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11 de Diciembre del 2023
Ideas
Lectura: 7 minutos
11 de Diciembre del 2023
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

El sobrino díscolo del tío Michael
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Nos enojamos con quien nos muestra el espejo, porque nos negamos a reconocer lo peor de nosotros, y no nos gusta que un ajeno nos diga los defectos (porque también los tendrá él, claro), aunque en el fondo del pozo de mierda donde chapoteamos felices sepamos que es cierto.

En lo que va de su misión en Quito, el embajador de los Estados Unidos, Michael Fitzpatrick, ha dado tres campanazos mediáticos sobre cómo va la justicia en el Ecuador, la corrupción y la penetración del narcotráfico y el crimen organizado: los narcogenerales, la justicia irrelevante y ahora la corrupción y —de nuevo—, la penetración mafiosa en la justicia y la gran industria de la lavandería de activos en empresas, equipos de fútbol y medios de comunicación.

Por supuesto, no han faltado las voces, luego de estas admoniciones (aquí el discurso completo) y advertencias, que han reclamado sobre la intromisión en la soberanía nacional. Otras voces han hablado de un canje en el que —al pedir el embajador que se apruebe la ley de extinción de dominio— se de un acto recíproco en el cual la embajadora ecuatoriana en EE.UU. pida al gobierno de ese país acciones en beneficio del Ecuador y los migrantes, y que ataque el tráfico y el consumo de drogas en EE.UU., que nosotros tenemos nuestra propia soberanía mafiosa, a mucha honra. Otras voces han enrostrado al embajador los pecados de su país, como el caso del senador Bob Menendez, la venta de armas a gobiernos autoritarios y otras maldades del Gran Satán. Otros le han pedido nombres, nombres, nombres, porque las acusaciones generales no son eficientes. Otros "internacionalistas" (¿existe eso?) han reclamado que el embajador se ha entrometido en asuntos internos del Ecuador, algo inadmisible en la democracia moderna, que no permite que Tío Sam dicte sus políticas.

Nos enojamos con quien nos muestra el espejo, porque nos negamos a reconocer lo peor de nosotros, y no nos gusta que un ajeno nos diga los defectos (porque también los tendrá él, claro), aunque en el fondo del pozo de mierda donde chapoteamos felices sepamos que es cierto

Aún a riesgo de que se me mande al carajo, creo que el tema no es la poca diplomacia del embajador frente a las graves deficiencias de la democracia y las instituciones ecuatorianas. Ni siquiera creo que se entrometa; para mi el problema es que se nos considere una sociedad de imberbes a la cual hay que decirle por dónde está el cauce del sentido común, de la honestidad y de la convivencia. De que se nos llame al orden porque, terca y sordamente, vamos al despeñadero. Fizpatrick actúa como un tío que, de modo insistente, reprende cariñosamente (a veces de malas maneras también) a su sobrino díscolo. Por ahí escuché que el arte de la diplomacia consiste —también— en decir en privado lo que no se puede decir en público. Muchos preferirían que el embajador guarde silencio y actúe por debajo de la mesa y a puerta cerrada. Creen que es preferible que no nos enteremos, total luego "arreglamos". Y pienso que el embajador no ha dicho sino lo que muchos hemos dicho en público y en privado, lo que hemos revelado en investigaciones periodísticas o en otras denuncias. Hemos denunciado hasta el cansancio lo que se ha naturalizado como un (anti) valor a defender en el Ecuador, esto es: la sapada, la viveza criolla, la extorsión en la calle, en las curules y en las cortes, el saqueo del Estado, la corrupción, la injusticia, la impunidad de las élites, el lavado de dinero... entre otras "maravillas nacionales".  Hemos construido una sociedad con los peores índices de América Latina: el país más violento, el segundo en desnutrición infantil, el segundo más desigual de América, el más excluyente y cavernario, la peor administración de justicia de la región, el segundo en embarazos adolescentes, entre los primeros en violencia de género, el de los puertos y fronteras más porosas del mundo, de los peores en matemáticas y lenguaje... en fin, nada de lo que podamos sentirnos orgullosos. Y nos enojamos con quien nos muestra el espejo, porque nos negamos a reconocer lo peor de nosotros, y no nos gusta que un ajeno nos diga los defectos (porque también los tendrá él, claro), aunque en el fondo del pozo de mierda donde chapoteamos felices sepamos que lo que dice el embajador es cierto.

Es como si yo, siendo ya un adulto, ejerciera las peores conductas en  mi familia, mi trabajo y mi entorno y me sintiera cínicamente orgulloso de eso, y viene mi tío (o tía), al que además a veces le pido plata, y me dice: Juanito, tu comportamiento deja mucho que desear, avergüenzas a tus padres y abuelos, das mal ejemplo a tus hijos, los vecinos te miran mal y bla, bla, bla... en fin, lo que dicen los tíos. Y no nos gusta, pues, que nos estén regañando, que sean metidos, y encima nos creamos con el deber patriótico de defender nuestra autodeterminación para causar daño y hacernos daño a nosotros mismos.  Pero la verdad es que así me enoje, las cosas no van a cambiar con ponerme trompudo y con decirle: ocúpate de tus asuntos, viejo metido y continúe yo, muy orondo, escupiendo sobre mi propia bandera y manchando de oprobio y dolor mi propia casa.

Estoy seguro que la mayoría de embajadores acreditados en el país piensan lo mismo que el tío Michael, pero no nos lo dicen porque les pasaría lo que al embajador: todos miran hacia un lado, se hacen los cojudos, y los más audaces le gritan en la cara que se vaya a jugar con bolas de lodo, porque así como estamos, estamos bien. Y como hacernos los giles y justificarlo todo es el deporte nacional, las mal llamadas autoridades seguirán haciendo lo que les viene en gana o les dicta el bolsillo o los Fitos de este país, con el único temor de que el tío nos quite la ayuda económica ... o la visa. O sea, como un sobrino díscolo cualquiera.

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