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20 de Octubre del 2015
Ideas
Lectura: 7 minutos
20 de Octubre del 2015
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

El verdadero rostro de la izquierda
El correato ha cumplido de manera estricta lo que se espera de cualquier gobierno de izquierda: Ha acumulado poder de manera totalitaria, ha silenciado a los medios críticos, y ha generado una nueva y poderosa élite alrededor del aparataje estatal controlado por el partido hegemónico. Es decir ha pasado lo que era esperable.

Dibuje usted un punto en una hoja en blanco. Ahora llame a su hijo, sobrino o hermano menor. Bástese que sea un niño, o niña lista que haya recibido geometría básica en la escuela. Pregúntele cuantas líneas pueden atravesar un único punto. La respuesta será simple: "por un punto pueden atravesar infinita cantidad de líneas". Ahora llame a su amigo izquierdista (todos tenemos un amigo izquierdista; es ese, el que bebe vino importado, frecuenta cafetines culturales exclusivos y canta canciones de Silvio Rodríguez después de las fiestas). Hágale la misma pregunta, solo que en esta ocasión dígale que el punto es un modelo de sociedad (recuerde que las nominaciones deben ser considerados  puntos según Wittgenstein).  La respuesta, desde diferentes versiones, será siempre igual: "por un punto se derivan dos líneas opuestas, una hacia la derecha y otra hacia la izquierda". Cabe advertir que el personaje en cuestión invertirá sendos discursos y enconados argumentos para convencerle que una de las líneas es buena y la otra mala.

Si usted llama a un derechista conservador, el resultado será el mismo que en el caso del izquierdista radical. Ambos personajes están convencidos que el universo, en este caso el universo social, es un fenómeno binario y contra factual donde los vicios de la facción rival se resuelven con las supuestas virtudes de la otra.

Un reaccionario de derecha es aquel que defenderá, a capa y espada, el estatus quo, el sistema ideológico, y los valores de los cuales se beneficia. Un revolucionario, un militante de la izquierda radical, por otro lado, ansía cambiar el status quo, y rehacer los valores e ideologías que no le benefician. Por supuesto, y sin ninguna duda, exigirá que las posiciones de hegemonía de la sociedad soñada que está por venir, sean manejados por ellos, es decir los emisores de ese discurso.

Una vez que el revolucionario, en forma de ninfa, llega al poder, iniciará su dolorosa metamorfosis en una polilla reaccionaria. ¿No me cree? Sencillo, revise lo que ha pasado con los emisores de los discursos morales de la izquierda una vez que llegan al poder. Al poco rato, e inevitablemente, constituyen una aristocracia absolutamente excluyente que manejará a sus anchas todas las estructuras de la sociedad. Por supuesto reprimirán cualquier crítica, y se convertirán paulatina, pero inevitablemente, en aquello que odiaban.

"Quién con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo", escribió Nietzsche, y añadió: "cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti". Esta frase se aplica de manera plena a aquellos que defienden  sistemas ideológicos binarios que se basan en delinear un campo antagónico, al cual achacan de todos los males del mundo, mientras ven en su propio discurso la panacea insaciable de justicia para la humanidad.

Por supuesto aparecerán varios intelectuales indignados que me hablaran de las mieles de la literatura marxiana y marxista, la diferencia entre el joven y el maduro Marx, las elocuencia de Gramsci, las reflexiones de Rosa Luxemburgo, la  precisión de Althusser, las razones refinadas de Poulantzas, y la amalgama de las tradiciones  neo marxistas. Sin embargo considero que la teoría no tiene mucho que decir frente al peso de la realidad. Wittgenstein nos enseñó que el mundo está constituido por  acontecimientos, es decir por hechos,   y no por cosas, es decir objetos. Las teorías marxistas o neo marxistas son sofisticados y bien labrados objetos de pensamiento, pero son los hechos los que constituyen lo real, y los hechos están delineados por el impacto de esas ideologías en el mundo tangible. Revise un libro de historia, apreciado lector y verá como las más amables ideologías suelen terminar trastocadas por los intereses,  las ambiciones personales, y los abusos de los predicadores de los discursos que alguna vez se vistieron como revolucionarios.

Cabe advertir que cuestionar a la izquierda no significa ser de derecha, como demandan los apóstoles de las lógicas contra factuales y binarias. Al contrario, significa que todo planteamiento dogmático es susceptible de crítica, y perfila la necesidad de entender lo real en su verdadera complejidad.  No desde un torpe esquema bicolor. Como si el universo fuera un garabato a blanco y negro.

En tiempo reciente se han levantado voces de ciertos sectores que acusan a la revolución ciudadana de haber traicionado los lineamientos de la izquierda. Varios de estos intelectuales acusan al correismo de no haber sido consecuente con el discurso del socialismo, que promulgaba en un inicio. Debo decir que esto no es así. El correato ha cumplido de manera estricta lo que se espera de cualquier gobierno de izquierda: Ha acumulado poder de manera totalitaria, ha silenciado a los medios críticos, y ha generado una nueva y poderosa élite alrededor del aparataje estatal controlado por el partido hegemónico. Es decir ha pasado lo que era esperable.

El discurso binario del socialismo del siglo veintiuno mostró su verdadero rostro. Los valores conservadores han invadido la sociedad, y quienes fueron revolucionarios hace ocho años ahora son eficaces agentes reaccionarios que predican la nueva moralidad ciudadana. Al mismo tiempo la nueva élite correista se ha afincado más que nunca en el poder, tanto desde las instancias estatales, cuanto desde la red de intereses privados que se amamantan de las políticas públicas, y que ahora demandan nuevas normativas para favorecerlas.

Al igual que la Ouroboros, la serpiente medieval que se muerde su propia cola, la izquierda ha cumplido su ciclo de renovación de poderes y relevo de hegemonías. El universo social ha sido delimitado como un descolorido espacio dual, donde la polaridad de la brújula cambia y no se distingue  la ubicación de la  derecha y de la izquierda. Que más da, ambos extremos  son proyecciones de la misma línea. "Los extremos se tocan", decía Hermes Trismegisto, y al final de cuentas lo único que diferencia a un izquierdista radical de un conservador reaccionario es el tiempo. Después de todo, dos vectores antagónicos en 180 grados forman una única línea. La misma línea.

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