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7 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
7 de Abril del 2020
Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

El virus de los populismos
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El virus del populismo resultó ser el mejor aliado de la pandemia del coronavirus. Desarticula, fragmenta, apela al sentimentalismo, sospecha del conocimiento, de la ciencia y de la información; erosiona la credibilidad y causa daño, destrucción, pobreza y muerte.

Mientras millares de acciones en el mundo crecen al abrigo de la solidaridad, del esfuerzo compartido, de la articulación de este trabajo conjunto y del conocimiento, más mezquinas e interesadas se descubren las prácticas y desaciertos de los regímenes y gobernantes populistas.  Ellos solo trabajan en favor de su propio provecho, en procura de sus afanes, repletos de ingredientes electoreros; o en busca del mantenimiento de un poder vinculado con la dominación, en modo alguno relacionado con la capacidad de hacer, de gestionar, de resolver problemas, de enfrentar crisis y trascender. 

Ejemplos de estas actitudes politiqueras, y que son las que desacreditan a los políticos, a la política, y a la democracia por añadidura, los tenemos a la vista.  Ellos mismos han trabajado por volverse muy visibles. En su impudicia no han refrenado su lengua y han hablado mucho más de lo que incluso les convenía.

En nuestra América, el populista de ultraderecha, Jair Bolsonaro, ha alardeado de su ignorancia y estulticia. Instalado en el negacionismo alegó que el coronavirus era un “invento de la elite liberal”. Y mostró su supuesta prioridad: la economía. No la vida de la gente.  Su mayor preocupación, dijo, es que las ventas de los productos brasileños caigan en el mercado internacional. Como si ambas dimensiones no fueran aspectos de una misma crisis global. Llegó al absurdo de afirmar que el virus contaminaba solo a los ricos. Su mensaje estaba dirigido a tranquilizar a los millones de brasileños que habitan las favelas, donde todo hace falta en cuanto a infraestructura sanitaria. La incapacidad de Bolsonaro ha motivado que algunas previsiones señalen el riesgo de que en este país el coronavirus produzca un millón de muertes.

El jefe de estado mexicano, Andrés Manuel López Obrador, señalado como un populista de izquierda -o progresista, como les gusta a algunos- hizo gala de saludar con su mano y de abrazar y besar a las niñas, porque “no pasa nada” y de mostrar a sus guardianas: dos estampitas de quien sabe qué. Su irresponsabilidad le llevó a promover que los mexicanos continúen llevando su vida normal para no causar estragos a la economía. La indolencia y falta de empatía son dos de sus características más pronunciadas. Otra, su empecinamiento ideológico.  Prueba de ello es su tozudez discursiva cuando anunció que México continuará con la “cuarta transformación”. El mundo teme por las cifras de contagiados que podría presentar México las próximas semanas.

Su vecino gringo Donald Trump, acreditado como de derecha, solo está interesado en su reelección y en mantener la economía en buen estado, conforme lo ha prometido a sus votantes. Ha oscilado entre el sarcasmo, la burla, la pedantería y la soberbia. Ahora aspira a dejar toda limitación y medida de cuarentena sin preocuparse por las consecuencias que una salida prematura y atropellada de estas restricciones causaría entre sus propios electores. Esta inconsciencia no guarda relación con el crítico estado de las instituciones sanitarias en las principales metrópolis de su país. Esta, la primera potencia mundial, se encuentra al borde de la catástrofe hospitalaria. Solo cuando EEUU se convirtió en el epicentro mundial de la pandemia parece que comenzó a alarmarse.

Al otro lado del mundo, el primer ministro Boris Johnson es otro ejemplar del populismo. Fanfarroneó, se burló y expuso a los británicos. Hoy -mientras escribo esta nota- se encuentra hospitalizado en cuidados intensivos.

El virus del populismo resultó ser el mejor aliado de la pandemia del coronavirus. Desarticula, fragmenta, apela al sentimentalismo, sospecha del conocimiento, de la ciencia y de la información; erosiona la credibilidad y causa daño, destrucción, pobreza y muerte.

El virus del populismo resultó ser el mejor aliado de la pandemia del coronavirus. Desarticula, fragmenta, apela al sentimentalismo, sospecha del conocimiento, de la ciencia y de la información; erosiona la credibilidad y causa daño, destrucción, pobreza y muerte.

Lo lamentable es que los populismos y sus titulares conservan su letalidad incluso cuando sus titulares ya no gobiernan. Este es el caso del ex presidente Rafael Correa y de su núcleo más cercano, condenados a ocho años de prisión por el montaje de un dispositivo para el funcionamiento de la corrupción. Este equipo está actuando de muy diversas maneras. No solo se empleó a fondo para lanzar pararruchas o fake news, para desinformar, mal informar, y debilitar al gobierno presidido por su ex vicepresidente, sino que trabajó para sembrar las dudas sobre las iniciativas dirigidas a proteger la salud y la vida de los ecuatorianos más vulnerables del régimen en funciones. ¿Para qué? ¿Para sembrar el caos aún más? ¿Por juzgar que esto le proporcionara réditos politiqueros? Quién sabe. Sus acciones parecen que emanan de la irresponsabilidad y de un afán de aprovechamiento de las circunstancias. En todo caso su accionar está cruzado por la infamia y la ceguera. 

Esos desempeños del populismo en la política contrastan con las acciones solidarias, altruistas, articuladas, de colaboración que ciudadanos y organizaciones de la sociedad civil desarrollan en todo el mundo. Las maniobras populistas son lo opuesto al trabajo y gestión de miles de médicos, enfermeras, técnicos en salud, y se hallan en las antípodas de la labor colaborativa de los científicos que están investigando posibles tratamientos, vacunas y la producción de prototipos que contribuyan a mejorar la critica situación en las unidades de cuidados intensivos, en este planeta y en nuestro Ecuador. Los manejos de los populistas nacionales no tienen nada que ver con las iniciativas de personas y colectivos que gestionan su apoyo fraterno en favor de los ecuatorianos en situación de emergencia alimentaria y evitar que este amplio conjunto de compatriotas salga de sus casas en busca de sobrevivir.

El comportamiento de quienes deciden los destinos de una nación y lo hacen signados por el oportunismo solo fomenta la desolación. En modo alguno su conducta es un ejemplo para los ciudadanos que en este planeta azul trabajan y actúan en favor de sus semejantes, sin distinciones ideológicas. Con humanidad y empatía. Enhorabuena por ellos. Ojalá los gobernantes que intentan distinguirse de los populistas ejerzan su administración con madurez y prudencia; sin estridencias ni atolondramientos.

[PANAL DE IDEAS]

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