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5 de Octubre del 2016
Ideas
Lectura: 13 minutos
5 de Octubre del 2016
Simón Ordóñez Cordero

Estudió sociología. Fue profesor y coordinador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la PUCE. Ha colaborado como columnista en varios medios escritos. En la actualidad se dedica al diseño de muebles y al manejo de una pequeña empresa.

Los gobiernos del subsuelo
Con la misma impudicia de satrapías similares, los funcionarios y enchufados del actual gobierno muestran y hacen gala de las riquezas recién adquiridas. Viven en enormes casas ubicadas en los barrios más burgueses de las distintas ciudades de país, se transportan en caravanas integradas por lujosos autos estatales, son asiduos clientes de los mejores y más caros restaurantes, hacen shopping en Miami o en las tiendas más exclusivas del país, e incluso, alguno de ellos, se transporta en helicóptero personal para practicar sus deportes favoritos.

Al principio de la revolución, todos habíamos rechazado por completo cualquier cosa que tuviera que ver con el pasado. […] Cualquier cosa que te hiciera parecer rico o burgués, cualquier cosa que sugiriera riqueza o sofisticación se menospreciaba por considerarla parte del viejo orden. Alrededor de 1978, todo ello empezó a cambiar. Los diseños de los mejores diseñadores europeos se convirtieron en el uniforme de todos los altos oficiales del ejército y los miembros del Consejo Militar. Teníamos lo mejor de todo: las mejores casas, los mejores coches, los mejores whiskies y champanes y la mejor comida. Era un cambio radical respecto de los ideales de la revolución.[…] Fue en esos mismos años que apareció el verdadero Mengitsu: vengativo, cruel y autoritario… Los antiguos compañeros, que inicialmente lo tuteábamos, empezamos a tratarlo de usted y a ponernos rígidos y nerviosos en su presencia. Se trasladó a una oficina más grande en el palacio de Menelik…Empezó a utilizar los coches del emperador. Se suponía que teníamos una revolución por la igualdad y él se había convertido en el nuevo emperador”. 

El nuevo tirano pasó a ocupar no solo el palacio del antiguo emperador, sino a gobernar, recibir y presidir desfiles sentado en el mismo trono que antes había ocupado Halie Salessie, el emperador de Etiopía que había sido derrocado en 1974.

Lo anterior es el testimonio de David W. Giorgis, uno de los ministros de Mengitsu. Sin embargo, esa misma historia se ha repetido infinidad de veces, con muy pocos cambios, y casi siempre los actores han sido aquellos tiranos y sus grupos de secuaces que en algún momento se hicieron con el poder a nombre de la revolución, la soberanía nacional y el antiimperialismo. Ejemplos hay muchos, pero basta con recordar los abusos y las enormes fortunas que amasaron los Castro, los Ortega, Lukashenko, Mugabe, Kadhafi, Chávez, Maduro, Ceaucescu o los Kirchner para tener una clara idea de lo que hablamos. Ellos no sólo vivieron o viven en medio de lujos obscenos, usando los recursos de sus países como si se tratase de sus patrimonios personales, sino que violaron abiertamente los derechos humanos y devastaron las economías de esos pobres países que cayeron en sus groseras manos.       

Con la misma impudicia de las satrapías antes nombradas, los funcionarios y enchufados del actual gobierno muestran y hacen gala de las riquezas recién adquiridas. Viven en enormes casas ubicadas en los barrios más burgueses de las distintas ciudades de país, se transportan en caravanas integradas por lujosos autos estatales, son asiduos clientes de los mejores y más caros restaurantes, hacen shopping en Miami o en las tiendas más exclusivas del país, e incluso, alguno de ellos, se transporta en helicóptero personal para practicar sus deportes favoritos. La nueva y tan publicitada como lujosa casa de Gabriela Rivadeneira o la obscena cantidad de dinero público que Lenin Moreno utilizó para mantener su dorada estancia en Ginebra, son apenas un par de ejemplos.  

El Presidente también lo ha hecho. Disponer de chef belga y contar con dos aviones de lujo, no sólo muestra el uso discrecional de los recursos públicos, sino un comportamiento cuasi patológico que tiene su origen en la imitación inconsciente de aquellos a los que odia. El odio esconde una adoración secreta por el otro, por aquel a quien se imita pero que es al mismo tiempo el que nos muestra aquello que no somos, que nunca seremos. 

René Girard, ese gran pensador francés, lo muestra claramente en su teoría sobre el deseo mimético. Según él, nuestros deseos provienen de la imitación inconsciente de los deseos de otro a quien se asume como modelo. Si nuestros deseos son imitación de otros, pronto se deseará poseer los mismos objetos y se producirá la rivalidad y el conflicto; el modelo pasa a ser obstáculo y rival, y es de allí de donde surgen sentimientos  como la envidia, los celos, el resentimiento y el odio. “El sujeto experimentará por tal modelo un sentimiento conflictivo, formado por la unión de esos dos contrarios que son la veneración más sumisa y el rencor más intenso. Es el sentimiento que llamamos odio. […]También el snob es un imitador. Copia servilmente a las personas a quienes envidia el nacimiento, la fortuna o lo chic. El snob no se atreve a confiar en su criterio personal y no desea sino los objetos deseados por otros.[…] Nunca despreciaremos al snob tanto como él se desprecia a sí mismo. Ser snob no es tanto ser abyecto como huir de su abyección en el ser nuevo que ha de procurar el snobismo”.    

Esto, que al parecer es una constante humana, se exacerba y cobra  características enfermizas en ciertos individuos y grupos sociales. Los socialistas, y en especial los líderes que se han apropiado de ese discurso, al parecer están motivados por la envidia y el resentimiento antes que por la solidaridad y la justicia. Es tal la fascinación por el otro, por el modelo al que admiran, envidian y aborrecen, que no sólo pretenden poseer aquello que él posee, es decir, disputar y apropiarse de sus objetos, sino que buscan suplantarlo, ocupar su lugar, ser el otro, el supuestamente aborrecido. Esa es la gigantesca patología que está detrás de estos seres atormentados y resentidos pues convertirse en alguien distinto de sí mismo será siempre la persecución de un imposible.

Cuando se dispone libremente de recursos públicos y se carece de escrúpulos, resulta muy fácil consumir o usar las mismas cosas, poseer y disfrutar de los mismos lujos, viajar en primera clase o en avión privado, derrochar y hacer alarde de las riquezas recién adquiridas y hasta tomarse el poder y comportarse como un emperador. Sin embargo, y para su desgracia, existen atributos que no son susceptibles de imitación y esos se relacionan siempre con el talento, con las capacidades productivas, con la cultura y, ante todo, con un cierto sentido de la estética y de dignidad personal.

Son atributos que se les escapan, y, precisamente por ello, detestan con tal profundidad a quienes los poseen. Hay, en ese proceso mimético, algo que se parece mucho a lo que hacen los malos actores cuanto intentan representar un papel que los sobrepasa: copian y toman los gestos y los signos más visibles del personaje, pero los exacerban de  tal modo, los amplifican a tal punto, que la representación se vuelve grotesca e inmediatamente se descubre la impostura. La estética y el comportamiento de narcos y nuevos ricos obedecen exactamente al mismo proceso.

En Memorias del Subsuelo, libro que Girard analiza para mostrar hasta qué punto puede llegar la enfermedad mimética, Dostoyesvski cuenta la historia de un hombrecillo que se ha retirado de un mundo al que supuestamente desdeña. Su desprecio se centra en un grupo de hombres con los que tuvo alguna relación en la juventud y que están encabezados por un tal Zverkov, al que odia profundamente: “En plena fiebre -dice el hombre del subsuelo- soñaba con vencerlos, con triunfar, con cautivarlos, con obligarlos a estimarme… Abandonarán a Zverkov, lo dejarán solo, silencioso y confuso en un rincón. Lo aplastaré. Seguidamente quizá tenga la condescendencia de reconciliarme con él; beberemos, nos tutearemos”. Luego, para mostrarles su desprecio, asiste a una cena con aquellos hombres. Durante la velada los agrede permanentemente recibiendo como única respuesta el desprecio de los agredidos: “Me quedaré y continuaré bebiendo para hacerles comprender que no doy a esto ninguna importancia.[…] Adoptaba un aire desenvuelto y esperaba con impaciencia a que me dirigieran la palabra. Pero, ¡ay, no me hablaban!. Y, sin embargo, ¡cómo habría querido reconciliarme con ellos en aquel instante!”. 

La genialidad de Dostoyesvski nos muestra esa duplicidad enorme de las almas atormentadas por la vanidad y el resentimiento: la envidia que lleva a la veneración más sumisa y el rencor más intenso, pero, ante todo, el deseo de ser reconocido como un igual por aquel a quien supuestamente se desprecia.   

A nuestros líderes revolucionarios les pasa algo parecido: se sienten ocurrentes, geniales, creen que lo saben y lo pueden todo, pero la gente de talento, aquella que no se ha tragado lo que dice el aparato de propaganda, los desprecia y se ríe de ellos. Seguramente de allí proviene ese odio enorme que todos los tiranuelos han mostrado por los intelectuales y artistas que no se someten, que no les rinden pleitesía; por los periodistas que les señalan sus pústulas; por los empresarios que han hecho dinero decentemente, sin recibir prebendas del Estado ni participar de sus entramados rufianescos; en fin, por todos aquellos que anteponen su dignidad personal y su ética para vivir decentemente.

Y también debe ser por ello, por ese enorme déficit de reconocimiento, que ponen a sus aparatos de propaganda a crear relatos y leyendas sobre su grandeza, y a sus embajadas a conseguirles condecoraciones y doctorados honoris causa. Más que como simples tiranuelos que abusan de los fondos públicos, quisieran que el mundo les reconozca como grandes reformadores sociales y  profundos pensadores. Pero la realidad es terca, y la ignorancia, la falta de talento, la ineptitud y la corrupción no pueden subsanarse con medallas y condecoraciones. Obtenerlas de gobernantes y gente de la misma calaña puede alimentar momentáneamente sus enormes vanidades, pero tarde o temprano ello se revelará como un simulacro, pues, como dije antes, convertirse en alguien distinto de sí mismo será siempre una quimera.              

En 1991, tras algo más de quince años de gobierno socialista y dictatorial, Mengitsu fue derrocado   y dejó a Etiopía con su economía devastada y con una pobreza que había crecido en forma exponencial a la ya existente durante el antiguo régimen. Huyó del país en un avión de las fuerzas armadas y con él se llevó a sus putas favoritas, a algunos de sus principales colaboradores y cómplices, y una infinidad de maletas cargadas de cientos de lingotes de oro. Hoy disfruta de un exilio dorado en Zimbahue, bajo la protección de Mugabe, el amigo no alineado de Correa. Junto con los lingotes de oro, seguramente guarda las condecoraciones que en su momento le confirieron el Consejo Mundial por la Paz y los gobiernos de Cuba y la URSS, “por su valerosa lucha contra el imperialismo y la reacción, su promoción de medidas radicales en beneficio del pueblo y sus extraordinarias contribuciones a la victoria de África contra todas las formas de opresión”.

Si la justicia falla y finalmente no la toman presa, la señora Kirchner hará lo mismo. En alguna de sus bóvedas, junto con los millones de dólares en efectivo que se afanaron mientras ella y su marido gobernaban Argentina, reposará la condecoración Manuela Sáenz, aquella que con tanta impudicia y desvergüenza le entregó hace pocos días su fiel admiradora, la inefable Gabriela Rivadeneira.
 

[PANAL DE IDEAS]

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