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7 de Noviembre del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
7 de Noviembre del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

El ventrilocuismo ideológico
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No importaba que en el Incario hubiera predominado el despotismo. Éste ha “herido los escrúpulos liberales de algunos espíritus de nuestro tiempo” establecía Mariátegui. Esta asociación entre despotismo y socialismo, a nivel ideológico, le dio al despotismo un significado progresista.

“El hombre del Tawantinsuyo no sentía absolutamente ninguna necesidad de libertad individual. Así como no sentía absolutamente, por ejemplo, ninguna necesidad de libertad de imprenta (…) los indios podían ser felices sin conocerla y aun sin concebirla”, José Carlos Mariátegui (1927).

   

El tema de la representación de los indígenas, luego de la abolición del concertaje en Ecuador en 1918, se convirtió en un desafío para el régimen republicano. Dicha institución esclavizó a los indios, convirtiéndoles en siervos del estado y de los terratenientes en las haciendas serranas. Se trataba de un “contrato de servicios personales”, bajo el cual los hacendados pagaban el trabajo de los indios por adelantado, para devengar el cual éstos se endeudaban de por vida. El no pago de esta deuda era castigado con la prisión. Esta forma servil de trabajo incorporó a la familia del jornalero, lo que dio lugar a una explotación múltiple. 

El liberalismo atacó esa institución, y la atribuyó a la dominación clerical conservadora. Transformar a los indios en jornaleros libres fue un objetivo de la revolución liberal. Ello presuponía también convertirles en personas libres e independientes, y abría el debate sobre cómo gobernarles.

En tanto jornaleros, los indios pasaban a ser parte de la clase trabajadora; sin embargo, subsistían las diferencias entre los jornaleros indios y los no indios. No podían los primeros estar sujetos a una legislación universal. Las desigualdades derivadas del concertaje exigían la vigencia de una ley especial.

Considerar a los indios como obreros, en las primeras décadas del siglo pasado, era hacer tabla rasa de 400 años de dominación colonial. A la explotación económica se sumaba la discriminación y la dominación racial.

Eso planteaba un conflicto entre la herencia colonial y la civilización. Lo cual presuponía la erradicación de costumbres y creencias propias de la cultura indígena. Se consideraba a los indios como no civilizados, lo que impedía que éstos pudieran alcanzar la categoría de ciudadanos, dado que se sostenía que “su mentalidad no los hacía aptos para la igualdad y libertad republicanas”.

El tema de la civilización también fue puesto en debate. El indigenista liberal, Pio Jaramillo Alvarado, hablaba de la civilización nativa. José Carlos Mariátegui, pensador peruano, destacaba las virtualidades de la sociedad incásica. En ambos casos se hizo presente un modelo ventrílocuo de representación. Dado que los indios no podían tener una representación directa, en atención a la exclusión de los analfabetos de las urnas, éstos debieron se representados por las élites blanco mestizas, bien fueran conservadoras, liberales o socialistas.

Para los socialistas, los indios más que una cultura o etnia, eran parte del proletariado. El entrelazamiento del ancestro indígena con el ideario socialista fue abordado y desarrollado precisamente por Mariátegui.

Para los socialistas, los indios más que una cultura o etnia, eran parte del proletariado. El entrelazamiento del ancestro indígena con el ideario socialista fue abordado y desarrollado precisamente por Mariátegui. Esto dio lugar a lo que yo llamaría un ventrilocuismo ideológico: la traducción de las necesidades de los indios interpretadas por los intelectuales. La “raza india” ya no solo se valdría de la representación corporativa a nivel parlamentario para tener “voz”, sino que su pensamiento se vería mediado por el discurso marxista, también producto de occidente.

Según Mariátegui (1927) “la cuestión indígena arranca de nuestra economía. Tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra”. Para resolver este problema había que acabar con el régimen feudal. Como la burguesía no puede acabar con el feudalismo, “el pensamiento revolucionario y aun el reformista no puede ser liberal sino socialista”. Pero ocurre que en el Perú, igual que en el Ecuador, no había un proletariado industrial, como en Europa. La ausencia de la clase obrera fue suplida con el “proletariado” indígena; más todavía, si los indios eran producto del Tawantinsuyo donde había primado la propiedad colectiva. La sociedad indígena, con este razonamiento, no necesitaba hacer el recorrido del feudalismo al capitalismo sino pasar directamente al socialismo. De ahí que temas como los de la libertad individual o la democracia liberal quedaran fuera de su registro mental.

No importaba para ese efecto que en el Incario hubiera predominado el despotismo. Éste ha “herido los escrúpulos liberales de algunos espíritus de nuestro tiempo” establecía Mariátegui. Esta asociación entre despotismo y socialismo, a nivel ideológico, le dio al despotismo un significado progresista. Un autor citado por Mariátegui, James George Frazer, sostuvo que “los primeros grandes pasos hacia la civilización han sido hechos bajo gobiernos despóticos y teocráticos como los de la China, del Egipto, de Babilonia, de México, del Perú”.

No es casual, entonces, que en la protesta de octubre de este año, las reivindicaciones y demandas de la CONAIE hicieran caso omiso de la libertad de los ciudadanos no involucrados en la protesta, del régimen jurídico del país y de los canales institucionales para el ejercicio de los derechos, incluido el de la resistencia. Y que la propuesta del Parlamento de los Pueblos tenga un cariz de edicto. En ella, se aprecia la rectoría del ventrilocuismo ideológico. Las necesidades y problemas de los indios no son el foco de atención del documento. Lo que importa es ejercer poder desde un conocimiento objetivo de una realidad supuestamente independiente de las percepciones subjetivas de sus enunciadores. Es un tipo de conocimiento que implica la negación del otro. “El que no está con uno está contra uno”. Los otros, según esa manera de razonar, están equivocados, lo cual permite exigirles que piensen como yo pienso. Y que hagan lo que yo diga. La “verdad” es fuente de despotismo, cuando cancela el debate, siendo éste, como lo afirma Hannah Arendt, la esencia misma de la vida política.  

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