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18 de Diciembre del 2019
Ideas
Lectura: 10 minutos
18 de Diciembre del 2019
Adrian Bonilla

Profesor de FLACSO. Ha sido Director de la Sede Ecuador y Secretario General para América Latina de esa organización. Ex Secretario Nacional de Educación Superior. Investigador en temas de política y relaciones internacionales

Los grises años 20: América Latina y su fragmentación
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América Latina lleva siete años con indicadores económicos muy malos. Su desempeño en esta década ha sido el peor en los últimos setenta años. El producto per cápita se ha contraído y el empleo se ha deteriorado. Las previsiones para los próximos años no son optimistas de acuerdo a la CEPAL.

América Latina afronta en los años venideros dificultades económicas y políticas. La oportunidad que los gobiernos de la región tuvieron, en la década pasada, de establecer organismos internacionales que unificaran sus agendas muy difícilmente se va a repetir en el futuro cercano. El contexto internacional anuncia un decrecimiento global de la economía, el aumento de la rivalidad entre China y Estados Unidos con consecuencias importantes para el comercio, la vigencia de las tensiones geopolíticas entre los países centrales, así como un momento general de erosión del multilateralismo político y comercial a nivel global. En el Hemisferio Occidental, la región, sin embargo, parece persistir en dinámicas que apelan a la desintegración, cuando el entorno mundial exige lo contrario.

En la primera década de este siglo, América Latina vivió un momento de optimismo inusual que estuvo marcado por tres procesos centrales. En primer lugar, un escenario hemisférico de autonomía relativa generado por la indiferencia de Washington frente a la región, que ilustró el momento de euforia norteamericana luego del fin de la Unión Soviética y la Guerra Fría. En segundo lugar, la expansión de las exportaciones de bienes primarios debidos en buena parte a la demanda china y su crecimiento económico; y finalmente, la construcción de escenarios nuevos de encuentro político con el objetivo de concertar políticas comunes.

Una vez que cayó el muro, Estados Unidos propuso una zona de libre comercio y un régimen de seguridad desde Alaska a Tierra del Fuego. Ese proyecto concluyó en el año 2005, básicamente porque los países de economías protegidas no plegaron a la propuesta, no les convenía, y porque la región, tras casi 60 años de haber sido controlada férreamente por Washington en su competencia con Moscú, buscaba nuevas formas de autonomía. La política exterior estadounidense, por otra parte, encontró nuevas prioridades de seguridad en el Oriente Medio.

Este marco de nueva geopolítica fue alimentado por una demanda inédita de exportaciones, sobre todo sudamericanas, por parte de China cuya economía estaba en expansión. Casi todos los países de América Latina crecieron, redujeron sus tasas habituales de pobreza, y algunos de ellos avanzaron significativamente en reducir la inequidad. La prosperidad evidenció la bancarrota de las políticas aperturistas de las últimas décadas del siglo XX, cambió el ciclo político, y por primera vez algunas izquierdas llegaron limpiamente al poder sin que las condiciones de veto a esa tendencia vigentes en la Guerra Fría las afectaran.

Nuevas posibilidades de asociación internacional se imaginaron en esta ola de democratización que atravesó a todas las tendencias políticas. Brasil primero con Cardoso y luego con Lula lanzó el proyecto de UNASUR y México, conducido por un presidente de centro derecha, propuso la iniciativa de CELAC. Ambas iniciativas se acogieron con entusiasmo.

La crisis actual no es pasajera, y así como la bonanza no puede ser comprendida sin el entorno global, las circunstancias latinoamericanas del momento no son solamente el resultado de la voluntad política y de la imaginación de líderes providenciales o de sus errores.

Las nubes y la tormenta

En menos de una década el mundo cambió notablemente y la región fue profundamente afectada. La crisis actual no es pasajera, y así como la bonanza no puede ser comprendida sin el entorno global, las circunstancias latinoamericanas del momento no son solamente el resultado de la voluntad política y de la imaginación de líderes providenciales o de sus errores. América Latina lleva siete años con indicadores económicos muy malos. Su desempeño en esta década ha sido el peor en los últimos setenta años. El producto per cápita se ha contraído y el empleo se ha deteriorado. Las previsiones para los próximos años no son optimistas de acuerdo a la CEPAL.

La crisis estadounidense y europea que estalló en el año 2008 resultó un proceso de larga duración. En su desarrollo la producción y el comercio mundial se deterioraron. China desaceleró casi en un 75% y al disminuir su demanda los precios de las exportaciones latinoamericanas también cayeron, los recursos dejaron de fluir hacia sus gobiernos, y el ciclo político volvió a cambiar, las izquierdas fueron reemplazadas por derechas más o menos radicales en varios de sus países; pero esta vez el escenario regional es mucho más interdependiente que en el pasado reciente y las rencillas entre los actores políticos domésticos han encarnado en un ambiente cruzado por la desconfianza y la ausencia de estímulos a la cooperación.

La efervescencia política, sin embargo, no ha disminuido en la región y esto ilustra la fragmentación. Los procesos políticos originalmente pensados como espacios de pluralidad pasaron muy rápidamente a un momento de estancamiento, como en el caso de CELAC, o de eventual dilución como en UNASUR. Ninguna de estas posibilidades es, en términos de los intereses internacionales de la región, una opción óptima, pero la realidad es que la convivencia entre propuestas nacionales políticamente diferenciadas por la ideología es muy difícil en estos momentos.

El futuro inmediato

Lo que se viene por delante, en la década que se aproxima, es un escenario probablemente aún más incierto, porque las circunstancias globales que fueron el entorno del optimismo de la primera década no sobreviven. Hay al menos dos tendencias preocupantes que inevitablemente impactarán en América Latina muy probablemente de manera negativa.

En primer lugar, la posibilidad de regímenes comerciales globales con reglas aceptables para todos está retada por la ofensiva estratégica del gobierno estadounidense en contra de China y la Organización Mundial de Comercio. Las guerras comerciales no generan sino impactos negativos en América Latina porque están dirigidas a constreñir la capacidad de oferta de bienes producidos en los países involucrados, lo que en forma casi inmediata afecta también a la demanda de materias primas. El impacto es global, no solamente bilateral. En el caso del América Latina podría suponer no sólo menor producción de bienes agrícolas y de extracción, sino también una nueva caída de los precios de sus exportaciones y por lo tanto menos recursos de sociedades y sus gobiernos.

En segundo término,  en el terreno de lo que popularmente se conoce como geopolítica, la continuación de las tensiones globales encuentra un escenario menos homogéneo que hace diez años. La Unión Europea no sólo tiene que enfrentar la disidencia del Reino Unido sino también la emergencia de corrientes políticas domésticas que retan la tradición de homogeneidad estratégica que se generaba desde su Occidente; más aún las distancias en materias de defensa antes impensables en su relación con Washington, son cada día más evidentes, como lo siguen siendo su rivalidad y la de los Estados con Rusia. Sin que esto se parezca en absoluto a la forma en que se construyó el mundo de la Guerra Fría, la ausencia de consensos y objetivos estratégicos comunes de las potencias y economías centrales, pueden forzar a la reconstrucción de las periferias como zonas de influencia de aquellas. En el caso del hemisferio Occidental esto podría suponer un activismo más intenso de los Estados Unidos por reconstruir su ascendencia, sus capacidades y su influencia en la arquitectura económica global siguen definiendo un entorno de asimetría estructural que los países de la región difícilmente pueden evadir.

La débil esperanza

La erosión del multilateralismo y los espacios de consenso propios en América Latina y el Caribe son una necesidad de todos. Las dirigencias políticas locales en muchos países, sin embargo no han respondido todavía a esta necesidad; la aspereza de la confrontación política en varias sociedades se ha filtrado en varios casos al terreno internacional. Los bloques ideológicos, que por otra parte siempre han existido históricamente en la región con diferentes agendas, en esta ocasión no tienen la tolerancia hacia los distintos que tuvieron en la primera década del siglo XIX, pero el hecho cierto es que todos ellos consideran en su retórica la posibilidad de tener posiciones comunes para enfrentar un entorno difícil en términos globales.

Los años 20 del siglo pasado fueron una combinación de efervescencia cultural e intelectual, crisis económica y disputas estratégicas internacionales que condujeron a tragedias mundiales. No ha vuelto el pasado. Ello nunca ocurre. Los Años Veinte del siglo XXI se presentan grises, pero podrían asumirse mejor con lógicas comunes y políticas complementarias si fuéramos todos un poco más responsables con el futuro.

[PANAL DE IDEAS]

Mauricio Alarcón Salvador
Giovanni Carrión Cevallos
Gabriel Hidalgo Andrade
Gonzalo Ordóñez
Rodrigo Tenorio Ambrossi
Carlos Rivera
Francisco Chamorro
Ramiro García Falconí
Patricio Moncayo
Aparicio Caicedo

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