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23 de Junio del 2022
Ideas
Lectura: 8 minutos
23 de Junio del 2022
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Entre el arcaísmo y la modernidad
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Convertir a lo ancestral en una cultura superior a la del colonizador, dice Franz Fanon, es una expresión de las contradicciones del intelectual colonizado. Éste valora la civilización anterior a la dominación colonial, pero a la vez se nutre de la cultura dominante.

Sin duda, la integración de las comunidades indígenas a la sociedad nacional, ha sido objeto de debates acalorados. Los liberales quisieron integrarlos a través de la educación, pero de una educación predominantemente blanco-mestiza. Los marxistas desde una perspectiva económica, creían que esa integración sería posible catalogando a los indígenas como campesinado pobre. Estas corrientes creían poco probable que las culturas indígenas pudieran acoplarse al mundo moderno. Los pueblos indígenas no aceptaron los argumentos de unos y otros.

El emergente liderazgo indígena busca la estrategia adecuada y al mismo tiempo requiere legitimar su representatividad, esencial para fincar al movimiento indígena entre las fuerzas políticas que se disputan el escenario nacional, sostiene Rodolfo Stavenhagen, erudito investigador mexicano de la problemática étnica, autor de más de 16 libros, y con reconocimientos internacionales por su trayectoria.

En el Ecuador, este proceso cobró fuerza con el retorno a la democracia en 1979. Los pueblos indígenas ganaron derechos y espacio político. A lo largo de este período que va de 1979 en adelante, se constituyó una élite de intelectuales indígenas, de donde salieron ministros, gobernadores, alcaldes, prefectos, asambleístas.

Dice Stavenghagen: “las movilizaciones de los pueblos indígenas y las reformas constitucionales y legislativas expresan cambios profundos en la relación entre esos pueblos y los estados nacionales”

No es, pues, posible, subestimar los avances en la constitución de ese liderazgo indígena alcanzados en el período democrático. La historia no comienza en octubre del 2019. Se remonta a la Revolución Liberal, con la abolición del concertaje de indios, a la Gloriosa de 1944 con la Constitución de 1945, a los levantamientos históricos, en especial el de 1990, en el gobierno de Rodrigo Borja, en el que se reconoció jurídicamente a la CONAIE, se adjudicaron tierras, se estableció la educación bilingüe. Todo esto ha sido posible gracias a la democracia. A esa democracia que le desheredó a la oligarquía del poder, o que al menos redujo su predominio, gracias al sufragio universal. 

Los derechos de los pueblos indígenas reconocidos en las Constituciones de 1998 y 2008, se dan en el marco de profundas desigualdades socioeconómicas. Éstas responden a causas estructurales, no a la democracia. Son herencia colonial. Los ciudadanos somos iguales ante la ley. Tampoco se deben desconocer los cambios en la propia población indígena, pues dentro de ella también se han producido cambios en los más distintos ámbitos de la existencia social. Parte de ella vive en las grandes ciudades y en otras de menor tamaño.  No cabe, entonces, suponer que la cultura indígena se mantiene inmutable desde tiempos ancestrales.

Convertir a lo ancestral en una cultura superior a la del colonizador, dice Franz Fanon, es una expresión de las contradicciones del intelectual colonizado. Éste valora la civilización anterior a la dominación colonial, pero a la vez se nutre de la cultura dominante.

“Valora el pasado del pueblo colonizado, pero no su presente. El pasado exhibe orgullo, dignidad, gloria. Esto contrasta con el estado de barbarie, derivado de la colonización”

Enaltecer la barbarie del vandalismo presente que se desplegó en las movilizaciones de junio, desentona con el orgullo, dignidad y gloria de sus ancestros incaicos.    

El potencial de violencia y polarización con tintes étnicos y raciales desatados en octubre del 2019 y en los actos vandálicos de junio del 2022, le acarrea mayores perjuicios que ganancias al movimiento indígena.

Es necesario que se canalice adecuadamente la emergencia política de los pueblos indígenas. Sería un tremendo error que se imponga el etnonacionalismo excluyente, una especie de racismo al revés, como lo califica Stavenghagen. Una postura etnicista radical pone en peligro la unidad del estado nacional y la convivencia pacífica.

El potencial de violencia y polarización con tintes étnicos y raciales desatados en octubre del 2019 y en los actos vandálicos de junio del 2022, le acarrea mayores perjuicios que ganancias al movimiento indígena. Éste debe dar muestras de talento político y propiciar soluciones negociadas e institucionales en el marco del respeto a los derechos humanos de unos y otros para evitar eclosiones catastróficas.

Ello supone pensar al país en su conjunto. No solo la Sierra y la Amazonía. También el Litoral, de donde surgieron movimientos de hondo sentido social, como el 15 de noviembre de 1922, brutalmente reprimido. También está presente la marginalidad urbana. Hay una pluralidad de fuerzas, cuya articulación política no se da en el vacío.

“Es un error pensar-dice Laclau-que la tradición democrática con su defensa de la soberanía del “pueblo”, excluye como cuestión de principio las demandas liberales”.

Bajo las dictaduras del Cono sur, en los setenta y ochenta, la defensa de los derechos humanos y de las libertades civiles se convirtieron en las demandas populares más apremiantes. El movimiento indígena debe interiorizarse en el debate sobre el populismo y su relación con la democracia. Según Claude Lefort el populismo está asociado al totalitarismo. Laclau y Chantal Mouffe, creen posible un populismo democrático. Como sujeto popular, el movimiento indígena no debe dar por descontada su hegemonía entre los demás sujetos capaces de representar al pueblo.   

El movimiento indígena le debe al Ecuador y a la democracia muchos de sus derechos. Así como nosotros estamos en deuda con los pueblos indígenas desde la colonia. El Estado republicano no le ha reprimido, ha reconocido sus reivindicaciones. No cabe que su fuerza sea tumultuosa.  Hay que desterrar la violencia simbólica con la que se quiere amedrentar a la población no indígena.

Ésta también, como señala Stavenghagen, tuvo que salir de la colonia y luchar por la independencia. De ahí el 24 de mayo de 1822. Hoy en día son los pueblos indígenas los que luchan por salir de la colonia. Unos y otros debemos unirnos para forjar un país plenamente independiente, soberano y cohesionado

La confrontación étnica se opone a la existencia de dos o más mundos dentro del Ecuador. Hay que forjar y construir un verdadero proyecto multinacional y pluricultural que concilie la modernidad con lo ancestral. El legado de José Carlos Mariátegui no se circunscribe a la reivindicación de la visión comunitaria de los pueblos indígenas. También era de la creencia de que no hay salvación para Indo-América sin el pensamiento europeo u occidental. Alabó a Sarmiento por esa convicción quien “no encontró mejor modo de ser argentino” que abriendo  su país a la migración europea.         

El maniqueísmo cultural, así como el ideológico, impiden la convergencia de las más distintas fuerzas en la construcción del pueblo y de una democracia que se inscriba en el marco simbólico liberal y en el  marco simbólico igualitario.

[PANAL DE IDEAS]

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