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7 de Febrero del 2018
Ideas
Lectura: 4 minutos
7 de Febrero del 2018
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Están chiflados
El procesamiento de la derrota electoral por parte del correísmo obtuso evidencia una desconexión con la realidad que supera ampliamente los diez años de publicidad amplificada. Durante ese tiempo, la ficción del cambio pudo ser vendida porque, a fin de cuentas, se construyeron obras físicas y se derrochó dinero publico a raudales.

La demagogia, en su irracionalidad y desmesura, tiene sus límites. Exagera y engaña, pero dentro de ciertos parámetros. No puede echar mano de recursos que sean completamente absurdos, falsos o irreales para el común de la gente. No se puede ofrecer cosechar mangos en el páramo. En ese momento, la demagogia ingresa en la esfera de la patología sicológica.

El procesamiento de la derrota electoral por parte del correísmo obtuso evidencia una desconexión con la realidad que supera ampliamente los diez años de publicidad amplificada. Durante ese tiempo, la ficción del cambio pudo ser vendida porque, a fin de cuentas, se construyeron obras físicas y se derrochó dinero publico a raudales. O se manipularon cifras para poder magnificar resultados que tenían algo de realidad. Las ciudades del milenio, por ejemplo, no sirven para nada, pero están ahí. Visibles, como tantos otros proyectos inútiles.

Pero de ahí a pretender vender como un triunfo la aplastante derrota del 4F hay un abismo de locura. Porque si de algo tiene conocimientos el pueblo es de aritmética básica. De esa que aplica a diario. Saben muy bien que 70 es mucho más que 30, y que siete a cero refleja un resultado categórico. Inapelable, como dirían nuestros comentaristas deportivos.

Por eso, las piruetas matemáticas que hacen algunos dirigentes del correísmo obtuso –y que son replicadas a nivel internacional por obsecuentes corifeos del populismo latinoamericano, como Atilio Borón– carecen de sentido y de perspectiva. Generan dudas hasta en los más fanatizados seguidores del caudillo. Porque la gente es entusiasta, pero no tonta; tiene ilusiones e imaginarios colectivos, pero no se embarca en empresas irreales.

¿Qué propósito político tiene negar una derrota evidente? Pues ninguno. Porque mucho más rentable hubiera sido reconocerla y proyectar un mensaje de recuperación posible. Y esperanzador. El pueblo ecuatoriano sabe muy bien lo que significa renacer de los fracasos. Lo experimenta a diario. Pero tal parece que los jerarcas del correísmo ni siquiera se han enterado de esas virtudes populares. Abstraídos como estaban en su delirio milenarista, no miraban más que a su propio ombligo.

Es posible suponer que el libreto de los derrotados del 4F está adecuado a las debilidades sicológicas del caudillo más que a los hechos. Aceptar una derrota requiere de un mínimo de madurez emocional; procesarla demanda inteligencia; y sacarle provecho exige sabiduría. Todas estas cualidades brillan por su ausencia tanto en el personaje como en este nuevo capítulo de enajenación mental.

Algo similar ocurre cuando los correístas derrotados se proclaman la primera fuerza política del país. ¿Alguien en sus cabales puede suponer que una fracción partidaria en desbandada, con cuadros y dirigentes preocupados por su supervivencia laboral, tiene opciones electorales hegemónicas? ¿No fue por demás obvio el fracaso del retorno del caudillo? Si en diez años, y con todas las ventajas imaginables, no fueron capaces de construir un partido, ¿por qué van a poderlo hacer ahora?

Definitivamente, están chiflados.

[PANAL DE IDEAS]

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