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27 de Octubre del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
27 de Octubre del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Estatismo, corrupción y simulacro
Los verdaderos culpables de tanta corrupción y ratería, los responsables de haber prostituido el país, son aquellos que diseñaron y pusieron en funcionamiento un sistema político que eliminó el control de la sociedad sobre el poder, que amordazó o arrinconó a la prensa independiente, que anuló la separación de poderes y concentró el poder en una sola persona y su grupo de acólitos.


“Todo poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Lord Acton

A inicios de la última década del siglo XX, las aparentemente sólidas e inconmovibles dictaduras socialistas de la Europa del Este, se derrumbaron como un castillo de naipes. Tras la estrepitosa caída de esos gobiernos, el mundo entero pudo conocer todas las atrocidades que durante varias décadas habían cometido y la desbordante corrupción que los atravesaba. Algo parecido está ocurriendo con los socialismos del siglo XXI. Su ocaso y derrumbe viene acompañado de la constatación de la descomunal corrupción que generaron, a tal punto que parecería que no se trató de grupos políticos que quisieron impulsar un proyecto de sociedad, sino de bandas delincuenciales que se hicieron con el poder de sus países para apropiarse y hacer grandes negocios con los recursos estatales.

En Ecuador al parecer ocurre lo mismo. El fenomenal atraco de la Refinería de Esmeraldas y otros negociados enormes en el sector petrolero, fueron denunciados mucho tiempo atrás por Fernando Villavicencio y a él se sumaron otras voces de la prensa independiente. Como es característica de la Revolución Ciudadana, los denunciantes fueron perseguidos, amedrentados y enjuiciados, de la misma forma que otras veces lo hicieron con quienes habían develado la interminable lista de actos de corrupción cometidos por funcionarios del actual régimen. Sin embargo, esta vez ha sido tal la magnitud de lo robado y tan escandalosa la forma en que lo hicieron, que el gobierno se ha visto obligado a asumir el golpe e incluso ha buscado obtener réditos políticos del mismo.

Con el cinismo y el desprecio por la verdad que los caracteriza, han montado un enorme teatro mediante el cual se pretende hacer creer a los ecuatorianos que es el propio gobierno el que ha hecho la investigación y que incluso está empeñado en perseguir a los ladrones, a aquellos que “sucumbieron ante la tentación del dinero” y que terminaron traicionando y perjudicando a la impoluta Revolución Ciudadana.

Se trata, desde mi punto de vista, de la construcción de un nuevo simulacro que tiene por objetivo crear la ilusión de que esas enormes pillerías no son más que casos aislados cometidos por unos pocos funcionarios, con lo cual, la supuesta moralidad del régimen y de sus más altos representantes quedaría a salvo. Como todos los gobiernos autoritarios, el nuestro también se ha convertido en experto creador de chivos expiatorios y simulacros, y, a través de ellos, busca restaurar o crear la apariencia de la moralidad de un régimen que es intrínsecamente amoral y carente de escrúpulos.

Hablo de simulacro y de chivos expiatorios, pues estoy convencido de que si miramos un poco más allá del discurso que quiere vendernos el gobierno, descubriremos que el orígen y la causa central de los desbordados niveles de corrupción están en otra parte y llega a otros niveles de la administración pública. Los verdaderos culpables de tanta corrupción y ratería, los responsables de haber prostituido el país, son aquellos que diseñaron y pusieron en funcionamiento un sistema político que eliminó el control de la sociedad sobre el poder, que amordazó o arrinconó a la prensa independiente, que anuló la separación de poderes y concentró el poder en una sola persona y su grupo de acólitos. Ese ambiente de abuso permanente, de abolición de toda norma y de liquidación de la institucionalidad, es lo que está detrás de la enorme corrupción que corroe al régimen, y que, en este caso, tiene como punta del iceberg el caso de la Refinería de Esmeraldas, de los CAPAYAS y del “querido Alex”.

Si a la concentración extrema del poder político y al sometimiento de toda la institucionalidad del país a la voluntad de uno solo, sumamos el crecimiento desmesurado de la participación del Estado en la economía (que según se sabe hoy representa casi el 40% del PIB) y la creación de innumerables controles y trabas al sector privado de la economía, entonces podemos entender la magnitud del poder de quienes gobiernan y su capacidad de influencia en la asignación, control y usufructo de los recursos, ya no solo del Estado, sino de la sociedad entera.   

Cuando en el pasado reciente se produjeron esos enormes atracos a los que se conoció como “el corralito” en Argentina y “el salvataje bancario” en Ecuador, quedó demostrado que otorgar al poder político facultades para expropiar y anular derechos de propiedad de sus ciudadanos y permitir la influencia desmedida del Estado sobre la economía, solo traía como consecuencia la posibilidad de favorecer a ciertos grupos privados coludidos con los funcionarios estatales.

Es ese perverso pacto al que había que limitar o erradicar. Sin embargo, el régimen de la Revolución Ciudadana hizo exactamente lo contrario. El diseño institucional que nació en Montecristi y que a través de los años se fue perfeccionando, aumentó significativamente la influencia del poder político sobre la economía, de tal forma que se pueden lograr grandes beneficios y riquezas contando únicamente con su uso y control, puesto que desde allí se puede expropiar los activos de grupos privados, impulsar la constitución de monopolios y favorecer  a ciertos grupos empresariales mediante la eliminación de la competencia y del libre juego de las fuerzas del mercado. En pocas palabras, el modelo político del régimen actual no destruyó, sino que reforzó el pacto colusorio entre un empresariado corrupto y acomodaticio con ciertos funcionarios  estatales dedicados a enriquecerse mediante la entrega de favores y prebendas.

La centralización extrema del poder político y una participación tan amplia del Estado en la economía, crea un sistema de dependencia generalizado y lleva a pequeñas y grandes empresas, y a la sociedad en su conjunto, a someterse a los favores, prebendas y extorsiones de algunos funcionarios públicos. En un sistema de tales características, ya no es la competitividad de las empresas o el talento de los ciudadanos aquello que les permite alcanzar legítimos beneficios, sino las relaciones que puedan mantener con el poder político y sus funcionarios.   

Un ejemplo extremo de lo que ocurre cuando el poder es absolutamente centralizado y cuando se estatiza el conjunto de la economía, es lo que pasó en la Unión Soviética y que es narrado por David Remnick en su libro La tumba de Lenin: “Pero en la Unión Soviética no había transacción económica que estuviera libre de corrupción. Era como si todo el país estuviese regido por una gigantesca familia del hampa; casi todas las relaciones económicas eran, de alguna manera, relaciones de la mafia. Entre una orden ministerial de producir, por ejemplo, diez toneladas de carne y la compra que hacía un ciudadano de de un kilo de ternera, había innumerables oportunidades de obtener algún beneficio. Nadie podía evitar, al menos, cierto grado de complicidad. Este era uno de los hechos más degradantes de la vida soviética; resultaba imposible ser honrado. Y toda la propina terminaba, de hecho, enriqueciendo al Partido Comunista.”

En condiciones como las anteriormente expuestas, también el ambiente moral se degrada, pues los valores que sirven para tener éxito ya no son el esfuerzo individual, la honradez intelectual o el talento, sino todo lo contrario; es el acomodo, el servilismo y el estar dispuesto a dar o recibir coimas o favores lo que garantiza la obtención de beneficios. Eso pasa a nivel de la economía, pero también con los escritores e intelectuales que usan la adulación o el silencio para que sus libros sean editados o se presenten en ferias internacionales con el auspicio del Estado, o con los cineastas  para recibir auspicios económicos.

En La vida de los otros,  esa durísima e imprescindible película ambientada en los últimos años de la Alemania Democrática, su personaje femenino dice: “tú y yo necesitamos del Partido, porque sin él no somos nada; me acuesto con ellos porque quiero seguir actuando, y son ellos, esos viejos gordos y poderosos, los que deciden quien actúa, quien dirige y quién publica. Tú no quieres terminar como Herska, confinado al silencio y el suicidio por haber hecho una declaración que no les gustó; tú quieres seguir publicando, y por eso también te acuestas con ellos, y por eso callas”. 

Y es así. Los modelos políticos en los cuales el Estado copa el conjunto de la sociedad, terminan prostituyéndolo todo, porque nuestro éxito no depende de lo que hagamos, del esfuerzo que pongamos en ello, sino de la benevolencia o el favor de quienes tienen  el poder de decidir quién publica, a quién se le otorga un premio, una consultoría, un contrato. Y para ello hay que callar y someterse, o sobornar. Pero muchos de los ecuatorianos jamás lo haremos y allí radica nuestra esperanza.  

Que nunca se nos olvide. Las tiranías, las dictaduras de izquierda o derecha, o cualquier forma de gobierno donde el poder esté absolutamente concentrado, producen necesariamente los mismos efectos. Solo la democracia, el estado de derecho, la separación de poderes, una institucionalidad fuerte e independiente del poder central, prensa libre, y una economía de mercado en la cual prevalezca la competencia, son capaces de disminuir la corrupción.  

“La corrupta clase dirigente no es capaz de renunciar voluntariamente a ninguno de los privilegios que ha alcanzado. Han vivido de manera vergonzosa durante décadas a expensas de la gente y quieren seguir haciéndolo”, dijo Solzhenitsyn en algún momento. A nosotros nos toca derrotarlos y echarlos del poder; a nosotros nos toca recobrar la democracia y perfeccionarla. Y para que ello ocurra, ninguno de los responsables de la degradación del país habrá de quedar impune.     
 

[PANAL DE IDEAS]

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