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29 de Noviembre del 2016
Ideas
Lectura: 10 minutos
29 de Noviembre del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

¿Fin de las utopías?
Nadie puede poner en duda la indómita voluntad de Fidel Castro. Pero los resultados alcanzados tras cincuenta años de revolución distan mucho de la utopía que le inspiró. Lo mismo pasó con la ex URSS, la China y los demás países socialistas.

Cada vez que muere un líder que consagró su vida a una causa que sigue marcando una tendencia contraria al sistema social imperante se vaticina el fin de la historia. Así como lo proclamó Francis Fukuyama con la caída del muro de Berlín. La muerte de Fidel Castro Ruz vuelve a abrir este debate. ¿No hay lugar para las utopías?

Sin duda, una revolución como la cubana suscitó muchas expectativas. No fue igual a la soviética de 1917 ni a la china de 1949. Fue una revolución caribeña que mostró el potencial libertario de América latina. Desde luego que se inscribió en la guerra fría, y sufrió sus sacudones. El alineamiento de Cuba con la ex URSS y con el campo socialista no obedeció únicamente a razones ideológicas, sino pragmáticas. Ello le permitió desafiar al poder norteamericano, a lo que los gobernantes latinoamericanos conservadores no se habían atrevido. En palabras de Carlos Rangel, analista político venezolano, “hasta Fidel Castro ningún otro estadista latinoamericano volverá a tener una visión estratégica de la política mundial, tal como se la juega, fría y despiadadamente entre las grandes potencias”

El bloqueo e invasión norteamericanos a Cuba creó las condiciones para trasladar la guerra fría a América latina. La Alianza para el Progreso, impulsada por el presidente Kennedy, quiso demostrar que también en el capitalismo era posible llevar a cabo reformas económicas y sociales como las que había emprendido Cuba, en el marco de una revolución socialista.  Se pretendía con ello detener el avance del ejemplo cubano. Sin embargo, con el asesinato de Kennedy, la Alianza para el Progreso se vino para abajo, y otros vientos soplaron en el estado mayor norteamericano. Las dictaduras del cono sur, en especial la que se implantó en Chile, ya no apostaron por el reformismo sino por la imposición de un modelo de capitalismo salvaje. La democracia salió así devastada.

El anticomunismo se aposentó en América latina y dio paso a corrientes ultraconservadoras que, agazapadas en las dictaduras militares, se opusieron a los cambios reclamados por la sociedad. En el Ecuador una dictadura militar reformista (1972-1976) sentó las bases de su modernización económica y política. El retorno a la democracia en 1979 institucionalizó esos cambios y abrió nuevamente la confrontación entre un estado desarrollista y el capitalismo salvaje. Los altibajos de esta confrontación marcan el carácter que ha tenido el proceso democrático ecuatoriano. El advenimiento de la llamada “revolución ciudadana” se inscribe en este contexto. No ha podido columbrar los objetivos que se planteó, acaso porque su líder no se percató del “cambio de época”: el mundo dejó atrás la guerra fría.

¿Son las utopías inviables?

En la campaña electoral que se viene, los candidatos, a su manera, proponen utopías, esto es, proyectos de estado y sociedad que implican cambios mayores o menores. Es frecuente constatar la distancia entre esos ofrecimientos y las realizaciones cuando los candidatos electos asumen sus funciones. En este caso, igual que en las grandes revoluciones, la factibilidad de los cambios depende no solo de la correlación de fuerzas, del poder alcanzado, sino de la capacidad de gobierno. Por ello es que los gobernantes no pueden lanzarse solos al vacío. Requieren de equipos de gobierno altamente calificados en los que prime una visión integral, sistémica de la realidad. El voluntarismo político, por ejemplar que sea, no es suficiente para hacer realidad un sueño.  

Eso es lo que pasó en Cuba. Nadie puede poner en duda la indómita voluntad de Fidel Castro. Pero los resultados alcanzados tras cincuenta años de revolución distan mucho de la utopía que le inspiró. Lo mismo pasó con la ex URSS, la China y los demás países socialistas. China, por ejemplo, más que al socialismo se ha enrumbado hacia  el capitalismo de estado, a través de una monumental concentración del poder en manos del actual presidente Xi Jinping. 

Hay, pues,  un gran conflicto entre el sueño y la realidad. Ello, por cierto, no le da la razón al sistema capitalista imperante. La victoria de Trump en los Estados Unidos patentiza la vigencia que siguen teniendo las utopías. Éstas no son buenas ni malas per se. Dependen de su implementación, de la capacidad de los liderazgos para sortear los obstáculos, para generar intercambios de problemas favorables para la población. O sea, no cabe jugarse el todo por el todo por un gran objetivo como la justicia social, cuando el precio es la destrucción de la democracia. Tampoco cabe renunciar a todo, aun a la justicia social, en nombre de la democracia, entendida ésta como el régimen que privilegia la igualdad política a despecho de la desigualdad social. En Estados Unidos la democracia ha sufrido un retroceso; ya no es el modelo que se enarboló en la guerra fría y se contrapuso a la “dictadura del proletariado”; caído el muro de Berlín y luego del ataque terrorista a las torres gemelas, Estados Unidos optó por un estado hobbesiano, el del Leviatán, acorazado como garante de un nuevo “estado de naturaleza”, ante las acechanzas del terrorismo.  

¿Qué es la capacidad de gobierno y por qué es relevante en la democracia?

Si las instituciones democráticas amparan una cada vez “mayor inclusión popular y participación efectiva en el gobierno y la vida política” los cargos públicos deben ser ocupados por representantes dotados de conocimientos sobre las cuestiones acerca de las cuales les toca decidir. Sartori lo explica con sencillez: “no se puede distribuir indiscriminadamente permisos de conducir a todos con independencia de que sepan conducir o no”.

La capacidad de gobierno no tiene que ver solo con la inteligencia de un líder, tampoco con su carisma, con su voluntad, su ideología o su entrega. Tiene que ver también con la sabia utilización de los recursos no solo económicos, sino culturales, políticos, organizativos. Con la phronesis de la que hablaban los griegos, esto es, con la inteligencia práctica. El ideologismo enceguece a muchos líderes, bien sean de derecha o de izquierda. Sin el apoyo de la técnica, de una técnica hermanada con las humanidades, los gobiernos pierden el rumbo y llegan a remar en contra de sus propios principios, ideales e intereses.

La dirección estratégica de un gobierno entraña la capacidad de conjugar la política con la economía. En ese plano Cuba fracasó al no desterrar la pobreza. Echar la culpa de ello a los Estados Unidos le dio réditos políticos. La dependencia en la que cayó de la ayuda soviética y luego de la de Venezuela, revelan que la “hegemonía” política careció se soporte económico. Una revolución no puede eternizarse en el tiempo. Esta es la lección que deja Cuba. Tras la revolución viene el período de la sedimentación, de la institucionalización, de la cosecha. No se le puede pedir a un pueblo sacrificios prolongados e indefinidos; la economía le puede pasar la factura a la política.

Tras la muerte de Fidel se verá cuánto de lo que él sembró perdura, y cuánto queda en la historia o en el olvido. La historia es el (la) gran juez (a) de la acción política y revolucionaria de los líderes. Ella revela la solidez de la capacidad de gobierno en la que se sustentó tal liderazgo. Esta premisa es válida no solo para la revolución sino para la democracia. Los candidatos a la presidencia también serán juzgados cuando tras de ser electos incumplan con sus promesas de campaña. En este caso, más pronto que la historia, serán evaluados y hasta castigados en las urnas al concluir su mandato. Las emociones de la campaña son efímeras. El engaño desaparece con el primer embate de la realidad. 

Ese veredicto periódico que el pueblo realiza en la democracia queda suspendido en un régimen basado en la infalibilidad del líder. El margen de error en esas condiciones es mucho mayor. La recuperación de ese derecho es el gran desafío que hoy enfrenta el pueblo cubano. Es lamentable que ese derecho recién se lo pueda ejercer no al término de un mandato sino al final de la vida del líder.

Las grandes ideologías corren el riesgo de perecer si no fructifican en movimientos sociales, partidos políticos, corrientes de opinión, estados democráticos que les den vida, las fortalezcan y recreen. Tales ideologías deben renovarse y admitir sus limitaciones e incoherencias con las prácticas que generan. Éstas conducen a contradecir el valor y aceptabilidad de ellas; de manera tal que se termina haciéndole el juego a las ideologías contrarias. La derecha suele capitalizar las derrotas de las revoluciones fallidas.

[PANAL DE IDEAS]

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