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24 de Julio del 2017
Ideas
Lectura: 6 minutos
24 de Julio del 2017
Gabriel Hidalgo Andrade

Politólogo y abogado. Docente universitario.

El traidor
Un golpe de estado contemporáneo ya no necesita disparos, militares o desaparecidos como en el pasado; hoy necesita descabezar a un poder del estado y desconocer la validez de la Constitución. Esto es lo que hizo el correismo en, al menos, cinco ocasiones, con absoluto sigilo.

Las declaraciones del presidente Moreno sobre el comportamiento ovejuno delataron la situación al interno de Alianza País: el rebaño correista se prepara para dar un golpe de estado. No les queda otra alternativa, porque no saben hacer otra cosa.

Después de permanecer durante diez años, la facción más violenta del correísmo en el poder ignora cómo funciona la democracia, qué es el pluralismo o para qué sirve la oposición. No saben dialogar, cooperar o concertar. Solo saben imponer por la fuerza sus devociones. Es la versión ecuatoriana del chavismo que ahora están en desventaja y que no conocen otra razón que la violencia.
Pero no todos están en ese saco, dijo el presidente Moreno. Lo están solamente quienes perdieron la autonomía para pensar y el criterio para contestar. Entonces, los pronósticos empiezan a cumplirse: el correismo está dividido en, al menos, tres facciones. Habrá una facción de morenístas, compuesta por los nuevos interesados en conservar el poder. Habrá otra facción de jugadores a dos bandas, conocidos por la ciencia como tránsfugas, quienes no dudarán en cambiar su voto legislativo por beneficios clientelares. Y, finalmente, estarán los revolucionarios correístas quienes se podrían convertir en la nueva minoría asamblearia, la nueva oposición al gobierno de Moreno y sus permanentes conspiradores. 

Estos revolucionarios dominan la teoría del golpe blando porque no han escuchado hablar de otra cosa. No leen, no escuchan críticas, ni dan valor a las discrepancias. Solo siguen las ayuda-memorias y las repiten como loros en cada entrevista.
Entonces, mientras su mesías permanecía en el poder, creyeron devotamente en la fábula de que toda crítica es sinónimo de desestabilización y que toda oposición es una amenaza a la que hay que liquidar.

A través de sus jueces, persiguieron a toda voz crítica, mientras ellos, los poderosos, se escudaban en su justicia sometida. A esta política de persecución, odio y venganza desde el gobierno, los revolucionarios le llaman “Estado de Derecho”. Pero si hasta el fascismo o el estalinismo tenían prensa, jueces o estado, ¿qué nos hace creer que lo que tuvimos o tenemos sea una democracia real?
Con esta nueva elite atornillada al poder se impuso una nueva ideología antidemocrática. Se naturalizó la violación a las libertades, al estado constitucional y los golpes blandos. 

En el 2006 esta horda dio su primer golpe al derrocar al Congreso Nacional y al secuestrar al Tribunal Supremo Electoral para dar viabilidad a su Asamblea Constituyente; en el 2007 defenestraron al Tribunal Constitucional, en el 2009 a la Corte Suprema de Justicia y en el 2016 derogaron los principios republicanos de la Constitución sin consulta popular. Muy demócratas nuestros revolucionarios.  

Un golpe de estado contemporáneo ya no necesita disparos, militares o desaparecidos como en el pasado; hoy necesita descabezar a un poder del estado y desconocer la validez de la Constitución. Esto es lo que hizo el correismo en, al menos, cinco ocasiones, con absoluto sigilo.

Pero para asestarle un golpe de estado a Lenín Moreno los golpistas necesitaran de un traidor. De alguien que divida a las facciones internas de la Alianza País, que azuce sus diferencias con intrigas, que busque sucederlo en el poder y que visite a los medios llevando esta versión. Necesitan encender los resentimientos, provocar enfrentamientos y sembrar el caos para la desestabilización. Para su golpe de estado necesitaran desconocer a Moreno como presidente y empujarlo a renunciar.

Quienes se preparan para el golpe ni siquiera guardan las formas. Cada uno ya ha amenazado con separarse del gobierno en funciones o hasta con desafiliarse del partido que los llevó a atornillarse al poder durante los últimos diez años. Se llenan la boca de palabras como lealtad, principios o gratitud, pero la profesan como si la política, la constitución o la democracia fueran la persona del último mandatario. 

Antes de despedirse, el ex presidente Correa amenazó con desafiliarse del Alianza País. Lo mismo que hizo días antes Marcela Aguiñaga, alta dirigente del correismo, mientras que Gabriela Rivadeneira ha rechazado las políticas de dialogo impulsadas por el Gobierno Nacional.

Entonces no debería extrañarnos que estos mismos deudos empiecen a descalificar a su copartidario convertido en presidente, denunciarlo como traidor, y mencionar la disolución anticipada o revocatoria del mandato del presidente de la República como mecanismo para retomar el poder.

Por eso es tan importante insistir en el juicio político a Jorge Glas, para reducir a la nueva oposición devota a Correa, para desactivar toda nueva posibilidad de golpe de estado blando y para marginar a los “ovejunos” a un lugar donde no puedan hacer daño a nadie más, especialmente a nuestra débil Constitución política.  

@ghidalgoandrade

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