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4 de Enero del 2021
Ideas
Lectura: 5 minutos
4 de Enero del 2021
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Elecciones y un país sin futuro?
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El uno de enero es eminentemente mágico pues trae consigo la idea y también una reforzada esperanza de que nuestra vida podría ser mejor. De que el gobierno central dejará de ser tan ineficiente. De que la Asamblea abandonará su crónica corrupción. De que los fiscales acusarán a todos los criminales, a los corruptos profesionales que habitan en todos los estamentos del Estado.

La situación social y política del país es azas compleja como para poder desear que este nuevo año sea mejor que el que acabamos de vivir. La pobreza es cada vez más crónica e invasiva, el coronavirus y la corrupción no desaparecen por arte de magia. Al revés de toda lógica y de toda esperanza, estos males se afianzan más en nuestra cotidianidad, ofreciéndonos un futuro gris. 

El uno de enero es eminentemente mágico pues trae consigo la idea y también una reforzada esperanza de que nuestra vida podría ser mejor. De que el gobierno central dejará de ser tan ineficiente. De que la Asamblea abandonará su crónica corrupción. De que los fiscales acusarán a todos los criminales, a los corruptos profesionales que habitan en todos los estamentos del Estado y a los que roban los dineros públicos haciendo alarde del más grosero de todos los cinismos. 

De que los jueces finalmente abrirán bien los ojos para sentenciar con honradez a los delincuentes, sobre todo, a aquellos que habitan los ministerios, las cortes de justicia, las fiscalías, los municipios, las gobernaciones, los ministerios, el palacio de gobierno. 

Que la justicia deje de ser tan deshonesta como ha sido el último año. Es decir, que no deje libres a los grandes criminales, a los confesos estafadores, a los delincuentes de cuello y corbata atrapados con las manos en la masa y a los que, sin embargo, a la vuelta de la esquina se los ve sonrientemente libres. Esta justicia es también responsable de los mayores males del país.

¿Sentenciarán oportuna y adecuadamente a todos los corruptos y a quienes se han llevado en andas el país en la década pasada y en la presente? 

¿Será que la Asamblea Nacional se dedicará a trabajar como manda la ley, como lo ofrecieron en sus respectivas campañas? ¿Y que no seguirán vendiendo su tiempo y sus conciencias por un plato de lentejas al mejor postor? 

El peor mal de todos los tiempos es aquel en el que desaparecen las esperanzas de tanto ser engañadas y ofendidas. Cuando ellas se van, su lugar es ocupado por la mediocridad y el crimen. Esto es lo que nos acontece.

¿Será que la Asamblea Nacional se dedicará a trabajar como manda la ley, como lo ofrecieron en sus respectivas campañas? ¿Y que no seguirán vendiendo su tiempo y sus conciencias por un plato de lentejas al mejor postor?

El uno de enero se viste de gala y no cesa de ofrecer un mundo mejor en el que todo será viable y eficaz. La esperanza se convierte entonces en la gran virtud fortalecida. Por desgracia, justo entonces la realidad hace que los deseos se conviertan en seres míticos e imposibles. 

Pero al día siguiente, todo aparece no solamente igual sino quizás más duro, más difícil e incluso más lúgubre que antes. La realidad se impone con su peso innegable y con su proceso de dolor y hasta de terror y muestre. 

Como cuando se piensa en el período electoral que ya comenzó y que no significará otra cosa que un tiempo para lo perverso en el que las éticas elementales se van de vacaciones. Desde ahí, se promete, sin titubear, la redención del país. Entonces triunfará quien más y mejor mienta. Quien mejor sepa comprar el voto de débiles e ingenuos.

Por ende, ya no hay salida posible. Porque la ética, que es el sostén de todo accionar personal y social, ha sido borrada. En su lugar, aparece la ética de la corrupción política que consiste en ofrecer el oro y el moro a los electores del país de los ingenuos. 

Quien crea en mí, me siga y me de su voto vivirá un nuevo paraíso en el que brotarán ríos de leche y miel y en el que habrá trabajo y justicia para todos. Entonces, el hambre y el desempleo pasarán a la historia.

Finalmente, triunfará quien más engañe. Quien mejores y solemnes mentiras se invente para embaucar a los ingenuos. Además, a sabiendas de que el subdesarrollo es el efecto de las mentiras políticas de todos los tiempos. 

Los políticos honestos (¿acaso existen?), si desean lograr votos deberían encargarse, primero, de desenmascarar a los inmorales. Tarea sumamente difícil en un país en el que el engaño constituye la primera virtud del quehacer político. 

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