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20 de Agosto del 2019
Ideas
Lectura: 7 minutos
20 de Agosto del 2019
Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Entre universidades oceánicas y la taylorización de la cultura
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Estamos avanzando en dirección contraria a la de los clásicos griegos, para los cuales la calidad interpretativa y crítica era indispensable para cualquier ámbito de las ciencias. La ciencia surgió por una poderosa motivación para entender y transformar la realidad, no para cumplir requisitos institucionales.

Umberto Eco planteó la taylorización de la cultura, es decir la especialización extrema de la sociedad capitalista cuyo paradigma era la productividad. Ponía un ejemplo, algo cómico pero al mismo tiempo dramático: le habló de la taylorización de la cultura a un profesor de Harvard, el catedrático le respondió que no entendía lo que Eco estaba proponiendo.

La taylorización de la cultura y del conocimiento que vivimos se contradicen con la teoría filosófica de Hegel. Para él, la filosofía era la totalidad de lo real. El pensamiento tenía que ser transversal. interdisciplinario, holístico.

Ciudad oceánica, universidad oceánica, despacho del Decano de la Facultad de Psicología, 2014.

Converso animadamente con el decano de la Facultad de Psicología acerca de los resultados de una encuesta sobre mercado laboral. Según la investigación que realicé en la ciudad oceánica en que habito, más del 50% de psicólogos graduados trabajan fuera de su ámbito profesional. Mi conclusión es de que estamos graduando demasiados psicólogos (80 por año), para una sociedad que no tiene una demanda laboral alta porque considera como un síntoma de extrema debilidad ir donde un psicólogo.

El decano y la directora del área académica, me miran con cierta desconfianza y argumentan, totalmente convencidos, que es fundamental graduar a la mayor cantidad de psicólogos, que ésa es nuestra mejor carta de presentación. Yo insisto en que no somos una fábrica de psicólogos, deberíamos preocuparnos por la calidad de los graduados y no en la cantidad de los mismos. Después de la reunión no salgo de mi asombro, me conformo con sentarme en una cafetería cercana a la universidad para mirar el turquesa del mar y teclear algún texto que luego dejaré inconcluso.

Después de tres meses, en el mismo despacho, presento la revisión de una tesis que se me había pedido que revise, la tesis de una estudiante X tiene varios párrafos donde existe plagio. Nuevamente converso con la directora del área académica y con el decano. Ahora me enfrento a una paradoja porque las autoridades me piden que le diga a la estudiante que cite la fuente, yo planteo que se sancione a la estudiante. Mi posición es vista como extrema, al final la estudiante termina citando las fuentes de los párrafos plagiados y después de una semana se gradúa.

Estamos avanzando en  dirección contraria a la de los clásicos griegos, para los cuales la calidad interpretativa y crítica era indispensable para cualquier ámbito de las ciencias. La ciencia surgió por una poderosa motivación  para entender y transformar la realidad, no para cumplir requisitos institucionales.

Somos una fábrica de nuevos “profesionales” en serie, que no tienen claro el valor del trabajo intelectual. Taylorizamos el conocimiento al nivel de plagio virtual, día a día las presentaciones en power point son reproducciones de otras presentaciones que ya fueron subidas a diferentes plataformas. El misterio y la seducción por buscar conocimiento son superados por un facilismo que termina disfrazándose de ética del trabajo tecnocrático, herencia de políticos, ministros y empresarios.

De a poco voy constatando de que el sistema universitario funciona como una industria descontrolada de rúbricas, actas, certificados, firmas, sellos. Nadie evalúa tu dominio sobre la asignatura, peor tu producción científica; sí les importa que entregues el acta de socialización del sílabu, la rúbrica del examen X, y cientos de papeles que son verdaderas apologías a la banalidad. Cada día voy comprendiendo como la moral tecnocrática se apodera no solo de autoridades sino también de estudiantes. Toda actividad académica tiene que ser verificada o validada con fotografías o evidencias, igual que en una trama de detectives. Las reuniones de profesores no son para hablar de contenidos académicos y complementariedad entre asignaturas, nada de eso, hablamos del taller para hacer el sílabus con el nuevo formato o de los elementos “metodológicos” que debe contener el fólder académico.

A veces conversamos sobre artículos científicos; tus colegas no te preguntan sobre qué escribiste sino para qué revista lo hiciste. Todo es puntuado y creo que en el caso de los artículos científicos tiene sentido, un artículo puede resumir un aporte investigativo, eso es ciencia. El problema es cuando se publica por cumplir un requisito. Para hablar de ciencia tienes que haber creado algo nuevo que permita un conocimiento más objetivo sobre algún tema para mejorar la calidad de vida de la gente. Pero no, las revistas de artículos donde publican mis compañeros son de tan mala calidad que bien podrían convertirse en recetas para conciliar el sueño, no pasas de la primera página y te aburres por la pobreza del lenguaje y la sucesión interminable de perogrulladas. Cero creatividad. Claro, a eso se refería Eco cuando hablaba de la taylorización de la cultura.

Si no publicas mueres, dicen los académicos norteamericanos, el problema es que se banalizó al artículo científico al convertirlo en un requisito indispensable para ser catedrático, así se abrió la puerta al surgimiento de un mercado negro de “papers” que son vendidos por diferentes revistas que publican tu artículo si es que pagas. En la taylorización no importa la calidad del artículo sino la evidencia. Publicó, O.k, cumple con la regla.

Estamos avanzando en  dirección contraria a la de los clásicos griegos, para los cuales la calidad interpretativa y crítica era indispensable para cualquier ámbito de las ciencia. La ciencia surgió por una poderosa motivación  para entender y transformar la realidad, no para cumplir requisitos institucionales.

Mientras tanto sigo luchando contra la corriente, así es la vida. Me refugio en mis estudiantes cuando saco de la galera performances o actividades seductoras. Desafío a los chicos a romper el “epojé” o estado de absoluta abulia ante los diferentes acontecimientos que suceden en el mundo. Entonces les pido que coloquen calcomanías en anuncios publicitarios de un mall, algo como “esto no garantiza la felicidad”, los chicos regresan entre fascinados y sorpendidos de lo que pueden hacer. Les digo, es Filosofía y un aporte de la serie Merlí, algo de ludismo para sobrevivir en esta selva de creadores de robots.

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