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18 de Diciembre del 2017
Ideas
Lectura: 5 minutos
18 de Diciembre del 2017
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Glas sentenciado
Con esta acusación, ajena a cualquier intento de banalización, se abre el camino para otras que tendrán que ver con los millones de dólares que fueron a parar en sus bolsillos como efecto de la inmensa e incontenible corrupción que atravesó e incluso hasta sostuvo la década perdida del correato.

Finalmente el juez lo sentenció a seis años de reclusión. Posiblemente el primero de su rango en ir a la cárcel a causa de una asociación ilícita para delinquir. Para hacer el mal. Para hacerse del mal, para convertirlo en parte primordial de su alimento existencial. En esto consiste el efecto fundamental de la corrupción: finalmente hace que el corrupto ya no pueda vivir sin delinquir.

Con esta acusación, ajena a cualquier intento de banalización, se abre el camino para otras que tendrán que ver con los millones de dólares que fueron a parar en sus bolsillos como efecto de la inmensa e incontenible corrupción que atravesó e incluso hasta sostuvo la década perdida del correato.

Pero él no ha cesado de exigir que le muestren ese dinero robado, que le busquen en sus bolsillos, en la casa. Y puesto que todavía no aparece, entonces es inocente. No se sabe bien si Correa (inevitable nombrarlo) se ha convertido en el parlante nacional e internacional de los gritos de inocencia de su íntimo amigo Glas o si acaso cada vez que se refiere a la inocencia de Glas no hace otra cosa que referirse a la suya propia. Para que a nadie se le ocurra la infame idea de acusarlo, de enjuiciarlo y peor aun de sentenciarlo. Pero el expresidente sabe que esta solo constituye la primera fístula que revienta.

Importa mucho el hecho de que se trate del primer vicepresidente en funciones sentenciado a seis años de cárcel a causa de la corrupción. Igualmente urge rescatar que el correato empieza a ser despojado de las innumerables máscaras con las que trató de ocultar su infamia, la suciedad de sus manos enguantadas con rimbombantes adjetivos de honorabilidad.

Tendrá que desenterrar los 35 millones para devolverlos al Estado. Muy probablemente una pequeña parte de esas sumas astronómicas que habría conseguido, con sus compinches, en la feria sin límites inaugurada por el correato. Aquella feria en la que no hubo claridad en las licitaciones, en la que se convenía la construcción de una obra por un precio determinado para luego elevarlo mediante el álgebra exponencial de la corrupción.

Se dispuso de una década entera, que en la historia política del país no es cosa de poca monta, para ejercer la bienaventuranza de la corrupción. Para robar a dos manos. Para recibir, como nunca antes millones de dólares como justo precio por las coimas, por los contratos asignados a dedo, por los fenomenales incrementos de los costos, por los silencios comprados, por las obras realizadas sin que se haya indicado su verdadero valor definitivo.

Los lenguajes de la corrupción son prácticamente incompresibles para el ciudadano común y corriente, para aquél que se alimenta de la llana claridad de la honradez que nunca requiere ser ni denunciada ni comprobada porque simplemente está ahí a la vista de todos.

Se trata del vicepresidente del presidente de las manos limpias y los corazones ardientes. Se trata del que fuera primero el gran ministro de las obras estratégicas, como las refinerías o los poliductos y luego el “mejor vicepresidente que ha conocido la historia del país”, como afirma su gran amigo. Ese amigo que, tal como van las cosas, podría empezar a padecer de insomnio.

Es posible que con Glas sentenciado se pueda reorganizar la ética del país, la del gobierno actual que tampoco puede quedar atrapado en discursos sobre la honradez y sobre la lucha contra la corrupción. Por diez años el país soportó discursos y sabatinas sobe la honradez mientras ese vicepresidente, unos ministros y más avivatos se levantaban con el santo y la limosna.

“Ahora fueron por él, luego vendrán por mí”, profetiza el expresidente. Por cierto, no está tan equivocado. Porque esa inmensa década perdida del correato exige ser analizada prolija y verazmente. Sin embargo, para que nada de esto acontezca, previamente se organizaron ad hoc los entes de control y el sistema judicial. Para que esto no acontezca se instituyó, sin consultar al pueblo, la reelección indefinida que constituye el mayor y más importante de los derechos en los regímenes corruptos. 

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