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1 de Agosto del 2020
Ideas
Lectura: 10 minutos
1 de Agosto del 2020
Gonzalo Ordóñez

Es licenciado en Sociología y Ciencias Políticas por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito; Magíster en Comunicación, con mención en Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación por la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.

Estamos en guerra y la perdemos
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Los enemigos son las autoridades que mienten sobre la efectividad de las pruebas, para protegerse a si mismos, que afirman que estamos bien en comparación a otras naciones, mientras las colas para obtener atención y los muertos desbordan las aceras.

El tres de noviembre de 1939, Gran Bretaña, entraba en guerra con Alemania. Poco tiempo después se iniciarían los bombardeos de la Luftwaffe germana. 

“Fue también el día en que los apenas veinte mil televisores con los que contaba para entonces Gran Bretaña dieron su última emisión, concretamente con dibujos de Mickey Mouse. No volvieron a recibir una señal hasta 1946” (Javier Bilbao, en Jot Down).

Olvidamos con facilidad  las ventajas tecnológicas para la comunicación que ahora tenemos, qué habría ocurrido con el  aislamiento por el Covid 19 con solo una radio para informarse de la situación (utilizaban pilas de oxido de mercurio), sin televisión, comida escasa y sin Internet. Los bombardeos fueron tan incruentos que en su mayor descarga se contabilizó 2.119 bombas sobre tierras británicas.  La gente salía a trabajar en esta “nueva normalidad”, a pesar de que no sabía si al cruzar de la habitación a la cocina una bomba dejaría hecha añicos la mitad de su casa o si en la esquina moriría calcinado. 

En las peores circunstancias, las personas tienden a buscar la normalidad, es decir, patrones estables de actividades cotidianas sin las cuáles se pueden sumir en la violencia y la locura. 

Había dos buenas razones para perseverar: un enemigo común y un liderazgo apropiado a las circunstancias. Con respecto a lo segundo, son conocidas las palabras del primer ministro Winston Churchill, en la Cámara de los Comunes, el 13 de mayo de 1940: “no tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

“Tenemos ante nosotros una prueba de la más penosa naturaleza. Tenemos ante nosotros muchos, muchos, largos meses de combate y sufrimiento. Me preguntáis:

¿Cuál es nuestra política? Os lo diré: Hacer la guerra por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable catálogo de crímenes humanos. Esta es nuestra política" (historiasiglo20.org).

En Ecuador tenemos un enemigo común que puede caer como una bomba en el lugar menos esperado, pero a diferencia de los británicos no contamos con  refugios antiaéreos, ni sirenas de alarma para protegernos de la pandemia, mucho menos líderes que digan la verdad. 

Si el ministro de salud ecuatoriano fuera Churchill su discurso probablemente sería el siguiente:

  • Tengo mucho que ofrecer: salud, organización, unidades de cuidados intensivos y honestidad. Tenemos antes nosotros una prueba de la más penosa epidemia. Pero serán pocas semanas de combate y sufrimiento. Me preguntan: ¿cuál es nuestra política? Les diré:  hacer la guerra al COVID-19 con información veraz, con pruebas certeras y masivas, con toda nuestra “potencia” y con toda la fuerza que mi cargo me puede dar; hacer la guerra con una organización eficiente, con apoyo a los médicos y enfermeras en primera línea y sin mentir a la gente; lo que sería la vergüenza más monstruosa, nunca superada en el catálogo de miserias humanas durante una pandemia. Esta es nuestra política. 

La verdad puede asustar, doler, herir, sin embargo, moviliza el compromiso y la acción. Por el contrario, las mentiras, mucho peor, si vienen de autoridades conducen a la deshonestidad, la indolencia y la indisciplina pues enseñan a las personas a sobrevivir como individuos y no como sociedad. 

Culpar a la gente de la irresponsabilidad en el uso de las mascarillas es una forma cobarde de evadir la falta de trabajo y organización con los barrios afectados. 

Ante el temor de un ataque de gas masivo, en Inglaterra, el gobierno distribuyó máscaras antigás a toda la población. Se recordaba permanente a los ciudadanos que debían portarlas consigo: mediante cuñas radiofónicas, anuncios en el cine o carteles como este: “Hitler will send no warning – so always carry your gas mask”. 

De manera que el 4 de septiembre todo el mundo llevaba una máscara antigás encima y si algún trabajador la había olvidado en su casa, se le hacía regresar a por ella. Legalmente no era obligatorio llevarla, aunque en muchos locales podían denegarte el acceso si no portabas una en su correspondiente funda. 

Aquí, los enemigos son las autoridades que mienten sobre la efectividad de las pruebas, para protegerse a si mismos, que afirman que estamos bien en comparación a otras naciones, mientras las colas para obtener atención y los muertos desbordan las aceras.

Pronto la moda se adaptó a ellas, vendiéndose por ejemplo bolsos con un compartimento para llevarla. Incluso se llegó a fabricar una máscara infantil de Mickey Mouse” (Javier Bilbao, Jot Down).

La población pronto se habituó a ponerse las máscaras antigás y descender a los refugios cuando sonaban las sirenas, pues la radio reestructuró toda su programación en función de entrenar a los británicos en los pasos a seguir en caso de bombardeo: “recibir órdenes paso a paso les hacía percibir que la situación estaba bajo control, que todo el mundo estaba siendo movilizado de acuerdo a un plan racional dictado por el gobierno y solo había que seguirlo para estar a salvo” (Bilbao). 

En situaciones de guerra, la comunicación además de práctica debe proporcionar un sentido de estabilidad en el caos, hablar de lo mismo una y otra vez desde diferentes puntos de vista es tóxico, la sensación de normalidad debe incluir las estrategias de protección ante los riesgos de muerte y no mentir para calmar falsamente a la gente. 

“A pesar de todos los trastornos, un típico domingo del Servicio Local de 1942, incluía tres conciertos orquestales en vivo, dos recitales de música de cámara en vivo y uno de discos gramofónicos, más una charla del crítico de la BBC, Ralph Hill, sobre la «esencia de Brahms” (ORT en Music and the Holocaust).

En Ecuador, los medios públicos no se ven como aliados estratégicos para la unidad del país contra el virus; no, al contrario, se los debilita como ahora  con una insólita reducción del 80% de su personal. 

Aquí, los enemigos son las autoridades que mienten sobre la efectividad de las pruebas, para protegerse a si mismos, que afirman que estamos bien en comparación a otras naciones, mientras las colas para obtener atención y los muertos desbordan las aceras.  

En el gabinete de guerra que dirigía Churchill, un conservador en materia política, participaban los laboristas, de postura contraria, que acordaron apoyar al gobierno; además de sobrevivir, para ganar la guerra. En Ecuador, una buena parte de los políticos si no están robando, están trasladando la responsabilidad al siguiente gobierno. 

En tiempos de guerra, las personas necesitan sentirse vivas mucho más si la muerte puede caer del cielo: “Las salas de baile abrían hasta las once de la noche y siempre estuvieron repletas, incluso en las temporadas en que los bombardeos fueron más frecuentes” (Javier Bilbao, Jot Down). 

La diferencia con la guerra contra el COVID-19 en Ecuador, es que se festeja la muerte, no la vida. Muchos de los jóvenes que, por cientos participan en fiestas clandestinas, no tienen posibilidad de pagar sus estudios, trabajar y tampoco nada que hacer, cultivan el olvido en el alcohol, el sexo y las drogas, de forma similar a las personas con trastorno de disociación de la personalidad que se hieren a sí mismos para saberse vivos. 

Pero esto ocurría antes del confinamiento, qué diferencia puede existir ahora si la sociedad les acusa de estúpidos e irresponsables por no encerrarse con la violencia o el descuido de sus padres, con el hambre, la pobreza, el desempleo y sobre todo el menosprecio de los que tienen condiciones para aislarse. 

Sin liderazgo humano y honesto, en medio de la impunidad que multiplica la violencia en barrios afectados por sicarios y pandilleros, qué importancia puede tener una mascarilla. 

¿Quién protege a las mujeres niñas y adultas en los hogares cuando los jueces son hombres que se vendieron a traficantes de jóvenes y a substancias que los envenenan? Y qué decir de los padres amorosos que ven perderse a sus hijos en la decepción y miedo al futuro: ¿si mueren mis padres qué hago? Ahora mismo no tengo trabajo, no puedo estudiar, no puedo pagar Internet para buscar empleo o prepararme: ¿qué oportunidad tengo?

Quédate en casa. Usa tu mascarilla.    

 

[PANAL DE IDEAS]

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