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28 de Junio del 2016
Ideas
Lectura: 6 minutos
28 de Junio del 2016
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

¿Finalmente la paz para Colombia?
Colombia no olvidará a las víctimas de más de medio siglo de violencias porque hacerlo podría volverse patológico. Sin embargo, a todos conviene la paz justo para que se logre construir los espacios indispensables que permitan la elaboración de duelos colectivos, familiares y personales. Sin la paz no hay duelo sino venganza.

No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Colombia ha padecido por más de cincuenta años la presencia de la guerrilla fundada sobre las reales e imaginarias cenizas del bandolerismo. Camilo Torres, que estudió sociología en Bélgica y daba clases en la Universidad Nacional, no se unió al nuevo grupo insurgente para robar y asesinar. Él estaba convencido de que, sin la toma del poder, sería imposible ningún cambio social. Y este fue el único propósito de la aventura de un cura intelectual descendiente directo de Camilo Torres, héroe de la independencia de Colombia. A un cura se lo asesina fácilmente. Entonces el poder creyó que matando al perro se acaba con la rabia. Lo grave es que ciertos mandatarios aun siguen convencidos de ello.

¿Por qué las armas y no las palabras? ¿Por qué la violencia y la muerte y no el canto a la vida? La verdad es que, a lo largo de la historia de Occidente, ningún cambio real se ha producido en las mesas de discusiones ni en las aulas universitarias. Y no porque la palabra carezca del suficiente valor para convencer y provocar cambios. Sino porque el poder político siempre está en manos de quienes se apoderan de él para lucrar en todos los ámbitos posibles. ¿Cuándo el poder ha sido capaz de producir cambios radicales en un país? Creer en ello, sí que sería como pedir peras al olmo. El poder consiste en la capacidad de ordenar, imponer, disponer. Al poder, primero y ante todo, le interesa su propio bienestar y luego el de todos aquellos que lo sostienen. Antes que nada, el poder no democrático se sostiene en su capacidad de administrar la muerte.

Ningún poder legítimamente estatuido ha provocado revolución alguna, verdadera y sostenible, que no sean esas revoluciones de palabras y papeles tras las que se esconden todas las miserias humanas. Incontables los movimientos políticos y jefes de Estado revolucionarios que lograron el poder y que, inmediatamente se olvidaron hasta de la palabra revolución. A esos predicadores de la revolución Velasco Ibarra les aconsejaba a que primero la hagan en sus almas para luego predicarla y ejecutarla con el pueblo. La revolución social implica respeto y logro de equidades en justicia y en derecho.

A lo largo de casi medio siglo, las Farc han cometido crímenes de toda índole: han asesinado sin misericordia alguna a niños y adultos, a mujeres y hombres, a jóvenes y ancianos. Sus manos se hallan manchadas con la sangre de miles de colombianos, todos inocentes. Si algún dirigente de las Farc del movimiento cree tener las manos limpias es seguramente, como decía Camus, porque no tiene manos.

Pero, sin duda, su mayor crimen y del que tienen que dar cuenta es el haber secuestrado a niñas y niños campesinos para enseñarles, contra su voluntad, el arte de asesinar a sangre fría a todo aquel que se cruce en su camino. Y el asesinato a niñas y niños que ofrecieron resistencia. Pero ya no se puede dar marcha atrás porque la historia reclama tanto el cese de los asesinatos como la reconciliación de todos los colombianos.

Es imaginable dar marcha atrás, a título de justos jueces, para reclamarles y exigirles aquello que ya no pueden dar. Las Farc no se rinden sino que acuerdan desaparecerse a sí mismas, anularse. Dejar de ser. Ya no más nada de ellas en parte alguna del territorio nacional. Muchas cosas se dejan conscientemente a que la historia juzgue, analice y sentencie. Pero no más derramamiento de sangre inocente bajo ningún pretexto del orden que fuese. No más violencia a nombre de la revolución, la palabra más prostituida del léxico político latinoamericano. No más absurdas venganzas ni más delirios de equidad y de justicia universales.

Colombia no olvidará a las víctimas de más de medio siglo de violencias porque hacerlo podría volverse patológico. Sin embargo, a todos conviene la paz justo para que se logre construir los espacios indispensables que permitan la elaboración de duelos colectivos, familiares y personales. Sin la paz no hay duelo sino venganza. Es preciso, pues, dar una nueva sepultura a todos los muertos de esa violencia que bañó en sangre el territorio nacional y el sistema simbólico del país.

Ya no más aquellas fatídicas revoluciones con las que se enmascaran la sed de venganza y el insaciable apetito de poder y de riqueza. Es preciso reconocer que revolución, en nuestro idioma, es la palabra que ha sido prostituida hasta no poder más. Aquí y en muchas otras partes. En los lenguajes de quienes se apoderan del poder como de las cohortes de acompañantes y que medran sin cesar de los grandes beneficios de esas revoluciones de pancartas o de palabras huecas. No más revolución de cancionero. No más revolución de mazapán. Basta ya de revoluciones que han servido para que los avispados y sus cohortes se apoderen del poder y conviertan a los países y sus bienes en propiedad privada. Que a todos nos sirva recordar que en estos cincuenta años se habrían producido más de 200.000 muertos y por lo menos 45.000 desaparecidos.

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