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9 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 10 minutos
9 de Noviembre del 2015
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Esa parte xenófoba de nuestra población
Un estudio recientemente publicado se adentra en lo que piensa una muestra importante de ecuatorianos sobre comercio exterior, seguridad, amenazas, cambio climático, relaciones con los vecinos, relaciones con EEUU, multilateralismo y una variedad de otros temas.

El informe del proyecto “Ecuador, las Américas y el Mundo, Opinión pública y política exterior”, en su edición 2014, es digno de valorarse.

Escrito por Beatriz Zepeda y Francisco Carrión Mena, con la colaboración de Fernando Carrasco y Jacques Ramírez, y publicado por la Flacso y el Ildis, con el respaldo del BID, el IAEN, el ConsejoProvincial de Pichincha y el PNUD, pasa revista a temas que nos permiten entender, desde otra perspectiva, a nuestra sociedad.

Los estudios de opinión pública son escasos en nuestro medio y este en realidad es el único que se adentra en lo que piensa una muestra importante de ecuatorianos sobre comercio exterior, seguridad, amenazas, cambio climático, relaciones con los vecinos, relaciones con EEUU, multilateralismo y una variedad de otros temas.

Y por ser esta la tercera edición de la encuesta −que se ha realizado cada dos años desde 2010−, permite, además de presentar los datos para 2014, establecer comparaciones temáticas y señalar tendencias en las actitudes de la opinión pública sobre la política exterior de Ecuador en los últimos cuatro años.

Los datos de la encuesta se exponen y discuten agrupados en cinco capítulos temáticos: identidad y nacionalismo; posturas generales y expectativas sobre la política exterior;  la participación del Ecuador como actor en un contexto global; el Ecuador en el contexto regional y los procesos de integración y, finalmente, el fenómeno migratorio.

Aunque hay que estudiar todos los capítulos, es sobre este último punto que quiero centrarme ahora, toda vez que Ecuador se ha consolidado como país de origen, tránsito, destino y retorno. De acuerdo con los datos del sondeo, 42.3% del público encuestado tiene familiares que viven fuera de Ecuador. De los que tienen familiares, 40% muy rara vez o nunca tiene contacto con ellos. Y 81.9% dijo no recibir remesas; solo 18.9% las recibe.

Un hallazgo sorprendente es que la gente no tiene una mirada positiva sobre la emigración: según los encuestados, la emigración es mala para la comunidad (49.2%), para el Ecuador (45.8%) y para quien emigra (43.7%), lo que contrasta con lo positivo que resulta para la economía ecuatoriana la recepción de remesas, que aunque han declinado de su récord de US$ 3.300 millones anuales en 2007, aún aportaron US$ 2.450 millones en 2013 e, incluso con un ligero incremento de 0,5%, US$ 2.462 millones en 2014, según cifras del Banco Central.

El Comercio en una nota de días pasados resaltaba uno de los hallazgos del estudio en el capítulo final, el hecho de que “a pesar de que el Ecuador es un país de emigrantes, muestra intolerancia hacia los extranjeros”. En mi opinión, no son tan espeluznantes los hallazgos. Más bien hay una buena opinión de los extranjeros que viven en el país (especialmente estadounidenses y españoles, bajando la apreciación respecto de otros grupos como peruanos, colombianos, cubanos y haitianos, lo que muestra una preferencia, como dicen los autores, por la inmigración “blanca”).

Lo que el estudio muestra es que respecto de los extranjeros indocumentados sí hay una intolerancia muy grande. Es respecto de ellos, no de todos los inmigrantes, que, redondeando, 93% de los encuestados pide aumentar los controles fronterizos, 73,3% cree que es mejor deportarlos y 37% incluso está de acuerdo con levantar muros para evitar el ingreso. Con una frecuencia de 36.8 puntos porcentuales en las respuestas “muy de acuerdo” y “algo de acuerdo” se valoraron dos políticas diametralmente opuestas: una liberal de “dar acceso a trabajo” y otra completamente restrictiva, “construir muros en las fronteras”. Finalmente, sólo 14.1% del público encuestado favoreció la opción de “permitir su entrada sin obstáculos” (4.9% “muy de acuerdo” y 9.2% “algo de acuerdo”).

Aunque no sea respecto de todos los extranjeros, sí preocupa mucho que una buena parte de la sociedad ecuatoriana tenga esta actitud de rechazo hacia los inmigrantes indocumentados, una actitud que, para los autores (los del capítulo son Jacques Ramírez y Beatriz Zepeda), “raya en la xenofobia”.

Dicen ellos que “la proclividad a aceptar alternativas como aumentar los controles fronterizos, o inclusive, construir muros en las fronteras, son evidencia de que el público encuestado está a favor de la implementación de políticas migratorias con enfoque de seguridad y control, antes que de políticas con enfoque de derechos. Esta impresión se refuerza si se considera que inclusive un derecho elemental, como lo es el derecho al trabajo, es negado a las personas inmigrantes en condición irregular por 61.9% de quienes respondieron a este sondeo”.

No son cifras increíbles. Cualquier persona con un poco de interés encuentra estas actitudes en la sociedad, sobre todo entre quienes se hallan en el rellano de la escalera, es decir en esa confluencia social de la clase media en ascenso y la clase alta en descenso. El gran argumento suele ser que “quitan los trabajos” a los ecuatorianos, y eso también aparece en la encuesta, aunque de verdad me parece que esos inmigrantes hacen los trabajos que los ecuatorianos no quieren hacer y, en el caso de ciertos profesionales calificados, que los ecuatorianos no pueden hacer.

Lo que más extraña es que esto se dé en un país como el nuestro, con tantos emigrantes indocumentados fuera de sus fronteras. Solo en España hay aún cerca de 300.000 ecuatorianos registrados, que están dispuestos a seguir allí a pesar de toda la crisis y a pesar de que muchos han descendido a niveles de supervivencia y precariedad. La mayoría ya tiene arreglados sus papeles, incluso poseen nacionalidad española y son sus hijos, integrados plenamente al sistema educativo y a la vida de España, los que les obligan a no volver, a quedarse, a tratar de sobrellevar lo que sea con tal de contar con un sistema de educación y salud (que sigue siendo de muy buen nivel a pesar de todos los recortes del programa de austeridad de Rajoy). Y, me parece que otra razón, y esta es particular de España ya que no es igual en otros países, la ausencia de discriminación que, por razones de color de la piel o de apellido, aún sienten en el Ecuador.

Pero ellos también pasaron años indocumentados, como lo están decenas de miles de ecuatorianos en EEUU. Tanto los que se fueron a finales del siglo XX y comienzos del XXI como los que, tras regresar de España, volvieron a migrar estos últimos años, esta vez a EEUU. ¿No es la recepción y las oportunidades encontradas allá una lección para que los ecuatorianos se comporten con igual apertura con los que ahora llegan por estas tierras?

Por supuesto, no todos los inmigrantes son buenas personas. Algunos habrá con propensión a la delincuencia, al timo, a la bravuconería. Pero la gran mayoría son personas que buscan un mejor destino, y es francamente horrible saber con números de este rechazo tan primario, nacido de la ignorancia y la intolerancia.

Incluso, algunos están de paso. A la mayoría de los cubanos, por ejemplo (el otro día El País citaba un estudio del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos asociado a la Universidad de Miami, Florida, según el cual hoy viven en el Ecuador unos 20.000 cubanos), lo que les interesa es llegar a EEUU. Y a los haitianos, arribar a Brasil. Ambos grupos parten desde el Ecuador en unos viajes larguísimos por autobús y otros medios, para arribar a sus destinos.

Ahora bien, de acuerdo con un índice que el estudio construye con las respuestas a varias preguntas, el resultado es que la mayoría de los encuestados, 47.8%, presenta una actitud intermedia frente a población extranjera e inmigrante, aunque 42.5% del público encuestado exhibe una mala actitud frente a ellos y sólo 9.7% detenta una actitud abiertamente favorable a estos grupos de población. Los autores también hacen notar que en “lo que toca a los diversos segmentos de la muestra … las poblaciones de frontera y los grupos de mayores ingresos presentan niveles de tolerancia más altos en sus actitudes que la media. De la misma manera, pero en sentido inverso, resalta que las personas que se identifican como de izquierda y quienes presentan bajos niveles de escolaridad, muestren actitudes menos tolerantes hacia las y los extranjeros e inmigrantes”. ¿Cómo es posible que la izquierda sea xenófoba? Un tema para seguir investigando y discutiendo.

[PANAL DE IDEAS]

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