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8 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 6 minutos
8 de Octubre del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Entre dos barbarismos
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La izquierda, por su parte, no ha salido a debatir las medidas, y ha dejado que las corrientes neoliberales copen el espacio público con argumentos y propuestas de un marcado sesgo tecnocrático. La izquierda adolece de un exceso de ideologismo que lo coloca en el andarivel opuesto al normativismo tecnocrático, pero igualmente normativo.

La crisis que está viviendo el país exige una reflexión que vaya más allá de la coyuntura. Recientemente se cumplieron cuarenta años de democracia, y no se puede decir que ésta se ha afianzado. Los gobiernos que se turnaron en el ejercicio del poder, pertenecientes a distintas banderías políticas, se ocuparon de la administración de la crisis heredada de los gobiernos militares. La deuda externa fue el flagelo que limitó la gobernabilidad de los gobiernos.

Tres presidentes fueron derrocados cuando intentaron afrontar la crisis y algunos corrieron el riesgo de caerse. Los movimientos sociales les hicieron el juego a los golpistas, sin que ello les reportara beneficio alguno. El ascenso de Rafael Correa al poder se encaramó en la protesta contra la “larga noche neoliberal” y la llamada “partidocracia”. Tal gobierno destrozó la economía y desvertebró la institucionalidad democrática, en nombre de una supuesta “revolución ciudadana”.

Los movimientos sociales fueron reprimidos por  el Gobierno de Correa, igual que los medios de comunicación. Fue un gobierno que debilitó a las Fuerzas Armadas. Retóricamente anti oligárquico no produjo ninguna reforma estructural y dio pie para un enriquecimiento de los grandes grupos de poder. Atacó a la autonomía universitaria y debilitó su función crítica.

El Gobierno de Lenin Moreno no se prestó al juego correista y marcó distancia con este movimiento. Dio importantes pasos a favor de la reinstitucionalización del país y del combate a la corrupción institucionalizada en diez años de correismo. Mostró decisión y entereza para tomar duras medidas económicas, echando abajo los subsidios a los combustibles. Las reacciones que estas medidas provocaron: la paralización del transporte y la movilización indígena han producido un entrampamiento de la convivencia social y política. Se advierte una crisis de liderazgo a todo nivel.

Los partidos políticos y sus dirigentes no han sido capaces de  ponerse a la altura de las circunstancias. Sus mezquinos cálculos político-electorales han prevalecido sobre los intereses del conjunto de ciudadanos. No es que las medidas económicas dictadas por el gobierno no puedan ser discutidas. Pero es evidente que los presuntos candidatos a la presidencia no quieren ser tachados de neoliberales, aunque, en el fondo, lo sean. Pedían a gritos que Moreno tomara las decisiones que tomó para que sus eventuales gobiernos no cargaran con ese fardo, pero hoy que fungen de oposición pretenden sacar provecho del descontento social provocado por tales medidas. Eso no es jugar limpio ni arrimar el hombro para un cambio en el estilo de hacer política.

La izquierda, por su parte, no ha salido a debatir las medidas, y ha dejado que las corrientes neoliberales copen el espacio público con argumentos y propuestas de un marcado sesgo tecnocrático. La izquierda adolece de un exceso de ideologismo que lo coloca en el andarivel opuesto al normativismo tecnocrático, pero igualmente normativo.

La izquierda, por su parte, no ha salido a debatir las medidas, y ha dejado que las corrientes neoliberales copen el espacio público con argumentos y propuestas de un marcado sesgo tecnocrático. La izquierda adolece de un exceso de ideologismo que lo coloca en el andarivel opuesto al normativismo tecnocrático, pero igualmente normativo. No es suficiente oponerse al neoliberalismo, si no se plantean alternativas que guarden consonancia con la realidad.

El correismo no podrá ser superado si no nos desembarazamos de ambos normativismos. El barbarismo populista de Correa no puede ser enfrentado ni derrotado por el barbarismo tecnocrático de  los economistas ortodoxos. Las medidas económicas de Moreno, si bien necesarias, adolecieron de un cálculo estratégico de viabilidad. Era necesario prever los impactos y posibles reacciones de los sectores afectados por tales medidas, y adoptar oportunamente medidas que contrarrestaran esos impactos.

Los desmanes de grupos parapetados detrás del movimiento indígena y los llamados irresponsables a una huelga nacional indefinida de una dirigencia sindical, anquilosada en concepciones y estrategias “agitativas” seudo revolucionarias, también pecan de ilusorias y de un atavismo ideológico que raya en la insensatez. Nadie entiende cómo indígenas y sindicalistas se presten para hacerle el juego a las estrategias desestabilizadoras del correismo. Mientras los voceros de éste pregonan la necesidad de ir a elecciones anticipadas, de echar abajo al “traidor”, los movimientos sociales, supuestamente contestatarios, se solapan y se dejan arrastrar por los corifeos del correismo, en nombre de una protesta social reactiva e inmovilista.

Entender la lógica de los barbarismos es fundamental para rescatar el valor de la política asentada en la estrategia y en la táctica. Ni la visión economicista que ignora la realidad social en su integralidad, ni la visión que sustenta la política en el ideologismo, pueden dar solidez a la acción responsable de Gobierno. La situación de Argentina y de Venezuela muestran los resultados de los dos barbarismos. 

Las universidades están ausentes de este debate que no es estrictamente académico. La desconexión entre la academia y el hacer político fortalece el imperio de los barbarismos. O la ideología o las ciencias, parece ser la disyuntiva, pero en los dos casos, está ausente una visión de conjunto, que concilie la objetividad científica con la creatividad en la exploración de nuevos caminos para alcanzar las metas de alto valor humano, como la democracia y la justicia social.

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