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20 de Mayo del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
20 de Mayo del 2019
Marlon Puertas

Periodista guayaquileño, ha colaborado en medios como Diario Hoy, Vistazo y actualmente en el portal La Historia. 

El viejo luchador
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El grado de conmoción que ha generado la partida de Julio César Trujillo me pone a pensar lo huérfano que está Ecuador de referentes positivos de su talla.

Era todavía un niño, cuando escuché una propaganda en televisión, mencionando el nombre de un tal barbudo Trujillo: “Trujillo, es desafío popular, organícemos, una vez más, Democracia Popular triunfará”, es lo que decía un coro acompañado de un ritmo con trompetas algo contagioso.

El señor barbudo no me cayó bien de entrada, porque entonces en mi casa todos éramos leoncistas, por la preferencia política de mi padre, un hombre conservador convencido de que la derecha era el mejor camino para el país, ya que la izquierda era el comunismo disfrazado. Eran los tiempos en que las ideologías importaban, y demasiado. Era impensable decir públicamente que alguien era de centro, que recogía un poco de la izquierda y otro poco de la derecha, que la mezcla era el camino. Había que definirse, y en ese momento, Trujillo era de izquierda.

Yo no tenía ni idea que años atrás había sido conservador, tanto como mi padre, pero ahora que ha muerto queda casi como un emblema de la izquierda, que lo impregnará muy pronto en sus banderas para flamear en las calles los 1 de Mayo.

Julio César Trujillo pasará a la historia porque a sus 88 años le cortó la cabeza al monstruo correísta. Él, un viejito que ya no podía caminar sin la ayuda de su bastón, se bastó para desbaratar la estructura autoritaria que con tanta precisión, maledicencia y dinero dejaron armada Rafael Correa y su séquito, para desgracia de nuestro país. No lo hizo todo bien, no lo hizo solo, por supuesto. Pero fue el líder de una corriente, en su momento minoritaria, que tenía como bandera la decencia, como credencial la
integridad y como arma su autoridad moral. No tenía detrás de sí los millones de votos que exhibía Rafael Correa, porque ni falta que le hacían. No tenía detrás de sí los millones de dólares que gastaron —y siguen gastando— los correístas encaramados en el poder. Cuando se tiene el peso de la verdad de su lado, no hace falta presumir ni de la popularidad ni del dinero. Trujillo en su juventud nunca fue tan popular. Fue en su vejez que consiguió un reconocimiento general en jóvenes y adultos, un ícono del
pasado que se volvió necesario en estos tiempos modernos repletos de sinvergüencería y deshonestidad.

Él, un viejito que ya no podía caminar sin la ayuda de su bastón, se bastó para desbaratar la estructura autoritaria que con tanta precisión, maledicencia y dinero dejaron armada Rafael Correa y su séquito, para desgracia de nuestro país.

El revuelo que vive el país por la muerte de Trujillo es comprensible por todo lo que representó el Gallo Hervido, insulto lanzado por un adversario para descalificarlo, que con el tiempo se convirtió en un apelativo cariñoso. Los honores del Estado para su sepelio están completamente justificados. Pero al mismo tiempo, el grado de conmoción que ha generado su partida me pone a pensar lo huérfano que está Ecuador de referentes positivos de su talla. Nuestro país será mejor cuando los vacíos que dejan personas honorables sean inmediatamente cubiertos por otros personajes de igual o mayor valía, de manera que la marcha natural de las instituciones continúe a buen ritmo, sin contratiempos, y sin caudillos oportunistas que intenten apropiarse del poder.

Ningún lodo que le sea lanzado podrá ensuciar una hoja de vida ejemplar. Aquellos que se esmeran en eso, pierden el tiempo. Deberían preocuparse, mas bien, de que de su filas, algún día, surja alguien que acumule aunque sea la décima parte de la solvencia moral con la que hoy se despide el viejo Trujillo, descalificado así por quienes le tenían miedo, por el riesgo de que sean vaciados sus bolsillos en las plazas públicas y que todos nos enteremos de una vez y para siempre, que solo son unos ladrones.

Por desventura, en Ecuador no abundan los Trujillo. El año pasado estuve en su casa, un departamento modesto ubicado en la avenida 6 de Diciembre, en Quito. Se trataba del hogar de un hombre honesto, que nunca necesitó robar o aprovecharse de sus puestos públicos. Vivía con lo necesario pero él entregaba mucho más de lo que recibía y eso lo hacía feliz. Hablar del país lo ponía contento, vislumbrar un mejor futuro era el motor de su prolongada vida. Yo siempre he dicho, equivocadamente, que Ecuador no tiene patriotas. Trujillo es el ejemplo de mi craso error.

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