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9 de Marzo del 2015
Ideas
Lectura: 6 minutos
9 de Marzo del 2015
Natalia Sierra

Catedrática de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Quito 

¿Feliz día de la mujer?
Personalmente, no entiendo el significado que tienen los regalos que circulan por las instituciones, las fábricas, los hogares, los centros comerciales, los espacios públicos, todos escenarios marcadamente masculinos, a no ser, claro está, que este día haya sido reducido a otro pretexto para el perverso consumo mercantil.

Este ocho de marzo, como muchos otros que recuerdo de años anteriores, flores, chocolates, felpas y todo tipo de regalos se ofertan en el mercado para celebrar el día de la mujer. Ante esta experiencia, no tan grata, muchas veces me he interrogado ¿qué es lo que estamos celebrando? Creo que antes de intentar contestar la pregunta es necesario recordar que:

Un 8 de marzo de 1857, un grupo de obreras textiles tomó la decisión de salir a las calles de Nueva York a protestar por las míseras condiciones en las que trabajaban.

Distintos movimientos se sucedieron a partir de esa fecha. El 5 de marzo de 1908, Nueva York fue escenario de nuevo de una huelga polémica para aquellos tiempos. Un grupo de mujeres reclamaba la igualdad salarial, la disminución de la jornada laboral a 10 horas y un tiempo para poder dar de mamar a sus hijos. Durante esa huelga, perecieron más de un centenar de mujeres quemadas en una fábrica de Sirtwoot Cotton, en un incendio que se atribuyó al dueño de la fábrica como respuesta a la huelga.

Queda claro, con lo citado, que las primeras luchas de las mujeres obreras fueron  reprimidas con su asesinato, crimen que reafirmaba y ampliaba en la esfera productiva una historia de violencia estructural contra la mujer. La violencia dentro de la vida privada doméstica se había extendido a la vida pública productiva, a la cual nos habíamos incorporado. La violencia patriarcal ejercida por la Iglesia y el marido se amplió a la ejercida por el patrón y el Estado. De este modo, la incorporación de la mujer al circuito de la producción industrial, más que un logro, significó el ensanchamiento y profundización de la opresión  machista, pues se sumó la explotación directa de la lógica capitalista.

A la opresión en el ámbito doméstico, que establecía la base reproductiva de la explotación a los obreros (maridos) y a los futuros obreros (hijos), es decir, a la familia de los trabajadores asalariados, se sumó la explotación directa en el mismo momento en que fuimos convertidas en mano de obra barata.

A partir de los años treinta del siglo pasado, cuando sobre nuestros cuerpos ya recaía el peso asfixiante de la tarea reproductiva y productiva del capitalismo, una nueva carga opresiva se nos impuso dentro de la estructura patriarcal, que ha configurado el género en la Modernidad.

No bastaba garantizar la reproducción de la familia de los trabajadores asalariados, ni aún ser nosotras mismas trabajadoras asalariadas, el capitalismo patriarcal nos demandaba extender el consumo mercantil en función de asegurar la acumulación de capital.

El modelo “soñado de la familia norteamericana”, fabricado por la naciente industria cultural, exigió  que la mujer se transforme en compradora compulsiva de objetos para el hogar, con lo cual se incrementaba el movimiento del mercado y se aseguraba la ganancia. De esta manera, la ampliación del consumo doméstico, obligado para las mujeres, se convirtió en una especie de alucinógeno que nos anestesiaba contra la opresión y la explotación capitalista.

Para los años 60s, el rol de esposa-madre, trabajadora asalariada y consumidora familiar resultaba demasiado poco para la voracidad del capital, era necesario convertirnos en instrumentos sexuales para el mercado de la diversión masculina. Así, en poco tiempo nos construyeron en imagen publicitaria, válida para cualquier mercancía que se quería comercializar. Se estableció, de este modo, el obsceno prototipo sexualizado de  mujer que sería ofertado en el mercado del sexo. Consecuencia obvia de este itinerario femenino -desde la imagen de la mujer “madre/virgen”, hasta la imagen de la mujer “instrumento/sexual” (impuesto por la violencia machista de la reproducción de capital)-, hoy asistimos a la más brutal explotación, opresión y violencia contra la mujer, quien es esclavizada en el mercado mundial de la prostitución. Es importante señalar que la violencia de las fuerza destructivas del capitalismo extractivo ha recaído con especial dureza en las mujeres campesinas e indígenas que defienden sus territorios naturales y comunitarios.

Esta es la historia violenta del capitalismo patriarcal que las mujeres hemos padecido, resistido y contra la cual hemos luchado. Esta es la historia que debemos rechazar cada 8 de marzo, tanto como debemos conmemorar la lucha diaria que cada mujer realiza en el ámbito privado y público.

Personalmente, no entiendo el significado que tienen los  regalos que circulan por las instituciones, las fábricas, los hogares, los centros comerciales, los espacios públicos, todos escenarios marcadamente masculinos, a no ser, claro está, que este día haya sido reducido a otro pretexto para el perverso consumo mercantil.

Definitivamente no hay nada que celebrar, sí reafirmar nuestra voluntad de seguir luchando contra la dominación masculina, tan perversa tanto para las mujeres como para los hombres. De los compañeros esperaría no un regalo, sino su absoluto compromiso de luchar juntos por la equidad en nuestras relaciones, contra el capitalismo y el patriarcado, por la emancipación humana.

[PANAL DE IDEAS]

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