisiones significativas sobre los procesos de nulidad matrimonial o la absolución a las mujeres que han abortado. La reacción no ha sido entre bastidores. Al contrario, el libro Once cardenales hablan sobre el matrimonio y la familia, es, como refieren las reseñas, “un manifiesto” en que los jerarcas acusan al propio papa de querer implantar “el divorcio católico” y de querer dar la Eucaristía a los divorciados que están en nueva unión. Es asombroso también que el libro haya sido publicado en inglés por Ignatius Press, una editorial de los jesuitas, pero de los jesuitas estadounidenses más conservadores, ya que también en la orden a la que pertenece el papa hay progresistas e integristas.

Los capítulos, en los que se achaca al papa de querer aplicar una “falsa compasión” al acoger a los divorciados, y en los que se reitera la posición, que argumentan ser doctrinal e invariable, de excluir a los divorciados vueltos a casar, están escritos, entre otros, por lo más granado del integrismo: los ex presidentes de las conferencias episcopales de Italia, Camillo Ruini, y España, Antonio María Rouco; el actual presidente de la conferencia episcopal de la India, Baselios Clemis; el prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Robert Sarah; el arzobispo de Caracas, Jorge Urosa Savino y Joachim Meisner, arzobispo emérito de Colonia. La posición del papa ha sido defendida, entre otros, por los cardenales Walter Kasper, Reinhard Marx y Óscar Rodríguez Madariaga, los tres miembros del consejo de ocho prelados llamados por el papa para asistirlo en las reformas que está abordando en la curia.

El sínodo tiene, y de eso se ha preocupado el papa, una composición universal, como corresponde a la dimensión del cristianismo, pero el reto es la unidad. Como dijo recientemente a los obispos de E.UU., “hay que trabajar constantemente en la unidad y por la unidad. La gran misión que el Señor nos dio la hacemos en comunión, en modo colegial… No podemos dejar que la Iglesia se divide, fraccione o pelee”. Por cierto, como el papa lo ha recordado este lunes al abrir las sesiones, el sínodo no funciona como un parlamento; no se trata de lograr mayorías, sino de escuchar a la Iglesia.

Seguro que Francisco sabrá manejar la división entre conservadores y progresistas y de este Sínodo de la Familia no saldrá un cisma. Él mismo dice que el sínodo es para conversar y confrontarse dentro de la fe común. Pero la oposición interna es fuerte: no solo están los cardenales más conservadores sino buena parte de la curia romana, a la que el papa viene reformando con mano firme aunque de esta reforma la prensa diga poco o nada.

Pero Francisco tampoco se dejará ganar la mano. Tiene claro y, por si alguien no lo ha oído, lo repitió este fin de semana: no quiere una iglesia-fortaleza sino una que sea hospital de campaña, que acoja a los más frágiles y cure las heridas, una iglesia que entienda que Dios “quiere misericordia y no sacrificio”.  Si es así, dijo “encontraremos de nuevo la consistencia de una Iglesia que es madre, capaz de engendrar la vida y atenta a comunicar continuamente la vida, a acompañar con dedicación, ternura y fuerza moral. Porque si no somos capaces de unir la compasión a la justicia, terminamos siendo seres inútilmente severos y profundamente injustos”.

¿Quiénes forman el Sínodo de los Obispos?

En esta edición, el Sínodo de los Obispos está compuesto de 270 miembros plenos, a los que se conoce como “padres sinodales”: de ellos  183 son por elección, 45 por nombramiento pontificio y 42 ex officio (estos últimos son: 15 patriarcas, arzobispos mayores y metropolitanos de la Iglesia católica oriental; 25 jefes de los dicasterios (ministerios) de la Curia Romana, y el secretario general y el subsecretario del sínodo).

Entre esos miembros se cuentan 74 cardenales, 6 patriarcas, 1 arzobispo mayor, 72 arzobispos, 102 obispos, dos curas párrocos y 13 religiosos (diez de ellos elegidos por la Asamblea General de Superiores Religiosos y tres designados por el papa).

En total hay unos 360 asistentes, pues además de los 270 padres sinodales, hay 14 representantes de otras iglesias y comunidades cristianas no católicas; 24 expertos designados en virtud de su competencia para contribuir al trabajo del sínodo, y 51 auditores (hombres y mujeres) provenientes de todas partes del planeta. Entre ellos hay 17 parejas de esposos y operadores de la pastoral de la familia, que darán su testimonio en algunas de las sesiones.

Además, por supuesto, están los miembros de la oficina de prensa, los secretarios, asistentes, traductores, personal técnico y otros colaboradores de la Secretaría General del Sínodo de Obispos.

[PANAL DE IDEAS]

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