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3 de Agosto del 2016
Ideas
Lectura: 12 minutos
3 de Agosto del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Entre el miedo y las pandillas
Los gobiernos revolucionarios que han asolado varios de nuestros países durante estos últimos años parecen conocer muy bien estos mecanismos y por ello no han dudado en utilizarlos: en la práctica abolieron el Estado de Derecho y crearon las condiciones y los instrumentos “legales” para que todo el poder del Estado se halle sometido a la voluntad y capricho de un solo hombre mientras los ciudadanos sufren una profunda indefensión y la extinción de sus derechos.

“Antes me preguntaste…¿hasta cuándo un hombre seguía siendo un hombre? Te lo diré: hasta cuando le metes la pata de una silla en el culo o una lezna en el escroto. Entonces deja de ser un hombre…ja, ja, ja… De inmediato, no hay más. ¡Se convierte en una mierda! Ja, ja, ja…” Esto lo dice un ex agente de la seguridad del estado soviético cuyo testimonio consta en el El fin del Homo sovieticus  de la Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Aleksiévich.

A lo largo de los veintitrés capítulos que conforman el libro (que son a la vez veintitrés testimonios de personas que vivieron lo que un día fue la Unión Soviética) se da cuenta de la profunda degradación a la que fue conducida esa sociedad durante los algo más de 70 años de gobierno socialista. De la pobreza, los gulags, la pérdida de libertades; de los abusos de poder, el culto a la personalidad, la fe en el idílico porvenir, de los grandes sueños y las grandes mentiras; de la desconfianza entre las personas, la despolitización y la pasividad de la sociedad frente al crimen; de los amigos que se convierten en verdugos, en colaboracionistas o en delatores; del silencio de la sociedad, de la tristeza y soledad de los individuos. De todo ello hablan los testimonios que lo conforman; y, detrás de cada relato, como una constante, el miedo, esa expresión del instinto de sobrevivencia que toda tiranía utiliza y manipula para degradar a los individuos y consolidar su poder. “Aquí todo el mundo tiene que tener miedo, porque sin miedo este país se puede derrumbar sin remedio en cualquier instante…” dice el mismo sujeto.

Pese a la rusticidad de las declaraciones de este miembro de la cheka, en ellas reside una verdad profunda: el miedo destruye nuestra condición de seres humanos, paraliza y acobarda; y, muchas veces, envilece de tal forma que muchos optan por ser sus agentes antes que arriesgarse a ser sus víctimas. El dolor inimaginable de la tortura, la posibilidad de ir a parar en una mazmorra o a que nuestras vidas o la de nuestras familias sean taladas por los criminales, quebrantan la voluntad y la dignidad de los seres humanos.

A lo largo de la historia han sido las pestes, las tiranías y las bandas delincuenciales las que generaron esos grandes miedos sociales. Y lo fueron porque frente a ellas se experimenta una sensación de indefensión absoluta; porque son fuerzas que pueden dañarnos y que están fuera de nuestro control; enfrentados a ellas es poco lo que podemos hacer, y sentimos que la vida y el futuro ya no dependen de nuestra voluntad o de lo que hagamos, sino de aquellos poderes que nos gobiernan y de los cuales dependemos.

Esa sensación de indefensión y miedo, se produce de manera irremediable cuando los seres humanos son despojados de sus derechos, y sus libertades y garantías son coartadas. Hitler y Stalin lo sabían muy bien, y por ello utilizaron los campos de concentración y las prisiones como modelos experimentales en donde se llevó a límites monstruosos el aniquilamiento de los derechos de las personas. Las lecciones que de allí se obtuvieron fueron grandes: en cualquier sociedad en donde las normas, las leyes y la ética han sido abolidas, los hombres quedan liberados de cualquier atadura “jurídico-moral” y prevalece entonces la ley del más fuerte y del menos escrupuloso. En los países totalitarios, conjuntamente con el poder desbordado e ilimitado del tirano, se desbordan también los instintos y las fuerzas más primitivas de los humanos y se produce un regreso a estados pre-sociales en donde solo cuentan la brutalidad y la violencia. Se trata, de procesos de descomposición social en donde los ciudadanos no solo temen caer en manos del poder abusivo e ilimitado de los agentes del Estado, sino también ser víctimas del hampa y la delincuencia, que, como es conocido, muchas veces han sido funcionalizadas y puestas al servicio del poder de la tiranía; (los camisas pardas de los nazis o los grupos motorizados de Maduro son apenas un ejemplo).

Los gobiernos revolucionarios que han asolado varios de nuestros países durante estos últimos años parecen conocer muy bien estos mecanismos y por ello no han dudado en utilizarlos: en la práctica abolieron el Estado de Derecho y crearon las condiciones y los instrumentos “legales” para que todo el poder del Estado se halle sometido a la voluntad y capricho de un solo hombre mientras los ciudadanos sufren una profunda indefensión y la extinción de sus derechos.

En el Ecuador de la Revolución Ciudadana, esa forma de ejercer el poder ha sido sistemática y cotidiana. La lista de los ciudadanos cuyos derechos han sido vulnerados es ya bastante larga y empezó en los primeros meses de gobierno. Activistas sociales, políticos opositores y periodistas independientes han sido acosados y perseguidos por un poder judicial cada día más envilecido; por jueces, fiscales y ministros que llegaron a ocupar esos puestos gracias a su venalidad y sumisión, porque su desprecio a la ley, a la justicia y a la ética fueron la garantía de que cumplirían obsecuentemente las órdenes de quien es jefe de todos los poderes del Estado, tal como él mismo lo declaró en uno de sus poco frecuentes ataques de sinceridad.

El aparato judicial, aquel que en un Estado de Derecho es el espacio con que cuentan los ciudadanos para hacer prevaler sus derechos y garantías, es utilizado en estos días exactamente para lo contrario. Las arremetidas judiciales contra los miembros de la Comisión Anticorrupción, contra Janet Hinostroza, Fernando Villavicencio y Cléver Jiménez; las sentencias contra los indígenas de Saraguro, la deportación ilegal y canallesca de más de un centenar de ciudadanos cubanos; la brutal represión que se produjo aquel día en que un diminuto Viceministro del Interior ordenó embestir con la caballería a cientos de ciudadanos que protestábamos contra las ilegales e inmorales enmiendas constitucionales, son apenas una muestra de lo que ha pasado en los últimos meses y pone en evidencia la voluntad del gobierno de acallar e inmovilizar a la población a través del miedo.

Lo saben perfectamente. El miedo es una de las armas más poderosas en términos de dominación y control social; porque atomiza, paraliza y aparta a los ciudadanos de la política; porque rompe los lazos sociales y la solidaridad. Pero su logro es parcial: el miedo ha permitido confinar al silencio y la inmovilidad a buena parte de la población, pero, paradójicamente, no lo ha conseguido precisamente con aquellos que han sufrido la persecución y el acoso del poder ni con muchos otros que día tras día apelan a sus principios y a su dignidad para vencer el miedo y seguir peleando contra la dictadura.

Según Hannah Arendt, en los regímenes totalitarios impera la ilegalidad pues la ley no es otra cosa que la emanación de la voluntad y los caprichos del tirano. En un principio, este régimen de ilegalidad tiene como objetivo a la oposición política, pero ello es apenas un pretexto: “El propósito de un sistema arbitrario es destruir los derechos civiles de toda la población […] La destrucción de los derechos del hombre, la muerte en el hombre de la persona jurídica, es un prerrequisito para dominarle enteramente.[…]El aislamiento y la impotencia , es decir, la incapacidad fundamental para actuar, son siempre característicos de las tiranías. Los contactos políticos entre los hombres quedan cortados en el gobierno tiránico y frustradas las capacidades humanas para la acción y el ejercicio del poder.[….] Los gobiernos totalitarios, como todas las tiranías, no podrían ciertamente existir sin destruir el terreno público de la vida, es decir, sin destruir, aislando a los hombres, sus capacidades políticas.”

Muchas de las víctimas del acoso y la persecución han sido seleccionadas con total arbitrariedad pues la inocencia del procesado es precisamente la condición para que funcione la cadena de miedo y amedrentamiento. Así, procesando inocentes, el mensaje es más claro: aquí nadie está a salvo, puesto que sin leyes ni instituciones a las que podamos recurrir quedamos expuestos a la voluntad de uno solo y de sus esbirros.

Si bien la arbitrariedad con la que se ejerce el poder ha terminado por atemorizar y silenciar a buena parte de la sociedad, el efecto siempre es mayor en los círculos de funcionarios cercanos al núcleo del poder. Por eso se humillan y someten; por eso tienen esos comportamientos rastreros y viles y cometen las mayores injusticias y bajezas con la mayor impudicia y sin siquiera ruborizarse. Más que idealistas al servicio de un proyecto o cínicos traficantes de prebendas, muchos de ellos no son más que cobardes amedrentados por un poder del cual depende su vida y bienestar. Stalinistas de corazón, deben conocer cuál fue el destino de los más abyectos y sumisos colaboradores del tirano soviético; deben intuir o saber lo que significa “caer en desgracia”, porque frente a un poder arbitrario e ilimitado nadie está seguro y cualquiera puede ser víctima de la próxima purga.

La sistematicidad con que este gobierno ha vulnerado los derechos de tantos ciudadanos ha hecho que muchos le temamos. Y tenemos miedo de la misma forma en que se puede temer a los delincuentes pues también ellos carecen de escrúpulos y de leyes que los contengan. Pero así como no abandonamos nuestras ciudades y calles para que de ellas se apropie la delincuencia; así como no nos refugiamos en la comodidad de nuestros hogares y vidas privadas, tampoco dejaremos que el miedo nos inmovilice. Seguiremos en las calles y hablando alto, seguiremos diciendo NO a sus abusos y sus aberraciones, y, por ese camino, recuperaremos la democracia y el Estado de Derecho puesto que son la única forma que tenemos los humanos para separarnos de la animalidad y la barbarie, es decir del simple sometimiento a la fuerza y la violencia que es consustancial a los gobiernos dictatoriales.

Quien dice NO, no sólo desobedece una orden, se sacude al mismo tiempo de su condición de esclavo, y, en un único y mismo movimiento, acaba con aquel que pretende ser amo.

 

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Entre el miedo y las pandillas
 
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