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15 de Octubre del 2019
Ideas
Lectura: 8 minutos
15 de Octubre del 2019
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Fracturas sociales
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El levantamiento indígena en el caso de octubre de 2019, se vio contaminado por la infiltración correista que se coló para desencadenar la violencia y provocar la caída del gobierno de Lenin Moreno. El intento fracasó, pero quedó una sensación de dolor por los daños ocasionados, en especial a Quito.

Los sucesos ocurridos en Quito desde el 4 de octubre no responden solo a motivaciones coyunturales. El Decreto 883 fue el desencadenante, pero atrás hay un acumulado histórico que tiene hitos claves.

Uno de ellos se ubica en la Revolución liberal. La antropóloga Mercedes Prieto, en un libro publicado en 2004, la calificó como liberalismo del temor, refiriéndose a la actitud de las élites frente a los indígenas. Los principios de libertad e igualdad del liberalismo chocaron con la condición subordinada de los indios. Así, emergió una suerte de modus vivendi entre el mundo blanco-mestizo y el mundo indígena. La eliminación del concertaje fue un elemento central del proyecto de modernización nacional. El principio de “protección pública” de la raza indígena se estableció en la Asamblea Constitucional de 1896. Este sistema sobrevivió hasta 1945.

El discurso estatal sobre la integración de los indios a la nación giró en torno a las ideas de “redención”, de “regeneración” y de “resurrección”. La incorporación no significaba “borrar” la identidad” de los indios. A partir de 1940 el tema de sus derechos políticos se volvió central en el proceso de reconstrucción nacional tras la derrota frente al Perú.

Con la campaña de alfabetización de la posguerra se pretendía propiciar esa integración. La población analfabeta llegaba entonces al cincuenta por ciento del total de los habitantes del país, “con los índices más altos en las poblaciones indígenas” de la Sierra. Dolores Cacuango valoró esta acción, expresando sus deseos de saber “qué dicen las personas, lo que piensan y escriben en los libros y periódicos”. La campaña tradujo al quichua la cartilla de alfabetización. “De esta manera, el propósito de la campaña fue la castellanización de los indios que vivían en ambientes bilingües y la quichuización de aquellos que lo hacían en medios monolingües”.

Tal campaña no pudo, sin embargo, lograr la incorporación de los indios a la política. La mayoría de la población hacia una suerte de “huelga cívica”, sostenía el constituyente Carlos Cueva Tamariz en 1944-45; solo las élites y los sectores medios intervenían activamente en el sufragio. Los analfabetos seguían excluidos de los procesos electorales.

Con el censo de 1950, se constató la resistencia de los indígenas “a todo indicador de vida civilizada”. Prieto refiere “cómo las monjas habían sido expelidas de las comunidades después de recoger ‘heroicamente’ la información requerida”. El censo provocó un levantamiento en Chimborazo que concluyó en un diálogo directo con el presidente Galo Plaza. Él mismo se trasladó a las áreas de conflicto y promovió un encuentro de “pacificación” en Quito.

El censo de 1950  provocó un levantamiento en Chimborazo que concluyó en un diálogo directo con el presidente Galo Plaza. Él mismo se trasladó a las áreas de conflicto y promovió un encuentro de “pacificación” en Quito.

Los continuos levantamientos de los indios evidenciaban para las élites el odio de los indios hacia los blancos; dichos levantamientos que “sacudían las áreas serranas de la nación, creaban inseguridad y temor en los poblados y ciudades provinciales”.

Al discurso liberal se sumó desde la llamada revolución del 28 de mayo de 1944 (la Gloriosa) el discurso socialista. En éste los indios eran definidos más como campesinos que como grupos étnicos. Agustín Cueva, pionero de la sociología política contemporánea en Ecuador, afirmaba en 1987 que la cuestión étnica atañe a las “contradicciones que generan los grupos que no son clases sociales”. Sin embargo, los indios reivindican esa condición étnica para levantar la plataforma del Estado multinacional y pluricultural. La constitución de la CONAIE pone en primer lugar esta reivindicación. Esto se evidenció con el levantamiento de 1990. 

Se trató de un levantamiento muy bien planificado, ejecutado con tácticas de guerra: “levantaban barricadas, derribaban árboles para bloquear las carreteras, formaban hogueras o llenaban de piedras trechos largos de caminos” relataba el periodista Rodrigo Rangles, quien fue el secretario de Prensa de la Presidencia de la República en el período 1988-1992, bajo la administración de Rodrigo Borja.

No obstante, la dimensión del levantamiento, el presidente Borja dijo: “esto no es contra nosotros, ni contra nuestro Gobierno, es contra 500 años de injusticia”. El presidente puso condiciones para el diálogo: entrega de los policías y militares retenidos, abandono de la iglesia de Santo Domingo que había sido tomada. Ante la pregunta de “¿por qué en nuestro Gobierno?”, la respuesta indígena fue: “es ahora o nunca”. Lo cual quería decir que con ese Gobierno iban a ser escuchados. Sospechaban que en los próximos gobiernos no tendrían las mismas posibilidades.

El 11 de abril de 1992 los indios de las comunidades orientales se tomaron Quito. El diálogo con el presidente fue fructífero: se legalizó el sistema intercultural bilingüe. El 23 de abril entraron los marchantes a Quito. El presidente los recibió en Carondelet. Valerio Grefa dijo: “nuestros derechos no han sido contemplados plenamente en la Constitución” y enumeró los “olvidos del poder público”. Antonio Vargas dijo: “tanto tiempo que marchamos para dialogar, llegamos aquí caminando. Para los votos si buscan, para ser presidentes, para ser diputados, ahí si buscan a nosotros, pero para dar cosas no nos buscan”. El pedido de una reforma a la Constitución y de la asignación de tierras a las comunidades de la provincia de Pastaza fue escuchado por el presidente. Lo primero debía ser tratado en el Congreso; lo segundo, era potestad del Ejecutivo, por lo cual ofreció “atender la entrega de tierras”.

El levantamiento indígena en el caso de octubre de 2019, se vio contaminado por la infiltración correista que se coló para desencadenar la violencia y provocar la caída del gobierno de Lenin Moreno. El intento fracasó, pero quedó una sensación de dolor por los daños ocasionados, en especial a Quito. Los quiteños fuimos víctimas del vandalismo, de marchas desafiantes, de expresiones de resentimiento social. El levantamiento indígena secundó a los transportistas exigiendo la derogatoria del decreto 833.  Pero hizo caso omiso del plan de desarrollo agrícola que el gobierno les propuso como compensación.

El diálogo que finalmente se produjo entre el presidente Moreno y los dirigentes indígenas ratificó la apertura del gobierno hacia los reclamos indígenas.

Parecería que ha llegado la hora de que estos reclamos se canalicen por la vía institucional y que las movilizaciones indígenas dejen de lado las asonadas para ser escuchados. Ello, por cierto, es de doble vía. Si los políticos no recogen las demandas del pueblo y de los indios, no será posible que se sienten las bases de una paz duradera.

[PANAL DE IDEAS]

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