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1 de Febrero del 2017
Ideas
Lectura: 11 minutos
1 de Febrero del 2017
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Elogio de mi país
Yo amo mi país porque se lo merece. También lo odio, porque se lo merece. Pero sobre todo no permitiré que ningún iluminado descalificado, quiera ofender su pasado —ni su presente— de dignidad y de actos tan heroicos que da escalofrío recordarlos. No tienen autoridad moral y no tienen derecho para agraviar el país que, mal o bien, levantaron nuestros antepasados con enormes sacrificios y sin agachar la frente. Incluidos sus antepasados, revolucionarios de a mentiras.

Leo una carta abierta del secretario nacional de Ciencia y Tecnología, René Ramírez, a los jóvenes ecuatorianos. Palabras más menos les habla de los logros de la reforma universitaria en la cual él ha sido el principal gestor y propagandista. Sus argumentos se sustentan en algunas cifras y creo que es legítimo que él defienda su trabajo, a pesar de que las evidencias hablan de más de 400 mil jóvenes desplazados de la educación superior en este periodo. Algo está fallando en el sistema que defiende Ramírez, como para tener tal contingente de jóvenes en edad de estudiar y de producir y que no están ni en lo uno ni en lo otro.  Sin embargo, el tema es motivo de debate entre quienes critican al sistema implantado y quienes lo defienden.

A lo que me quiero referir, dentro de la misma carta, es al argumento repetitivo —por lo comparativo— de Ramírez frente a lo que la universidad ecuatoriana era antes del 2007 y ahora. Lo califico de repetitivo porque este argumento no es solo de Ramírez sino que se ha convertido en el karma de los jerarcas de la auto llamada revolución ciudadana: antes de ellos, este país no existía, era tan paupérrimo que no sabemos cómo pudo llegar al 2007 sin desaparecer. Ergo, la universidad que evoca Ramírez antes de su gestión era lo peor del mundo. Y yo le pregunto, y pregunto a los denigradores del país de antes del 2007: ¿dónde estudiaron ustedes, que resultaron tan brillantes? ¿Dónde estudiaron sus padres y madres? ¿Cómo fue que este país del que tanto reniegan pudo llegar a ser grande como dicen que es? Me dirán: en la década ganada. Y yo responderé: un país no se transforma en una década, es obra de generaciones. Son generaciones, son décadas las que lleva a una sociedad a un estado de perfeccionamiento tal que le impida un retroceso. 

El de Ramírez y sus colegas es el peor y más mezquino de los argumentos. Denostar de un país, de su pasado —con el afán de querer hacer brillar el dudoso presente— es irrespetar su memoria; es irrespetar a todos los que vivieron y murieron por él. Es ofender el esfuerzo, sacrificio de nuestros padres y abuelos y bisabuelos, que fundaron un amasijo de pequeñas repúblicas comarcales y le dieron un sentido de nación. Es más, nos dieron varias naciones cuya diversidad es un motivo de orgullo. Un país que no solo ha sobrevivido —contra todo pronóstico— sino que puede incluso pensar en un destino. 

En cuanto al tema concreto de la universidad, Ramírez habla de que antes de la fundación de este paraíso universitario —donde, repito, más de 400 mil jóvenes, sobre todo pobres, no pueden entrar— la cosa era terrible. Había que hacer colas interminables en las universidades públicas, madrugar por un cupo o en su defecto ir a las universidades de garaje que pululaban en cada esquina y es la responsable de haber regalado títulos y otras maravillas. 

Bien, yo como muchos miles de mi generación nos formamos en esas universidades públicas. No ingresé haciendo cola en la Universidad Central, en la Escuela de Periodismo ni entré por ser pana del rector. Es más, no conocía al rector. En la década de los años 80, la Central era un hervidero político. Chinos versus cabezones y por ahí hacían calor los socialistas, miristas y cristianos revolucionarios. También estaban los de Alfaro Vive infiltrando asociaciones escuelas para reclutar a jóvenes a la lucha armada urbana. Cuando fue el momento de salir a la calle en contra del gobierno de León Febres Cordero y sus escuadrones volantes no lo dudamos ni un instante. Con banderas, piedras, y en caso extremo con voladores, molotovs y miguelitos. Esas generaciones universitarias —de las peores según Ramírez—defendimos con los dientes, a costa de golpes y algunas torturas, la democracia y los derechos humanos. ¿Dónde estaban René Ramírez y compañía? No lo sabemos.

En lo académico no esperábamos mucho de nuestros maestros, pero nos daba igual porque estábamos ahí para aprender. Hubo maestros mediocres y otros excepcionales, como todo en la vida. Pero entendíamos que la universidad no nos iba a dar todo lo que necesitáramos para nuestro oficio. Así que muchos ya empezamos a trabajar en los medios privados (también en los alternativos y populares. Créanlo revolucionarios de a luca: cuando el país estaba en la época de las cavernas —antes de que llegara vuestra epifanía— había una vigorosa prensa sindical y popular) y  aportábamos con nuestros escasos conocimientos que nos daba esa universidad —de a perro, como dicen los revolucionarios— para apoyar las luchas de los movimientos sociales e indígenas. Y, claro, tuvimos una generación de maestros que nos enseñaron a leer y a escribir, y con los cuales nos enredábamos en debates ideológicos y políticos interminables (sí, eso se podía hacer la Universidad Central antes de la Iluminación de la RC) sin que el resultado fuera la expulsión, el juicio penal o el escarnio por cadena nacional. Aprendimos poco o mucho del periodismo y la comunicación social. Pero, sobre todo, aprendimos una moral y una ética políticas, aprendimos a luchar por nuestros ideales, a conocer la historia, a debatir el presente, a empujar el futuro. 

De esas aulas, como de las aulas de muchas facultades y universidades públicas, salieron profesionales dignos, valientes y capaces que forjaron este país con honestidad y mucho sacrificio. De esas aulas salieron nuestras banderas que muchos no arriaríamos nunca y que otros escondieron por vergüenza. 

Este país, antes del 2007, fracasó y se cayó muchas veces. Y se levantó más veces aún. Sus élites fueron los que traicionaron al pueblo ecuatoriano, confundieron el servicio público con el saqueo (eso continua en la "década ganada"), hicieron leyes a su medida, mataron y desaparecieron gente, dieron golpes económicos. Pero no nos arrebataron el país; los más luchamos y siempre lo hicimos flotar y lo vimos renacer en cada elección y en cada gran gesta popular y luego morir en el intento.

Este fue y sigue siendo el país de mis padres y de mis abuelos. Estos eran agricultores, arrendaban tierras para trabajar, uno en Loja y otro en Calacalí. Tuvieron muchos hijos y vivieron dignamente. Nos enseñaron con el ejemplo, no robaron un centavo a nadie, no hicieron daño a nadie. Y nos legaron un país. Este país que revolucionarios de pacotilla pretenden denostar con mezquindad, soberbia e injusticia. 

Yo no estoy orgulloso de los logros de nuestra generación. Debimos (debemos) esforzarnos más, esmerarnos más, amar más a nuestro país. Un país complejo, a veces ingobernable, pero cuyo pueblo dio grandes muestras de generosidad y nobleza, con curas amantes de los pobres, con cantores valientes, con poetas maravillosos, con ingenieros que levantaron las carreteras —por donde la revolución ciudadana puso capas de cemento con sobreprecio— hicieron hidroeléctricas y edificios; con pueblos indígenas que nos redimieron de nuestra humana miseria mestiza. Un país con militares ilustrados que perdieron y ganaron batallas, pero que murieron con nuestra bandera entre los dientes. O perdieron ojos y piernas, y familias. Un país de migrantes que prefirieron arriesgar la vida por las aguas del Pacífico y huir a Europa tras el atraco bancario antes que quedarse a robar. Migrantes que levantaron al Ecuador, que salvaron al Ecuador de su peor momento con las remesas fruto de largas jornadas de trabajo, pero sobre todo fruto del dolor del exilio y la ausencia. Un país de Guayasamines, de Kingmans, de Carriones. El país de César Dávila Andrade, de Jorge Carrera Andrade, de Pablo Palacio. ¿En cuáles universidades de cuarta categoría se habrán formado ellos? 

(No defenderé un pasado de oprobio en el cual las élites trataron a nuestra heredad como su hacienda particular. Me temo que ese pasado de infamia es un presente igual donde sus nuevas élites, de otro cuño, una élite burocrática y amoral y sinvergüenza, sigue tratando al Ecuador como su hacienda. Solo han cambiado el discurso). 

Este país nos pertenece. No tiene dueños. No debe tener dueños. Este país tiene un destino, el que podamos construir juntos. Y ese destino será habitado por nuestros hijos y nuestros nietos. Y espero que podamos heredarles un presente de dignidad, de respeto, de valores humanistas. Independiente de quien gane las elecciones, el destino del país que merecemos no depende de los políticos sino de todos sus hijos. 

Yo amo mi país porque se lo merece. También lo odio, porque se lo merece. Pero sobre todo no permitiré que ningún iluminado descalificado quiera ofender su pasado —y su presente— de dignidad y de actos tan heroicos que da escalofrío recordarlos. No tienen autoridad moral y no tienen derecho para agraviar el país que, mal o bien, levantaron nuestros antepasados con enormes sacrificios y sin agachar la frente. Incluidos sus antepasados, revolucionarios de a mentiras. 

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