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20 de Septiembre del 2023
Ideas
Lectura: 6 minutos
20 de Septiembre del 2023
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El suicidio de Salvador Allende
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Chile gozaba de una sólida institucionalidad que podía dar lugar a una transformación social por la vía constitucional, sin seguir ni el modelo soviético ni el chino, tampoco el cubano. Ello implicaba evitar la guerra civil y apelar a la política. Salvador Allende era un político, no un guerrillero.

El 11 de septiembre de 1973 se produjo el golpe militar que derrocó al gobierno constitucional de Salvador Allende. Este hecho fracturó a la sociedad chilena, que no ha podido hasta ahora superar tal escisión. No fue un golpe cualquiera, estaba de por medio un intento audaz de implantar el socialismo por la vía electoral y no por la lucha armada. La Unidad Popular, integrada por los partidos de izquierda, creyó llegado el momento de la toma del poder. Una estrategia maximalista chocó con una gradualista. 

En torno a la muerte de Salvador Allende en el Palacio de la Moneda, la casa de gobierno de Chile, surgieron distintas versiones. Una de ellas, la de Fidel Castro, aseguraba que Allende fue asesinado. El suicidio, a su criterio, no tenía el mismo valor que la muerte en combate.  

En la entrevista del periodista Ascanio Cavallo a Isabel Allende, hija del presidente chileno, se comenta que el golpe de Estado era una posibilidad. Allende tenía en mente un referendo para acortar el mandato.  En la Unidad Popular habían dos posiciones: “avanzar sin transar” o “consolidar lo que tenemos”. La primera supuso agudizar las contradicciones, sin medir las consecuencias que ello acarrearía. Lo segundo implicaba llegar a acuerdos, en especial con la Democracia Cristiana. 

En el contexto de la Guerra Fría también había diferencias entre la posición de la ex Unión Soviética y Cuba. Fidel Castro se proponía expandir su revolución a los países latinoamericanos. Estados Unidos, con Richard Nixon y Henry Kissinger querían impedirlo. Tras la debacle del estalinismo, la nueva dirigencia de la URSS era partidaria de la coexistencia pacífica. 

El que luego de cincuenta años del golpe militar de Augusto Pinochet se siga discutiendo en Chile sí dicho golpe era la única salida por la deriva radical de un proceso al que se le quiso dar un sentido que no tuvo, demuestra que las religiones políticas y el fanatismo de la guerra fría no han muerto. Y que el suicidio de Salvador Allende fue una protesta contra ellas.

Chile gozaba de una sólida institucionalidad que podía dar lugar a una transformación social por la vía constitucional, sin seguir ni el modelo soviético ni el chino, tampoco el cubano.  Ello implicaba evitar la guerra civil y apelar a la política. Salvador Allende era un político, no un guerrillero. No podía, por tanto, morir en combate.  Isabel, su hija, describe lo que significó la muerte de su padre.   ¿Fue una protesta, una salida desesperada, un reclamo contra los tiempos que le tocó vivir?, pregunta el periodista. Ella responde: "Fue una lección contra la traición y la felonía. Es la dignidad de un presidente que no acepta rendirse, que no quiere ser humillado, que no va a aceptar que lo lleven preso o salir al exilio".

Si se toma en cuenta la información de que iban a bombardear La Moneda por decisión de las tres armas unidas, la valentía de Allende adquiere proporciones gigantescas.  Su preocupación era en esos momentos salvar a su familia y evitar el derramamiento de sangre de su pueblo. 

“El metal tranquilo de mi voz no será acallado”, dijo en su última intervención. Allende fue un demócrata convencido.  Eso permite entender el mensaje de Carlos Matus en su carta póstuma escrita como prólogo a su libro Adios, Señor Presidente:

“Durante más de veinte años he meditado sobre su ejemplo y nuestros errores (…) Quedaron atrás las religiones políticas y el fanatismo de la guerra fría(…) Usted fue víctima del ideologismo extremo que dividió a sus partidarios y los incapacitó  para adoptar una estrategia y una línea táctica  que encauzara coherentemente el gobierno”  

El que luego de cincuenta años del golpe militar de Augusto Pinochet se siga discutiendo en Chile sí dicho golpe era la única salida por la deriva radical de un proceso al que se le quiso dar un sentido que no tuvo, demuestra que las religiones políticas y el fanatismo de la guerra fría no han muerto. Y que el suicidio de Salvador Allende fue una protesta contra ellas. 

Matus también destaca el heroísmo de Salvador Allende que, al quitarse la vida, le “ahorró el bochorno de ver correr apresurados hacia el lado opuesto de los ideales” a muchos que presumían de lealtad ejemplar.    

Una parte de la población chilena condena el golpe militar de Pinochet pero no el supuesto “milagro económico” que trajo a Chile. Lo cierto es que, como sostiene Matus, la Unidad Popular no solo se extravió por su ideologismo extremo sino por la pobreza de los métodos de gobierno que utilizó y que le llevaron a cometer muchos errores.  Y que sus detractores, igual que éstos, usaron la violencia para imponer un modelo económico que apostó al mercado como una nueva religión, sin importarles la democracia ni los derechos humanos, desencadenando nuevos estallidos sociales de lo cuales es producto el actual gobierno de Gabriel Boric.  

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