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11 de Noviembre del 2019
Ideas
Lectura: 10 minutos
11 de Noviembre del 2019
Adrian Bonilla

Profesor de FLACSO. Ha sido Director de la Sede Ecuador y Secretario General para América Latina de esa organización. Ex Secretario Nacional de Educación Superior. Investigador en temas de política y relaciones internacionales

Éxtasis y agonía del ciclo político: Bolivia y las democracias en América Latina
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Bolivia mostraría que el tejido institucional —y el ciclo “democrático” latinoamericano— que comenzó en los años Ochenta está socialmente al límite de sus posibilidades y políticamente muy deshilachado.

La “invitación” de las Fuerzas Armadas bolivianas a que el presidente considere su dimisión y la posterior renuncia de aquél, además de plantear temas políticos contingentes a la realidad inmediata de ese país, como por ejemplo  la legitimidad del proceso electoral, la legalidad de la participación del ex mandatario por cuarta ocasión como candidato, el papel de las movilizaciones y de la OEA, así como de la conducta de policías y militares durante el conflicto, evoca la pregunta de si el ciclo político de gobiernos civiles en América Latina, que ha durado desde los años Ochenta del Siglo XX hasta la actualidad, sigue vigente y si el tipo de sistema político que se implantó desde ese entonces puede resistir a las demandas de las sociedades.

Hay síntomas de agotamiento de los sistemas políticos regionales, particularmente en los sudamericanos.  Tres dinámicas pueden ilustrar este fenómeno. Una primera, tiene que ver con el colapso de las capacidades gubernamentales de dar salida a las demandas de la sociedad. Una segunda es la vulnerabilidad de la región a los cambios de la economía mundial en un contexto de globalización onerosa; y una final, que es la ruptura de los pactos fundacionales de la re-democratización de hace 30 años que se expresaron en la idea de elecciones libres, control civil de las fuerzas de seguridad, y transacciones de justicia tradicional para beneficio de quienes ejercieron el poder dictatorialmente.  Las dos primeras características han sido retadas sistemáticamente. Este texto reflexiona en concreto sobre la última dinámica: la fractura del ciclo político “democratizador”.

Los ciclos políticos latinoamericanos

No hay vida eterna de las instituciones políticas. A lo largo de  su historia América Latina, que a pesar de su heterogeneidad tiene una enorme cantidad de afinidades políticas, ha vivido distintas experiencias. Si nos fijamos en la región desde la segunda mitad del Siglo XX veremos un ciclo de dictaduras militares y civiles que convivió con regímenes de origen electoral hasta los años Sesenta seguido de un proceso efímero de democratización en varios países, el mismo que fue cegado por las dictaduras militares de los Setenta, y a partir de los Ochenta una vuelta a los gobiernos originados en elecciones.

¿Qué permitió la apertura este ciclo, el más largo de la historia de la región caracterizado por  gobernantes civiles producto de procesos electorales? Probablemente otras tres circunstancias: a) Cambios en los modelos de desarrollo y  procesos de modernización que terminaron, en la mayor parte de los países, con las sociedades oligárquicas pre modernas. b) Un contexto internacional determinante, identificado por la capacidad de incidencia (en esos años mucho mayor que ahora) de los Estados Unidos, y concretamente del presidente Carter; y c)  el deterioro institucional y político en todos los casos de las Fuerzas Armadas de los países que terminaron, como en la experiencia de las Malvinas, evidenciando su incapacidad para cumplir sus misiones fundamentales de Defensa.

No hay vida eterna de las instituciones políticas. A lo largo de  su historia América Latina, que a pesar de su heterogeneidad tiene una enorme cantidad de afinidades políticas, ha vivido distintas experiencias.

Los acuerdos de transición en quiebra

Los procesos de retorno a la gobernabilidad civil fueron, en todos los casos, resultado de acuerdos entre militares, actores políticos y sociales domésticos y en mayor o menor medida, actores internacionales. América Latina volvió a elegir presidentes y parlamentos en procesos relativamente confiables y transparentes, sujetos a observación internacional imparcial; pero también en todos los casos acuerdos explícitos legalmente o implícitos otorgaron distintos grados de inmunidad a los gobernantes dictatoriales, excepto en casos de lesa humanidad que se tramitaron durante décadas en tribunales internacionales. Aunque las Fuerzas Armadas en distintos estados, mantuvieron altas capacidades autonómicas, dejaron de intervenir en todos los asuntos del Estado y se subordinaron a las decisiones civiles sobre asuntos económicos y políticos, aunque no necesariamente de seguridad y defensa. Pues bien, este esquema de pacto fundacional de la democracia está en tensión o ha sido roto en varios escenarios.

Cuestionamientos serios a la transparencia electoral fueron muy intensos en muchos comicios  de la década pasada y también de ésta. Conflictos importantes por los resultados y los procedimientos  fueron registrados en países como Haití, México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Venezuela, Brasil, Ecuador y la más reciente: Bolivia, entre otros.  Los retos a la idea de elecciones libres no se refieren exclusivamente al proceso electoral, su organización y escrutinio, sino también al desarrollo de escenarios políticos en donde tendencias o personajes han cuestionado su exclusión, que pudo haber sido determinante en los resultados finales. Si la institución que legitima por definición cualquier gobierno civil se encuentra en deterioro y es usada en beneficio de unos actores y en perjuicio de otros, independientemente de su ideología, entonces, el conjunto del sistema político democrático también se debilita.

El advenimiento de los progresismos en la década pasada no pudo refrescar los sistemas políticos; de hecho cuando los problemas económicos se agudizaron, las respuestas fueron la clausura de espacios de participación y restricciones.

La emergencia de opciones políticas que bloquean la alternabilidad es un hecho adicional que reta al sistema. También de prácticas partidistas y gubernamentales  que acosan o persiguen a los adversarios, independientemente del signo ideológico de gobiernos y oposiciones en donde el hecho se produce, pone tensión adicional sobre las instituciones. El advenimiento de los progresismos en la década pasada no pudo refrescar los sistemas políticos; de hecho cuando los problemas económicos se agudizaron, las respuestas gubernamentales fueron la clausura de espacios de participación y restricciones que terminaron poniendo en duda la idea misma de democracia en algunos casos. Las derechas tampoco han sido más tolerantes. Si los modelos políticos y económicos se encuentran asediados y no hay respuestas, entones el régimen mismo que se inauguró en los años Ochenta en América Latina probablemente se encuentra ad portas de una nueva transición histórica que, desafortunadamente, no parece ser más democrática.

Hay, además, un problema estructural. Los casi treinta años del ciclo democrático evidencian un desempeño muy mediocre de la región en crecimiento económico pero sobre todo en desarrollo social, desarrollo humano. Los indicadores de pobreza no brindan optimismo; los de equidad son dramáticos, y los de infraestructura tampoco ilusionan. Es alucinante la cifra de recursos económicos y monetarios de América latina transferidos hacia otras regiones del mundo. La globalización supuso un espacio de competencia y no de complementariedad entre las economías nacionales. En ese contexto, los gobiernos no son capaces de proveer con servicios y recursos suficientes a las expectativas de la población, sobre todo la más pobre. Educación, seguridad social, salud, vivienda son deficitarias prácticamente en todos los países, y el resultado lógico de esto es insatisfacción social que pone en asedio a los sistemas políticos. La ola de movilizaciones masivas en la región ilustra esto.

Más democracia

La crisis boliviana resume de alguna manera el conjunto de las tensiones. Nuevamente los militares son protagonistas, igual que la policía que, como en el resto de América Latina, ha crecido de manera vertiginosa en los últimos años y se ha convertido en un actor político en todos los países. El presidente renunciante termina su período antes de tiempo. La elección, cuyo cuestionamiento enciende la hoguera, es el resultado de la omisión de una disposición constitucional y del resultado de un referéndum. El proceso político construye la explosiva mezcla de militares, policías, caudillos regionales decidiendo el destino del país con un escenario de movilización y enfrentamiento. No se trata de una transición democrática by the rules, pero no es el único caso en América Latina en donde también hay procesos autoritarios muy vigentes.

Bolivia mostraría que el tejido institucional —y el ciclo  “democrático” latinoamericano— que comenzó en los años Ochenta está socialmente al límite de sus posibilidades y políticamente muy deshilachado. Ahora bien, en ese caso, y en los otros, las posibilidades de mejorar la democracia, no se resuelven con autoritarismo o intolerancia, sino con más democracia, y la verdad es que un escenario distinto, de dictaduras populares o confesionales o ¡militares! no es mejor en ninguna sociedad, en ningún país.

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