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17 de Noviembre del 2015
Ideas
Lectura: 8 minutos
17 de Noviembre del 2015
Cristina Burneo Salazar

Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar. Trabaja en Letras, género y traducción.

Espíritu de cuerpo
Hay diferencia entre la posibilidad de justicia y la destrucción de la dignidad. Entre un Estado que conoce sus límites y un gobierno que es capaz de mandar a torturar. Eso es lo que no comprendemos en estos días, cuando estuvo a punto de tener lugar la primera audiencia de este país por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el gobierno de Febres Cordero.

Susana Cajas relata que, mientras estuvo presa, fue violada en repetidas ocasiones por los militares que la tenían en su poder. La forzaron a estar desnuda y la obligaron a masturbarlos. Susana Cajas fue torturada y violada en la Escuela de Inteligencia Militar de Conocoto durante su detención en noviembre de 1985, tras ser apresada en Esmeraldas, cuando iba a una convención nacional de Alfaro Vive Carajo. Hoy, cuando relata su testimonio para el documental del mismo nombre, AVC, Cajas recuerda también interpelar a sus torturadores: “¿No tienen madres, hermanas, esposas?” A veces se cansaban y paraban por un par de días, relata. Pero sólo por un par de días.

Luis Vaca fue apresado en el mismo operativo. “Nos torturaron por 15 días. Primero fue Francisco Jarrín, luego Susana, luego yo. Mi celda era de uno por dos metros. Venían una vez, otra vez. Otra tortura. Un día empezaron a sacarme a la luz, había estado dos años sin sol. Me dieron un calentador. Me metí unos pesos en el bolsillo y caminé hasta virar la esquina. Salí corriendo. A los dos años me abracé con mi mamá, pero no salí de la casa por seis meses.” Vaca fue desaparecido por dos años. El gobierno de León Febres Cordero incluso llegó a negar su identidad.

“Nosotros teníamos que haber sido juzgados, procesados y encarcelados”, dice Susana Cajas. No violados ni torturados ni desaparecidos ni asesinados. Ahí está la enorme diferencia entre la represión estatal que lleva a la destrucción de la persona y el debido proceso en que debe conducirse lo que se considera un delito. Ante la avanzada de un grupo subversivo como AVC en la década de 1980, el gobierno de León Febres Cordero instituyó la tortura como un recurso del Estado para controlar la subversión. Irónicamente, en 1984, un año antes de que Febres Cordero decidiera que usarían el poder del Estado para institucionalizar la tortura, la violación sexual y el asesinato, la ONU adoptaba la convención internacional contra la tortura: crimen internacional prohibido en todos los casos, contra todas las personas, sin importar el crimen que hayan cometido.

Ahí está la diferencia entre la posibilidad de justicia y la destrucción de la dignidad. Entre un Estado que conoce sus límites y un gobierno que es capaz de mandar a torturar. Eso es lo que no comprendemos en estos días, cuando estuvo a punto de tener lugar la primera audiencia de este país por crímenes de lesa humanidad cometidos durante el gobierno de Febres Cordero.

Una de las cosas que espantan ante estos hechos es que hoy pensemos que los ex militantes de AVC merecieron la tortura que recibieron. Espanta que justifiquemos que un ser humano sea despojado de su dignidad y convertido en un objeto. Es escalofriante que nosotros, personas de a pie, reivindiquemos las torturas, violaciones y asesinatos que cometieron policías y militares en los años 80 contra jóvenes, mujeres, hombres como nosotros. Las formas de represión que hemos heredado y que se siguen practicando en este gobierno, las palabras que seguimos usando que nos enseñaron Febres Cordero, Nebot, nos hacen una sociedad violenta y también autodestructiva. Si ex miembros de AVC han pactado con el sainete del correísmo, como lo describe aquí Roberto Aguilar contundentemente, si reconstruyeron sus vidas como a bien tuvieron, es inaceptable que se les prohíba exigir reparación por haber sido torturados: eso es un derecho universal, no importa cuánto discrepemos con quiénes esas personas son hoy. ¿Porque no está de acuerdo con alguien celebra que le hayan metido electricidad hasta quemarlo por dentro?

Esto también tiene que ver con la preferencia por el castigo que nos caracteriza como sociedad. Ante la protesta social, hoy tipificada como delito, ante el consumo y tráfico de drogas, el aborto, la desobediencia, aparece siempre la sombra de este gusto por el castigo, por la desproporción frente a las acciones de los otros. Nos solaza levantar el índice y pedir castigo para los otros, no importa mucho si eso sirve, si no sirve, si viene de tiempos medievales. Nos gusta castigar y vivimos en un país en donde el poder, la sociedad, la gente prefieren el castigo al diálogo, la exhibición ejemplarizante, la sanción como medio de control.

Por eso, no nos sorprenda que los militares en servicio activo y pasivo presentes en la audiencia cancelada el 9 de noviembre se sientan respaldados no sólo por este gobierno y por canallas como Guillermo Lasso, sino por la sociedad que los mira como héroes incuestionables y más allá del bien, del mal y de la obligación de rendir cuentas. El espíritu de cuerpo de estos militares, que entraron con consignas, medallas y otras joyas relucientes a la sala de la audiencia no admite que deben ser juzgados quienes, de entre ese cuerpo, violaron, torturaron, asesinaron. Algunos de ellos han afirmado que cumplieron con su obligación, sin la menor autocrítica ni capacidad de mirar la historia de su propia institución. Esos son los militares que el gobierno quiere sacar a las calles para reprimir, castigar, hacer uso de sus impulsos y entrenamientos irreflexivos.

El abogado de los ex AVC, Juan Pablo Albán, incansable y brillante defensor de los derechos humanos, ha sido insultado por Rafael Correa por intentar llevar a cabo el primer juicio por crímenes de lesa humanidad en este país. Albán contra el espíritu de cuerpo de los militares...Quién lo diría, Correa y Lasso terminan hermanados en ese mismo espíritu, descrito aquí de manera genial por la gran Cristina Peri Rossi: “El espíritu de cuerpo enfervoriza, entusiasma, calma la soledad y disminuye la angustia. Como el Valium. (...) Es tan grande como inseguro: no puede encajar las críticas, la menor sospecha de merecerlas le crea una inseguridad insoportable. Uno de los principios básicos (e inconfesables) del espíritu de cuerpo, es que cualquier crítica, por el mero hecho de haber sido expresada, es injusta. El espíritu de cuerpo es, por antonomasia, inocente. El otro gran principio dice: quien critica a uno de los miembros, critica al cuerpo en general. De ahí la reacción autodefensiva no del miembro afectado, sino del cuerpo en su totalidad. Como si al pinchar un nervio todo el sistema neurovegetativo respondiera. El espíritu de cuerpo se confunde concupiscentemente con cada uno de sus miembros: es un todo visceral.”

Correa, Lasso, quienes justifican la tortura, los militares que cumplen sus obligaciones sin detenerse a pensar por cuenta propia, juntos, revueltos y prestos a curar el miembro afectado del gran cuerpo. No vaya ser que quede fláccido y herido en su pundonor.  

 

 

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