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30 de Enero del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
30 de Enero del 2019
Gustavo Isch

Consultor político, experto en campañas electorales. 

Encuestas, elecciones y voto obligatorio
En estas semanas me han llegado algunas encuestas serias, pero la gran mayoría han despertado mis dudas por su origen, y no han faltado otras verdaderamente desquiciadas. No ha faltado la famosa encuesta de "la embajada", a cuyos números todo candidato, funcionario, o consultor se rinden en nuestra ínsula. Muy probablemente esa copia era falsa también.

Sorprende la falta de ética y de profesionalismo con que últimamente se elaboran encuestas, y la audacia para publicarlas. Es un problema que es cada vez más recurrente en varios países.

Que circulen en redes sociales -espacio ya habituado para transportar basura de toda índole- es una cosa; pero que se difundan en medios de comunicación tradicionales (periódicos y TV, sobre todo ) por ingenuidad periodística, por afan de acaparar lectores o sintonía, es más serio.

Sin embargo, sería más preocupante todavía, que ciertos medios pudieran estar prestándose a ese fraude a la fe pública, debido a la capacidad de presión que ciertos grupos económicos pudiesen  ejercer a través de la pauta publicitaria que anualmente negocian como anunciantes. Por cierto, esta capacidad también pueden ejercerla los gobiernos, exactamente bajo la misma lógica. 

En los lugares donde esto ocurre, el derecho a elegir debidamente informado es vulnerado.

Un ejemplo:

Una encuesta sobre intención de voto para un alto cargo, presenta una papeleta simulada a los encuestados. En esa papeleta se encuentran (obviamente ubicados por la encuestadora), los nombres de candidatos  reales y de otros aspirantes que ya hace rato dejaron de serlo. Igualmente, suelen incluirse nombres de candidatos que no tienen la más remota posibilidad de ganar más allá de su entorno familiar.

¿Resultados? Comentemos solo uno:

Un porcentaje de encuestados, puestos ante el ejercicio de voto simulado, es empujado a elegir entre todos los nombres de esa papeleta. Si el entrevistado se hallaba antes de la encuesta en los campos, de "indeciso", "o no sabe", muy probablemente se inclinará por alguno de los nombres y rostros más opcionados, o de mayor recordación - respectivamente- que mire en la papeleta.

Esa es una antigua mala maña de investigadores y políticos pícaros, para "halar votos" en el papel y favorecer la imagen de candidatos que otro modo no habrían conseguido esas cifras. Así inflan arficiosamente la intención de voto real sobre un candidato, y disminuyen la de otros.

El siguiente paso es publicar la encuesta. Muchos olvidan o ignoran, que un sondeo de opinión cuando es real, sólo es una radiografía del momento. La realidad cambia esos datos a la vuelta de la esquina. Sin embargo, al publicar la data estadística, se genera automáticamente una matriz de opinión, pues ustedes y nosotros, así como la prensa en general, somos muy proclives a caer en el juego, a opinar, a jugar en nuestro círculo con la jerarquía de manejar una información que los demás no tienen, y dar por sentado que la nuestra es la verdadera. Así  ayudamos a crear y mantener esa burbuja engañosa que se instala y revolotea en la esfera pública.

Pero las burbujas tarde o temprano revientan. El peor riesgo de esta estafa política, es que en algunas coyunturas ayuda a sembrar la duda del fraude, en favor precisamente del candidato que promovió la estafa a la fe pública; a veces ladinamente con mucha anterioridad, como estrategia para, aún perdiendo la elección, mantener capacidad de negociación en un entorno propicio, como lo es el de un país polarizado y de baja gobernabilidad.

Hace años, que el tema del fraude electoral es uno de los convidados frecuentes a la mesa de la opinión pública. Siempre hay un perdedor que no acepta los resultados de los comicios y nunca falta el  grupo predispuesto al morbo que sazona todo conflicto político engordado desde los noticieros, las redes sociales, y desde el recuerdo de "aquellas encuestas"; la misma masa mal informada e influenciable que justamente por ello, sin reflexionar se suma al "yo creo".

En estas semanas me han llegado algunas encuestas serias, pero la gran mayoría han despertado mis dudas por su origen, y no han faltado otras verdaderamente desquiciadas. No ha faltado la famosa encuesta de "la embajada", a cuyos números todo candidato, funcionario, o consultor se rinden en nuestra ínsula. Muy probablemente esa copia era falsa también.

Es hora de ponerles un alto a quienes promueven tal estratagema, y de ayudar a que otros no sean atrapados en esa perniciosa red.

Mientras el sistema electoral ecuatoriano sea tan defectuoso, habrá impunidad para estos vendedores de humo, los cuales además, son parte aventajada del círculo vicioso que al día de hoy, nos obliga a todos los contribuyentes a pagar con nuestros impuestos las casi 80 mil candidaturas inscritas en el proceso que está por arrancar.

Debe ser un gran negocio ser candidato en las actuales circunstancias en el Ecuador; o de otro modo habrá que presumir que la colosal fragmentación política de este país de cara a las elecciones de marzo de este año, obedece al civismo reprimido en la década pasada.

Me pregunto, como muchos, qué pasaría si las elecciones no fueran obligatorias en Ecuador, y si no tuviéramos que financiar las candidaturas nosotros, los electores, con nuestros impuestos, sino que fuesen los partidos políticos, los movimientos y los candidatos quienes tuviesen que costear su "desinteresada vocación de servicio".

Un amigo con el que conversé sobre esto hace poco, abrigaba, en voz baja, la esperanza de que en ese escenario, sería más probable que el 30-35% de ecuatorianos que acudiriamos a votar, podríamos cometer menos errores, al bajar la tasa de natalidad de los aspirantes a representarnos.

Es un debate interesante y oportuno. Menos candidatos nacidos por violación del sistema corrupto y corruptor; menos ciudadanos obligados a mantener al hijo político no deseado. Menos diezmos, menos escándalos y más tiempo para dedicarnos a trabajar y a exigirles cuentas a nuestros mandatarios, de manera responsable, democrática, racional y razonada.

Quien sabe si esa vuelta de tuerca sería mejor para todos. Total, a diferencia de las burbujas, la esperanza es lo último que muchos pierden, y otros lo único que tienen, sobre todo en época electoral...

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