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24 de Junio del 2019
Ideas
Lectura: 5 minutos
24 de Junio del 2019
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Estudiantes, violencia y sociedad
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Los mismos compañeros registran en sus celulares las peleas entre estudiantes. Luego las cuelgan en las redes sociales. Todo el mundo se entera. Todo el mundo se rasga las vestiduras. Todo el mundo demanda, ¿qué demanda? Justicia. Pero nadie ha dicho qué es lo que se le pide a esa justicia tan invocada.

Claro que la sociedad se escandaliza. Unos ponen el grito en el cielo y claman la intervención de las autoridades correspondientes. Todos se quejan y denuncian. Todos claman por un pare definitivo de la violencia en los colegios y de la violencia estudiantil fuera de sus establecimientos. 

Los mismos compañeros registran en sus celulares las peleas entre estudiantes. Luego las cuelgan en las redes sociales. Todo el mundo se entera. Todo el mundo se rasga las vestiduras. Todo el mundo demanda, ¿qué demanda? Justicia. Pero nadie ha dicho qué es lo que se le pide a  esa justicia tan invocada.

Lo cierto es que los involucrados se lavan las manos: los profesores y las profesoras, los rectores y las inspectoras. El ministro de Educación, los subsecretarios, los directores provinciales de educación. El presidente de la República. Hasta Dios mismo se lava las manos. 

Por otra parte y al unísono, todos claman justicia. Los unos acusan al colegio, a la unidad educativa, al rector, a los inspectores, a los profesores que no educan adecuadamente a sus estudiantes; que no les hablan del buen trato, del respeto al otro, de no aplicar las normas que les enseñado para resolver los conflictos.

Y todos nos quedamos atónitos cuando aparece el cuerpo de un muchacho masacrado con sevicia arrojado en algún basurero, supuestamente por sus amigos. O el de una muchacha abusada sexualmente por un grupo de sus compañeros de aula. O el de la chica que no se sabe de dónde procede pero que aparece en el primer muladar de un barrio de la pobreza. 

Y el ministro de Educación y el presidente de la República y los buenos del país se rasgan las vestiduras y hablan de la urgente necesidad de erradicar la violencia juvenil. Y los unos rezan pidiendo el apoyo de Dios y los santos, y los otros del Ministerio sancionan a maestros y directores. Y trasladan a un maestro de un colegio a otro. Y mamás y papás prefieren no decir nada mientras el agredido no sea su hija o su hijo. Y el país entero pone el grito en el cielo hasta que es sepultada la chica o maestros y autoridades son trasladados de su unidad a otra: salomónicas formas de camuflar las culpas y eludir los castigos. 

Luego, bajan las aguas de los escándalos. Entonces ya no ha pasado nada. Todo no ha sido más que un mal sueño de la sociedad.

Y el país entero pone el grito en el cielo hasta que es sepultada la chica o maestros y autoridades son trasladados de su unidad a otra: salomónicas formas de camuflar las culpas y eludir los castigos.

La violencia habita las calles, el colegio, el parque y el estadio. Habita el corazón de grandes y de chicos, de mujeres y de hombres, de poderosos y de humildes. Ha entrado en la casa de los sujetos, en sus vidas, se ha apoderado de las aulas, rectorados, de los patios de recreo e incluso de los ministerios. Por ello, cuanto más el poder hable de exterminarla, ella aparecerá por doquier, no solo más fortalecida sino posiblemente más audaz. 

¿Acaso chicas y muchachos colegiales no se enteran bien de lo que acontece en el país político y administrativo? ¿O es que el poder se ha convencido de que la corrupción no los afecta de ninguna manera? ¿O es que consideran que los insultos, las amenazas, los improperios que gentilmente se donan en la Asamblea en los ministerios, en la presidencia, en el fútbol constituyen únicamente un flatus vocis  y que su efecto es menor al de agua en pluma de pato? 

Para lavarse las manos, los  poderes políticos y sociales no se cansan de repetir  que chicos y muchachas son violentos por sí mismos y hasta casi por su propia naturaleza. Por ende están plenamente convencidos de que lo corrupto que acontece en los altos niveles de lo político, administrativo y económico no les concierne ni les afecta.

No aceptan la verdad de que el estudiantado se encuentra en un estado de constante aprendizaje de lo bueno, lo malo y lo feo de la sociedad. Ellos viven y reproducen lo que la sociedad de los adultos les da como alimento. Aquellos alimentos terrenales de los que hablaba André Gide y que, finalmente, nos construyen como ciudadanos.   

En el Ministerio están contentos y de plácemes porque ya se ha establecido  que cualquier hecho de violencia debe ser comunicado al Departamento de Consejería Estudiantil (DECE). Con esto, la escuela, la familia, todos viviremos en paz pues la violencia ha sido desterrada por decreto. 

Abusando de Virgilio: Oh sicilianas musas, cantemos algo un poquito más elevado o menos tonto.

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