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8 de Junio del 2018
Ideas
Lectura: 6 minutos
8 de Junio del 2018
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Ética, no cosmética
En los nombramientos de ciertos colaboradores, ¿qué pesa más para el presidente Lenín Moreno? ¿La ética de lo público, la decencia? ¿O pesan más los compromisos partidistas, personales, familiares; las afinidades ideológicas, las componendas inconfesables?

Los gobiernos se legitiman desde la moral. Sus decisiones, por pequeñas o grandes que sean, no solo deben ser efectivas, justas, apropiadas y oportunas; deben ser, sobre todo, éticas. La ética se expresa en las decisiones, en el obrar bien, conforme a la moral. Un gobierno ético toma decisiones basadas en principios, en el sentido común y en la justicia.

Cabe entonces preguntarse si, por ejemplo, varios actos del Gobierno cumplen con esos requisitos. Actos de gobierno como varios nombramientos o apoyo a designaciones. Debiéramos preguntarnos, por ejemplo, si el nombramiento del ex ministro de Defensa, Patricio Zambrano, al cargo de representante del Ecuador ante la UNESCO, en París, es un nombramiento ético. Puede ser legal e incluso legítimo; el presidente Moreno tiene todas las atribuciones para ello. Pero el paso de Zambrano por el Ministerio de Defensa; las consecuencias que tuvo su administración y la displicencia con que asumió el delicado papel en esa cartera hace que la designación en París sea vista por algunos sectores como un inmerecido premio; es más, como una afrenta al país. ¿Qué pesa más para el presidente Lenín Moreno? ¿La ética de lo público, la decencia? ¿O pesan más los compromisos partidistas, personales, familiares; las afinidades ideológicas, las componendas inconfesables?

Más allá de lo personal, pues el doctor Zambrano merece todo el respeto en ese sentido, hablamos en el marco del ejercicio del servicio público. Porque el exministro no tiene toda la culpa: era la persona menos apropiada en el peor momento. Su nombramiento como ministro tampoco fue fruto de un ejercicio ético: fue fruto de una componenda política. Por tanto, lo que se quiera achacar a la administración de Zambrano, tiene —además— ese pecado original.

Lo propio debiera decirse de la situación de la canciller María Fernanda Espinosa. Su autista campaña para conquistar la presidencia del 73 periodo de la asamblea general de las Naciones Unidas tuvo una serie de justificaciones. En su vía crucis, los familiares de los periodistas de El Comercio asesinados, los familiares de los ciudadanos que permanecen secuestrados, la señalaron como indolente con ese drama humano y la acusaron de privilegiar su afán de prestigio personal antes de jugársela por el Ecuador y la vida de los secuestrados en la crisis de la frontera. A todas luces una ausencia de ética y un déficit de compasión.

Ese mal trabajo en la Cancillería fue también premiado por Moreno. Con lo cual, el presidente demostró que, en este caso, sus afectos personales, políticos e ideológicos, estaban por encima de la moral. La cereza del pastel en esta extraña y afectuosa relación Moreno/Espinosa, fue la confesión del presidente de que había resignado la majestad de su cargo y su responsabilidad para permitir que la canciller otorgara la cédula ecuatoriana a Julian Assange, en el inmoral afán de engañar a un país como el Reino Unido. Y no solo eso; de haber permitido que Assange convirtiera la Embajada ecuatoriana en Londres en centro de operaciones de varias conspiraciones injerencistas de impacto mundial. 

Se podría esperar un poco de vergüenza, como mínimo, de estos personajes. Que pongan por delante su decencia para rechazar o no aceptar un nombramiento inmerecido, y que deja una estela de dudas sobre el cumplimiento de sus responsabilidades y una estela de dolor en mucha gente. Pero eso no es posible. Hace mucho tiempo que no somos testigos de un acto de decencia que provenga de las filas del correísmo.

Ahora tenemos la enorme duda, con estos antecedentes, de que las ternas que enviará el Presidente para las Superintendencias —que debe elegir el Consejo de Participación Ciudadana— estén basadas en una decisión ética. Por ejemplo, ¿cómo estar seguros si la terna para la Superintendencia de Control de Poder del Mercado, estará conformada por candidatos idóneos? Esto es, que no respondan a intereses de grandes grupos monopólicos. ¿Se puede confiar en que quienes nombran las ternas desde la Presidencia, no responden a intereses particulares para que el nuevo superintendente de control de poder del mercado defienda los intereses de los oligopolios y no de los ciudadanos consumidores y demás actores económicos que buscan una competencia leal y de juego limpio? Tenemos legítimo temor de que se pretenda —violando el debido proceso, los requisitos y la ética— poner un ratón a cuidar el queso.

Un gobierno se legitima o deslegitima desde la moral. Los actos de su gobierno, los personajes que acompañan el gobierno, deben ser éticos, no cosméticos. Cuando los gobiernos generan malos hábitos y optan por premiar a gente que no se lo merece y poner el servicio público al servicio de intereses particulares, el mensaje para la sociedad es perverso.

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