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19 de Enero del 2017
Ideas
Lectura: 11 minutos
19 de Enero del 2017
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Entre el panóptico y las alcantarillas
Al hacer públicos los correos personales de varios líderes políticos y opositores ha enviado un mensaje clarísimo: nos ha dicho a todos que podemos ser mirados, que nuestra información personal puede ser conocida y observada por ellos en cualquier momento, y expuesta al público si ellos lo consideran necesario. Que nuestra vida privada dejó de ser tal hace mucho tiempo y que ellos pueden exponerla cuando necesiten escarnecernos.

“El primer informe contra mi familia me lo solicitaron a finales de 1978. En el verano del año anterior yo había sido movilizado como teniente de reserva y cumplía treinta y seis meses de servicio militar activo en una trinchera cualquiera de La Habana. Era uno más entre los miles de obreros, estudiantes y profesionales que dimos un paso adelante para ocupar el sitio que la Revolución nos había asignado en la vanguardia de la historia…”. Así comienza el Informe Contra mí mismo, el libro de memorias de Eliseo Alberto, ese gran escritor cubano que habría de salir al exilio allá por 1990, luego de muchos años de colaborar, con entusiasmo y lleno de fe, con la  revolución comandada por los hermanos Castro.  

“La guerra es la guerra. Necesitamos que nos mantengas informado de lo que se habla en tu casa”, le dijeron un día. Para convencerlo de convertirse en informante le mostraron una media docena de expedientes sobre él y su familia. Allí constaban amplias biografías de todos ellos, el registro de las personas con las que se reunían, los temas de los que hablaban, y curiosas  anotaciones que hacían hincapié en sus posibles debilidades revolucionarias debidas  a su origen aristocrático y a su predilección por las mujeres hermosas.  “Su hogar, —decía uno de los informes— estaba repleto de literatura burguesa y era visitado con sospechosa frecuencia por intelectuales existencialistas, entre otros por el poeta José Lezama Lima”. 

Todos esos expedientes estaban “escritos en mi contra y firmados de puño y letra por antiguos condiscípulos del Instituto, vecinos del barrio y algún que otro poeta o trovador, de esos que solían visitar el patio de mi casa para decir o cantar sus versos a mi padre, al calor de la noche habanera, entre copas de ron y coplas de esperanza”.

Y un día, convencido de que la auténtica familia era la revolución y de que un revolucionario es el eslabón más alto del ser humano, también se encontró escribiendo —de forma voluntaria y sintiéndose orgulloso de colaborar con la historia—, informes sobre su familia, sobre sus vecinos y sus amigos. El sistema de delación, de espías, de chivatos e informantes se había generalizado en el primer territorio libre de América y no había actividad, preferencia sexual o “debilidad pequeño burguesa o diversionista” que no constara en algún expediente de la Seguridad del Estado.        

La paranoia de los gobernantes había crecido a lo largo de los años y la vigilancia a sus ciudadanos, especialmente hacia aquellos que habían cuestionado las bondades del régimen o que simplemente no eran sus entusiastas seguidores, terminó por convertir a muchos en sospechosos y a casi  todos  en potenciales informantes. “Unos contra otros, otros sobre unos, muchos cubanos nos vimos entrampados en la red de la desconfianza […] pues el chisme adquirió metodología política y el correveidile, una justificación histórica”.

Cosas parecidas ocurrieron también en la Alemania Nazi, en la URSS, en la España de Franco y en todas aquellas dictaduras, de izquierda o derecha, cuya obsesión por el poder implicaba la violación continua de los derechos humanos y la abolición de la vida privada.  Esas sociedades hicieron realidad la pesadilla totalitaria que predijo George Orwell en su novela 1984 (el Gran Hermano que todo lo ve y todo lo controla), y llevaron a sus últimas consecuencias  aquella sociedad pensada como un panóptico a la que se refirió Michel Foucault.

En Vigilar y castigar, Foucault analiza la evolución de las formas de penalidad a lo largo de la Edad Moderna y muestra cómo ellas se van desplazando desde el suplicio y el castigo hacia la vigilancia suplicio y la disciplina. Ya en el final de su extraordinario texto,  utiliza la metáfora del Panóptico, esa figura arquitectónica que permite mirar al conjunto de los pabellones de un edifico desde una torre central (acuérdense del Penal García Moreno, conocido también como el Panóptico, precisamente por su diseño arquitectónico), para mostrar esta nueva forma de ejercer el poder que tiene como fundamento la vigilancia y la prácticas de visibilización. “Para ejercerse, ese poder debe apropiarse de instrumentos de una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible. Debe ser como una mirada sin rostro que transforma todo el rostro social en un campo de percepción: millares de ojos por doquier, atenciones móviles y siempre alerta, un largo sistema jerarquizado...”, que implica una miríada  de soplones, informantes y delatores organizados bajo una estructura piramidal y centralizada que a su vez organizará un registro de conductas, actitudes, sospechas y comportamientos de los individuos.

Es en el marco de un poder que pone su acento en la vigilancia y el control de los ciudadanos, que debemos entender todos los sistemas de información que ha ido implementando el gobierno actual, para que no haya nada que se le escape, nada que no caiga en su campo de vigilancia.  Allí caben las cámaras de video y los sistemas de seguimiento a los opositores; allí la multiplicación de pesquisas e informantes y su presencia cada vez mayor en las marchas y actividades de los opositores. Y, por supuesto, allí también se inscribe el hackeo de los correos personales, de las cuentas en redes sociales y la interferencia de los teléfonos móviles, de la misma forma que años atrás lo hacían la KGB o la Stasi con las cartas de los ciudadanos.

Y para entender esto y mostrar su extrema perversidad, hay que recordar que la lógica del panóptico encuentra en las prisiones y cárceles su lugar privilegiado de realización. En ellas, el delincuente detenido se convierte en objeto de observación permanente, ha sido despojado de su privacidad, se convierte en objeto de conocimiento y vigilancia. Los estados totalitarios hacen lo mismo, con la diferencia de que en este caso los despojados de su privacidad, los objetos de seguimiento y observación, son los intelectuales, los periodistas, los políticos de oposición o simplemente los ciudadanos  que manifiestan públicamente su discrepancia con el régimen.                          

Pero la cosa no queda allí, pues la lógica del panóptico implica también una estrategia disuasiva: “De ahí el efecto mayor del Panóptico: inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el  funcionamiento automático del poder. […] El poder debía ser visible e inverificable. Visible: el detenido tendrá sin cesar ante los ojos la elevada torre central de donde es espiado. Inverificable: el detenido no debe saber jamás si en aquel momento se le mira; pero debe estar seguro de que siempre puede ser mirado”.

Y esa es precisamente la estrategia que ha puesto en funcionamiento el gobierno que fenece. Al hacer públicos los correos personales de varios líderes políticos y opositores ha enviado un mensaje clarísimo: nos ha dicho a todos que podemos ser mirados, que nuestra información personal puede ser conocida y observada por ellos en cualquier momento, y expuesta al público si ellos lo consideran necesario. Que nuestra vida privada dejó de ser tal hace mucho tiempo y que ellos pueden exponerla cuando necesiten escarnecernos.

Es eso lo que han hecho en sabatinas, cadenas nacionales y periódicos gobiernistas cuando sin empacho alguno y de forma reiterada han publicado información personal y privada de ciudadanos relevantes del país. Información que, hay que tenerlo presente, ha sido obtenida mediante el hackeo de cuentas, es decir, mediante el cometimiento de un  delito.                   

Y si todo lo anterior no fuese suficiente, en los últimos días circularon varios videos en donde de forma canallesca se pretendió denigrar y liquidar a Andrés Páez, candidato a Vicepresidente. Para ello se exhibió lo que supuestamente sería su correspondencia privada con su esposa y presuntas amantes. Más allá de que todo ello parecería ser un burdo montaje y de que los asuntos privados de las personas no nos competen, en ese acto se revela una forma de poder y de hacer política que ha perdido cualquier referente ético, cualquier límite y escrúpulo y que hoy se sumerge en el mundo de las alcantarillas. 

Esos videos muestran —no por sus contenidos sino por el mero hecho de haberlos hecho y exhibido— la podredumbre moral de sus autores y el envilecimiento social a que han conducido diez años de Revolución Ciudadana. “Y esas cosas ocurren porque en los sistemas políticos siniestros, se vuelven siniestras también muchas de las personas que los padecen; no son muchos los que pueden escapar a esa maldad delirante y envolvente de la cual, si uno se excluye, perece”, dice Reinaldo Arenas.

Hay que ver y recordar La vida de los otros, esa extraordinaria película alemana sobre el sistema de espionaje y control en Alemania del Este. Hay que verla para entender la profunda maldad y abyección de un poder que, a más de liquidar la libertad, ha abolido también la vida privada y la intimidad de las personas. Hay que verla para comprender la miseria de los espías y lo miserable del poder al que sirven.  

El tiempo apremia y el peligro de que el poder canalla continúe aún no se ha disipado.  No podemos rehuir la defensa de la libertad e intimidad de los otros pues al hacerlo renunciamos también a las nuestras. La casa de cristal, aquella en que viviríamos expuestos a las miradas de los otros y donde nuestra intimidad sería liquidada, es el sueño de los totalitarios, aunque para los hombres libres resulte una pesadilla. Y nos queremos libres, con intimidad  y con secretos.
 

[PANAL DE IDEAS]

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