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1 de Mayo del 2024
Ideas
Lectura: 4 minutos
1 de Mayo del 2024
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Los eternos miedos a la oscuridad
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Cuando no hay luz, cuando la oscuridad la reemplaza. Cuando esta falta de luz se prolonga, son muchos los que caen en una especial depresión a la que los otros no prestan atención alguna. El miedo a la oscuridad tiene la misma edad que la aparición del ser humano.

Somos el producto de la luz. Nacer significa abandonar de una vez por todas la oscuridad del seno materno, para mirar el mundo con nuestros ojos y con la luz que no dejará de acompañarnos hasta el instante en el que las tinieblas nos invadan para siempre. La muerte apaga toda luz, toda libertad y toda esperanza. La mujer da la luz para que aquello que ha construido en la oscuridad de su vientre viva y se sostenga siendo en su tiempo.

La muerte es aquella oscuridad inocultablemente eterna en la que el ser, convertido en recuerdo o en monumento, desaparece para siempre.

En las mitologías occidentales, lo primero que hacen los dioses es crear la luz y el fuego sin los cuales es imposible existencia alguna. Mitológicamente, la luz pertenece al cielo y a la vida eterna. La muerte pertenece al averno, ese lugar mítico en el que la oscuridad se ha convertido en castigo infinitamente inapelable.

No nos gusta la oscuridad si no es creada y manejada desde nuestros deseos. La oscuridad que nos reconforta en el silencio. La oscuridad del sueño en el que brotan y se expresan nuestros deseos imposibles. Sin los sueños, también dejamos de ser.

El "hágase la luz" constituye el momento original de todo nacimiento. Cuando apagamos toda luz y cerramos los ojos para descansar, nos abandonamos seguros a una oscuridad vivificante. Sin ella, se agotarían nuestras esperanzas y también nuestras certezas.

Nadie dice que se apagó la luz, sino que tan solo se fue por un tiempo limitado. Porque ella nos es absolutamente fiel, siempre regresa a nosotros sin que tengamos que llamarla en cada amanecer.

Nuestras tristezas y depresiones dan cuenta de que algo en nosotros está en crisis. Como si de pronto nuestra propia luz, que nos ilumina día tras día, empezase a ser menos segura. En su lugar aparecen nuevas oscuridades, que se encargan de sembrar de dudas nuestra cotidianidad.

Para el suicida, se apagaron todas las luces sin que alguna esperanza le asegure de que sí es posible que nuevas luces iluminen tanto el presente y nuevos futuros gratificantes. Para quien se decide por la muerte, sus luces se apagaron hace mucho rato y nadie se había dado cuenta de ello: nadie había reparado en que las esperanzas ya habían desaparecido. Desde hace mucho tiempo, camina solo en una oscuridad que se acrecienta día tras día.

Cuando no hay luz, cuando la oscuridad la reemplaza. Cuando esta falta de luz se prolonga, son muchos los que caen en una especial depresión a la que los otros no prestan atención alguna. El miedo a la oscuridad tiene la misma edad que la aparición del ser humano.

Los niños no siempre lloran por frío o hambre. Lloran porque no ven, no sienten, no tocan o no huelen a su madre. Ella es la luz que lo sostiene.

Por ende, la soledad, en cualquiera de sus formas, constituye la peor de todas nuestras dolencias. No pocos niños mueren diariamente en brazos de perversas soledades creadas propositivamente. En la soledad habitan los fantasmas de la muerte.

Cuando nuestra propia y personal luz entra en crisis, corremos el riesgo de caer víctimas de aquella oscuridad existencial que no se cura con antidepresivos sino con adecuadas y duraderas compañías. Porque la depresión es solo un síntoma, de la misma manera que la fiebre.

[PANAL DE IDEAS]

Rodrigo Tenorio Ambrossi
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