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15 de Junio del 2020
Ideas
Lectura: 7 minutos
15 de Junio del 2020
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Ética de corruptos?
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Ética de gallinazos. Ese gran grupo de vivarachos y ancestralmente malos utilizó la epidemia para enriquecerse a sangre fría. Se tiene la impresión de que se trataría de una remesa de gente joven que aprendió el arte de oler bien y a mucha distancia la presa para su festín.

¡Cuán difícil y duro aceptar que de pronto nos enfrentamos a una nueva realidad existencial en la que ya no se puede volver la mirada atrás! Hay un pasado con el que ya no se contará más. Si no lo hacemos, irremediablemente nos acontecerá aquello que le aconteció a la mujer de Lot: nos convertiríamos en estatuas de sal, es decir, en inútil añoranza. Solo resta poner los ojos en este presente y no cesar de prepararnos para el futuro inmediato. 

La verdad es que aún no superamos la epidemia y, sin embargo, a una buena parte del país le da igual, por lo mismo, ha vuelto a su antigua cotidianidad, casi como si nada. Por más que las autoridades hayan modificado los semáforos, en la mayor parte del país el mal sigue presente y no cesa de producir más contagios y de acrecentar el número de fallecidos. Es cierto que las condiciones hospitalarias han mejorado notablemente, pero no tanto como se pensaría. Al ritmo que vamos, en pocos días harán falta más camas porque las disponibles se agotan.

Incluso no pocos epidemiólogos afirman que el mal vino a quedarse. ¿Será cierto? Pero no hay mal que dure mil años ni cuerpo que lo resista. De todas maneras, las condiciones hospitalarias responden a lo que es el país: pobre país de pobres administradores y políticos. Si no fuese así, no sería tan fácilmente botín de los grandes y pequeños corruptos que constituyen la segunda, o quizás la primera, epidemia que nos azota desde hace muchos años. 

Lo grave es que en un sector de la sociedad se ha estatuido una especial cultura de la corrupción con sus propias éticas y estéticas. Hasta se podría hablar de una ética de gallinazo. Esto es terrible, desde el punto de vista social. Pero no es ni justo ni políticamente ético que el gobierno le de las espaldas, como si nada. Es cierto que el solo mirarla causa repugnancia. Sin embargo, el gobierno, acostumbrado a los meandros de la política, debería ser más explícito y operativo respecto a la corrupción, por lo menos a la que tiene que ver con su equipo. ¿Qué allí no hay corruptos? El más imposible de los imposibles.

Ética de gallinazos. Ese gran grupo de vivarachos y ancestralmente malos utilizó la epidemia para enriquecerse a sangre fría. Se tiene la impresión de que se trataría de una remesa de gente joven que aprendió el arte de oler bien y a mucha distancia la presa para su festín. 

Ética de gallinazos. Ese gran grupo de vivarachos y ancestralmente malos utilizó la epidemia para enriquecerse a sangre fría. 

Los presupuestos para la adquisición de los equipos e insumos destinados a la atención de pacientes y proteger al personal de salud constituyeron ese cuerpo sobre el que cayeron para robar y engordar. Ocasión calva. Total: el vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo. Y si además se trata de enfermos graves y también de ya fallecidos, ¿de qué sirve la honradez? Por cierto, la vida posee sus propias regulaciones: hay tiempo para vivir y tiempo para morir, tiempo para perder y tiempo para engordar las cuentas bancarias. 

Es propio de inteligentes y listos sacar provecho de toda oportunidad. Y oportunidades como las actuales son calvas. Cuando todo el país se halla totalmente preocupado en no contaminarse o en curarse y no morir, ¿quién va a tomar en cuenta si una mascarilla que cuesta un dólar se lo adquiere en diez? Lo que importa es el respirador que salva vidas y no su costo real o corrupto. Y los que por desgracia se muren, qué pena, pero tampoco a ellos les importarán los costos reales o corruptos de su ataúd. 

La lógica de los corruptos es elemental y absolutamente eficiente. Y lo son también las estrategias que se utilizan para que el crimen no aparezca. Si el país se halla envuelto en el olor de los muertos y en el dolor de las desesperanzas y los temores, ¿quién va a preocupará de la corrupción y sus pestilencias?

Está bien, muy bien, que el Estado persiga a los corruptos. Que las fiscalías General y las provinciales no dejen pasar ni un solo caso sin investigar a profundidad para que aparezcan de cuerpo entero los actores, los cómplices y también los encubridores que estarán en todas partes. Porque sin la vista gorda y el silencio de unos, otros no podrían hacer su agosto.

Es preciso que el país y las autoridades de sistema judicial se convenzan de que esta clase de corrupción no puede ser entendida solamente como un acto aislado sino como una actitud específica que nace de un posicionamiento social ante el mal convertido en condición de vida de los corruptos. Si se lo viese tan solo como acto, no se entendería la verdadera dimensión de un conflicto que no es personal sino eminentemente social y político.

No es suficiente atrapar al delincuente y recuperar el objeto robado. Se trata de reconocer que se ha construido un sistema social, político y ético que rige a un importante grupo de personajes íntimamente ligados a la política del país de hoy y al de ayer. También ayer se los denunció, pero el poder y la justicia se hicieron de la vista gorda. Porque a un sector de ambos también le agrada la carroña. ¿Hasta cuándo seguirá así el país?

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