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22 de Marzo del 2021
Ideas
Lectura: 6 minutos
22 de Marzo del 2021
Gustavo Abad

Periodista e investigador de la comunicación, ha trabajado como reportero y editor en  El Comercio, HOY, El Universo y El Telégrafo, en las áreas de Investigación y Cultura. 

El voto nulo o la ética de la resistencia
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¿Por qué tenemos que creernos la ficción de que estamos ante dos proyectos diferentes? Más que contrarios, Arauz y Lasso son complementarios, las dos caras de una misma moneda: injusticia social y degradación política.

Votar por el mal menor nunca ha sido un buen negocio. En 1996, la mayoría apostó por la verborrea populista de Bucaram para que no llegara al poder la derecha socialcristiana de Nebot. Y el loco montó tal show de corruptela y nepotismo, que una insurrección social tuvo que echarlo a los seis meses para que no se robara hasta los floreros.

En el 2002, muchos pensamos que Gutiérrez, aunque milico y golpista, no era tan malo frente a las escasas luces del millonario Noboa. Y dos años después, una revuelta popular, cansada de tanto latrocinio, tuvo que obligarlo a huir por los tejados de Carondelet. Así que el mal menor siempre ha resultado lo peor.

Miento, lo peor todavía estaba por venir. En 2006, entre esperanzados y embobados por su discurso aparentemente de izquierda, elegimos a Correa. Y tuvimos que ver cómo, durante diez años, una banda delincuencial saqueaba las arcas del Estado mientras perseguía y encarcelaba a periodistas, ecologistas, maestros, líderes sociales, feministas, estudiantes, opositores, sindicalistas… y todo aquel que se atreviera a denunciar la corrupción.

Ahora estamos en las mismas, arrastrados al borde del abismo, obligados a escoger el mal menor entre Arauz y Lasso una vez que el CNE y el TCE enterraran cualquier posibilidad de confirmar o negar las sospechas de un fraude para sacar de competencia a Yaku Pérez, el candidato del movimiento indígena. De ese pozo profundo de ilegitimidad quedan en la carrera Lasso y Arauz.

Marioneta del progresismo autoritario, Arauz representa el retorno del correísmo al poder, del cual solo será su instrumento de impunidad y venganza. Abanderado de la banca insaciable, Lasso no conoce otro modelo que el de la máxima concentración de la riqueza y cero redistribución. ¿Estamos realmente obligados a escoger? Arauz, cheerleader de un prófugo de la justicia. Lasso, colaborador de todos los gobiernos desde Mahuad hasta Moreno. ¿Por qué tenemos que creernos la ficción de que estamos ante dos proyectos diferentes? Más que contrarios, Arauz y Lasso son complementarios, las dos caras de una misma moneda: injusticia social y degradación política.

¿Por qué tenemos que creernos la ficción de que estamos ante dos proyectos diferentes? Más que contrarios, Arauz y Lasso son complementarios, las dos caras de una misma moneda: injusticia social y degradación política

El debate presidencial del domingo 21 de marzo, en lugar de aclarar las cosas profundizó el escepticismo y la desconfianza. No fue un debate, mucho menos una exposición fundamentada de planes de gobierno. Parece que los organizadores se esmeraron en buscar un formato que redujera al mínimo la reflexión y elevara al máximo la demagogia. Fue un intercambio tóxico de agresiones del que no vale la pena ocuparse más, sino para confirmar lo que ya sabíamos: gane quien gane, vamos a perder.

Entonces cobra sentido el voto nulo como último pero legítimo acto de resistencia. Una expresión de la desobediencia civil para recordarle al próximo detentador del poder su escasa legitimidad. Hay que restarle al menos parte de su capital mal habido. Un poder sin legitimidad está obligado a ceder, a negociar, a refrenar su proyecto de dominación. Anular el voto en este contexto no significa eludir la responsabilidad de tomar partido como pretenden hacernos creer los seguidores de lado y lado. El voto nulo es, en última instancia, la expresión manifiesta de una ética del no: no acepto, no quiero, no me resigno...

Frente a la disyuntiva perversa de escoger el nombre del opresor, la negación también adquiere un sentido liberador. Los movimientos feministas llevan años enseñándonos esa ética de la resistencia: “no es no”. Podemos trasladar esa premisa emancipadora de las mujeres al plano de la política electoral y decir “no es no” a dos candidatos que representan las vertientes más retardatarias de la política ecuatoriana: el progresismo autoritario de Arauz y el neoliberalismo económico de Lasso.

Pedir a los votantes que no tachen la papeleta es como pedir a las mujeres violentadas que no rayen las paredes, que no pinten las estatuas, que no rompan las vallas. Ellas rayan, pintan y rompen no la insensible materialidad de las cosas, sino la persistencia de un sistema injusto. Una equis por todo lo ancho también es una manera de pintarles la cara tanto a las instituciones formales del sufragio como a las mafias electorales con quienes actúan en connivencia. ¿Acaso entre ambas no nos han pintado ya la cara a nosotros?

En estas condiciones, el voto nulo consciente es otra forma de disidencia. Es la herejía de nuestro tiempo en que los sacerdotes de la corrección política proclaman la necesidad de alinearse. Así como la prédica del creyente supone que fuera de la religión no hay humanidad, la prédica del militante supone que fuera del partido no hay política. Herejes y disidentes han demostrado a lo largo de la historia un mayor sentido de lo humano y de lo político que aquellos que se proclaman sus máximos guardianes.

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