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21 de Marzo del 2016
Ideas
Lectura: 11 minutos
21 de Marzo del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Fray Agustín Moreno, coautor de la declaración de la Unesco
El viernes 18 de marzo falleció a los 93 años de edad el fraile franciscano Agustín Moreno, historiador e intelectual de nota. Su obra “Quito eterno” publicada en 1975 fue una contribución clave para que Quito fuera la primera ciudad del mundo en ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Este “viernes de Dolores” como lo llama la iglesia, falleció a primera hora de la tarde y a sus 93 años de edad, Fray José Agustín Moreno Proaño, ofm. Dejó esta vida en la ciudad de Quito, a la que tanto amó y sirvió. Fue velado en la Capilla de Villacís, lateral al altar mayor de la iglesia de San Francisco, y enterrado en el convento donde vivió la mayor parte de su larga vida y desarrolló su prolífica labor intelectual y pastoral.

Fue uno de los franciscanos más conocidos en los círculos intelectuales del Ecuador en el siglo XX y lo que va del XXI. Hombre lleno de vitalidad y alegría, su clara inteligencia y profundo conocimiento de la historia no se demostraba en pedantería ni alardes de erudición pues, al contrario, siempre fue la imagen viva de la sencillez y simpatía; un “fraile menor de san Francisco”, como él mismo decía.

Pero cuando uno escarbaba, en sabrosas charlas con él, en sus conocimientos, descubría un saber enciclopédico y una memoria privilegiada sobre la historia eclesiástica y política, y en especial la historia cultural y artística tanto del Ecuador, como de América y Europa. Como bien dice un comunicado de la Orden “su vida llenó de gloria las páginas de la historia franciscana en el Ecuador, como también la historia de nuestro país y de manera muy especial de la ciudad de Quito”.

En efecto, y esto ya lo dice este comentarista, su amor por Quito fue manifiesto, y pudo expresarse de manera muy especial, realmente providencial, como él mismo lo decía, con la aparición en 1975 de su libro “Quito Eterno”, que se publicó en inglés, francés, alemán y español, y que fue clave para la declaración de Quito como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1978.

Por supuesto, a aquel libro le precedieron los trabajos anteriores de otras personas, como los de los historiadores del arte y de la cultura y los de los urbanistas, sobre el valor único de esta ciudad mestiza. Y se unieron para el logro los pasos dados por la propia ciudad, como la ordenanza de preservación del Centro Histórico de Quito de 1966, cuyo cincuentenario se conmemora este año, y el Plan de Preservación de dicho centro, que permitió a la delegación ecuatoriana tener los argumentos suficientes para alcanzar esa designación, doblemente importante por haber sido la primera ciudad del mundo, junto con Cracovia, en alcanzar tal categoría.

Pero el hecho de disponer del libro de Fray Agustín Moreno en varios idiomas, hizo posible que se lo distribuyera entre los funcionarios de la Unesco y los delegados de múltiples países, algunos de los cuales, al estar más en puestos diplomáticos que en el trabajo de la cultura, jamás habían oído de la importancia de Quito. Fue a través de las páginas, escritas con rigor y a la vez con amor por Fray Agustín Moreno, que supieron aquilatar las condiciones únicas de la ciudad y reconocer que sus habitantes y autoridades tenían, primero, conciencia de su valía y, luego, normas para preservarla y conservarla.

Por eso, podría decirse sin temor a equivocarse que él fue uno de los coautores de la declaración de la Unesco, junto, por supuesto, a Rodrigo Pallares, que presidió esa delegación y los demás diplomáticos y funcionarios ecuatorianos. Lo que quiero decir es que la declaración fue un logro colectivo de Quito y del Ecuador, como todos los grandes logros de la historia de los pueblos, con unos cuantos seres que se merecen mayor reconocimiento por haber creado conciencia, primero, en la propia Quito, haber transmitido esa valoración a los extranjeros y haber hecho el trámite finalmente exitoso. 

Fray Agustín o “el padre Moreno”, como se lo conocía, nació en Cotacachi, provincia de Imbabura, el 22 de agosto de 1922. Perdió a su padre muy pronto. Entró al colegio seráfico de Quito y enrumbó su vida hacia la orden franciscana siendo aún niño, antes de los 12 años.

Estudió tanto en Quito como en el extranjero, y se dedicó con cada vez mayor empeño a la historia, tanto la de su orden religiosa, como la de Quito y su arte. Decía que la receta de su estudio era “leer y recordar”, y en realidad su memoria era prodigiosa. Una anécdota al respecto, que cuentan los franciscanos, es que la primera vez que leyó La Divina Comedia de Dante, en italiano, idioma que no conocía, pudo repetir de memoria su canto final ante el asombro de todos sus compañeros. Ello le llevó a aprender italiano, autodidacta siempre, al igual que aprendió inglés y francés, idiomas en los que dictó clases en universidades extranjeras, además del latín y el griego. A los 23 años fue ordenado sacerdote.

En 1979 ingresó a la Academia Nacional de Historia, caso único en que no pasó primero por ser miembro correspondiente, sino que se incorporó directamente como miembro de número.

Ocupó en ella todos los cargos, como bibliotecario, secretario, tesorero y vicepresidente durante varios períodos, siendo nombrado finalmente vicepresidente de honor vitalicio de la corporación.

Durante 40 años fue profesor de la cátedra de Cultura Ecuatoriana en el Instituto de Posgrado en Ciencias Internacionales de la Universidad Central, habiendo recibido en 2011, más de una década después de su retiro, la condecoración “Honorato Vásquez”, la máxima que otorga la Universidad Central, en reconocimiento de sus méritos culturales y pedagógicos.

Además de la Academia de Historia, fue miembro de Número de las Academias de Historia Eclesiástica y de Ciencias Jurídicas y Sociales del Ecuador y de la Academy of American Franciscan History, de Washington, D.C. y miembro correspondiente de las de Historia de Bolivia y de Perú. También fue docente de Cultura Ecuatoriana de la Academia Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Fue profesor invitado de las Universidades Laval (Québec, Canadá); Saint Bonaventure (Olean, New York), y Católica (Lovaina, Bélgica), entre otras.

Su simpatía, su apertura y su cercanía a todos los que trataba, y su incansable voluntad de trabajar, hicieron que siempre le eligieran a cargos directivos. Fue presidente del Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica, del directorio del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural del Ecuador, del Patrimonio Cultural de la Iglesia, director de la sección de Ciencias Históricas y Geográficas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, vicepresidente del Círculo de la Prensa del Ecuador, miembro del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, de la Sociedad Bolivariana del Ecuador, de los institutos Sanmartiniano y O’Higginiano de Quito, vicepresidente de la Asociación Ecuatoriana de Museos. Fue Comendador de la Orden de Caballeros de Quito Sebastián de Benalcázar. En vida recibió condecoraciones y homenajes de las municipalidades de Quito, Cotacachi, Otavalo, Ibarra, así como de gobiernos provinciales, haciendo gala siempre de humildad franciscana.

Pero no se crea que esa humildad fue sinónimo de apocamiento. La reciedumbre moral y el patriotismo del padre Moreno se hacían presentes cada vez que era menester. Me tocó ser testigo un día en plena Plaza de la Independencia. El 24 de julio de 2011, la Academia Nacional de Historia, con ocasión de los 102 años de su fundación, puso una ofrenda floral al pie del monumento a los héroes de la Revolución Quiteña del 10 de agosto, dirigiendo unas palabras Fray Agustín Moreno, como subdirector (no recuerdo la razón por la que en aquella ocasión no estuvo Juan Cordero Íñiguez, director titular). Había un grupo de curiosos que fue creciendo en número. Pronto ––era la época de oro del correato–– empezaron gritos destemplados de “abajo los pelucones” y cosas por el estilo. El padre Moreno dio un giro a su discurso y ––al fin y al cabo, venía de la época en que no había amplificación desde el púlpito––, con una voz potente y sonora, hizo una arenga extraordinaria sobre la patria, su historia y la necesidad de unidad, tan vibrante y emotiva que calló a los opositores y cosechó a cada párrafo aplausos más entusiastas hasta terminar rodeado de una muchedumbre que le ovacionó.

Precisamente Juan Cordero, en una publicación que realizó en 2014, resume en cuatro grandes temas principales el trabajo de Fray Agustín Moreno: la biografía de santa Mariana de Jesús, a la que aportó con datos nuevos por él investigados; las biografías de fray Jodoco Rique y fray Pedro Gocial, religiosos franciscanos, fundadores y pioneros de la Escuela Quiteña de arte; el estudio de la obra de Manuel Chili “Caspicara”, tan completo que hace de Moreno el mayor especialista en este escultor quiteño, y la ya mencionada y famosa “Quito Eterno”. 

Todos los que le conocimos sabemos lo honda que es nuestra pérdida. Pero seguro que entre los recuerdos que de él tenemos, está su picardía, como cuando soltaba coplas como la de que “No hay mal que por bien no venga / ni bien sin ajeno daño / ni engaño sin desengaño / ni amor que su fin no tenga”. A lo que después añadía: “No hay mal que dure cien años… ¡ni amor que pase de diez!”, para soltar una carcajada sincera. Incluso se burlaba de sus años: “La pobreza y la vejez / hermanas tienen que ser: / al pobre nadie le quiere, / al viejo ni su mujer”.

Así que hoy brindo por él, desde estas páginas virtuales, recordando su inimitable sonrisa, cuando decía: “Si Dios en su gran bondad/ aquí bebiendo nos tiene, / será porque nos conviene. / ¡Hágase su voluntad!”.

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