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8 de Septiembre del 2015
Ideas
Lectura: 11 minutos
8 de Septiembre del 2015
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

Guatemala vs Morales: ¿un ejemplo al mal ejemplo?
En esto consiste precisamente la corrupción: quienes afirman que nos comunican la verdad, de manera propositiva nos engañan. Dicen que es claro cuando en verdad es oscuro, dicen que algo vale cien cuando solo cuesta diez. Hablan de honradez, cuando son testigos y actores de robos y estafas de los que luego no saben nada. Con unción proclaman que se desviven por los intereses sociales cuando en verdad a la sociedad le entregan lo que sobra de sus ganancias.

Una parte de lo que acontece en Guatemala podría servir como de nuevo texto social, político y ético para ser leído y comentado en nuestros países. Escenarios múltiples y cuya complejidad algunos gobernantes pretenden desconocer o minimizar para su propio provecho. Viéndolo bien, parecería que ahí se hubiesen congregado y aglutinado buena parte de los conflictos que viven nuestras Américas.

Como en el resto de países en conflicto, el tema es la corrupción introducida en la médula de los sistemas y ordenamientos sociales, en el corazón mismo de la institucionalidad democrática de nuestras Américas. La corrupción es el efecto lógico e inmediato de la sentencia a muerte de la institucionalidad del país. Como en un cáncer que, como no ha sido extirpado de manera inmediata, hace metástasis en todo el organismo ético y político del país, en sus sistemas lingüísticos.

Esta metástasis es la primera y la más grave de todas las consecuencias. Corrompidos los lenguajes, se pudre el sistema representacional del país. La verdad no consiste en la cosa vista sino en la cosa enunciada. Pero cuando se produce un enunciado que no concuerda con la realidad, entonces no solamente se ha corrompido el lenguaje sino todo el proceso mediante el cual se construyen saberes y verdades. 

Para que algo se corrompa es necesario que primero se produzca su muerte. Para que muera la verdad, es indispensable que previamente se hayan dejado de ser ciertos los lenguajes, el cuerpo de las palabras, de las enunciaciones, el de los discursos. Cuando esto acontece, nunca más los enunciados serán enunciados de verdad sino de mentira.

En esto consiste precisamente la corrupción: quienes afirman que nos comunican la verdad, de manera propositiva nos engañan. Dicen que es claro cuando en verdad es oscuro, dicen que algo vale cien cuando solo cuesta diez. Hablan de honradez, cuando son testigos y actores de robos y estafas de los que luego no saben nada. Con unción proclaman que se desviven por los intereses sociales cuando en verdad a la sociedad le entregan lo que sobra de sus ganancias.

Desde hacía mucho tiempo, el pueblo guatemalteco se había cansado del engaño político, económico y social. Se cansó de la corrupción instalada en el corazón mismo del Estado. El Estado no es tan solo el gobierno central, es la totalidad de la institucionalidad del país. Ese cuerpo es el que hiede a podredumbre. Pero son los gobernantes los encargados de provocar, aupar, sostener la corrupción y de hacer que no aparezca como tal. El trabajo final del Estado corrupto es la construcción de un discurso perverso destinado a que nadie vea el cadáver de las instituciones, el cadáver de la verdad.

En Guatemala, al sistema de corrupción se lo llamó La línea quizás para dar a entender que se trataba de un continuum extendido a lo largo y ancho de la institucionalidad política, económica y ética. La línea marcaba la ruta que debían seguir todos los interesados en enriquecerse fácil y rápidamente con los bienes del Estado. La línea perversa que no solo posee nombres y apellidos sino también una red de seres anónimos que nunca aparecerán porque nadie los conoce, porque posiblemente algunos ni siquiera habitan en el territorio nacional.

El discurso del Estado corrupto está destinado a que nadie huela la podredumbre de la carroña. Por lo mismo, no cesa de perseguir a todo aquel que se atreve a denunciar lo que en verdad esconden los ropajes de honorabilidad con los que se viste el poder corrupto. Por ello acalla las palabras de los débiles con sus grandes y perennes proclamas de verdad y honradez. De hecho, el poder corruto se apropia de la palabra del pueblo y la asesina para que todo permanezca oculto y en silencio. Hace suyos los poderes del Estado para que toda denuncia, primero, sea desconocida y, luego, anulada o calificada de temeraria y altamente ofensiva a los sagrados poderes del Estado. Muchos denunciantes van a parar en las cárceles, no pocos en el cementerio. Se pretende, pues, que toda denuncia aparezca como falaz e ilegítima. Entonces se cumple a la perfección aquello de que quien fue por lana salió trasquilado. De esta manera se impone la virtud del silencio.

Aquí radicaría la gran diferencia entre lo que acaba de acontecer en Guatemala y lo que se vive en otros países de nuestras Américas. En Guatemala, pese a todo el proceso de corrupción en las altas esferas, por su intrínseco valor, lograron sostenerse algunos principios de la democracia. Renunció la vicepresidenta acusada de ser una de las cabezas principales de la corrupción e inmediatamente fue sustituida democráticamente por otro ciudadano que no fue impuesto por el presidente ni por ningún otro poder que huela a complicidad. Y, finalmente, el presidente debió renunciar porque se le retiró el privilegio de la inmunidad para que se convierta en sujeto jurídico como cualquier otro. En ese momento aparece nuevamente el poder de la democracia que, en cierta medida, se fortalece en lugar de derrumbarse como quizás habrían querido los habitantes del territorio de la corrupción.

La democracia vive más allá de los grandes obstáculos ideológicos y políticos que crea la corrupción. Así como fue legalmente sustituida la vicepresidenta por un ciudadano legítimamente elegido, de igual manera este vicepresidente ocupa el lugar del presidente mediante un proceso absolutamente llano e inequívoco. Y al día siguiente los ciudadanos salen a sufragar, de conformidad a lo previsto. Porque así es la democracia, la llamada a asegurar, no la presencia de alguien en el poder, sino la libertad, la vida y salud del país. La democracia no requiere de supuestos salvadores que, creyéndose elegidos por algún orden especial, se consideran ante sí mismos destinados a gobernar su país por toda la vida.

Cuando es verdadera, la democracia se sostiene en las leyes, en el voto libre y seguro, en la constitución del país, no en los criterios de alguien en particular, no en las fuerzas armadas, no en las supuestas bondades y sabidurías de un mandatario. Es Nixon renunciando a la presidencia de uno de los países más poderosos del mundo porque sabe que la ilegitimidad de Watergate ponía en entredicho la legitimidad de su elección y cuestionaría los procesos democráticos. Prefirió irse a casa antes que ensuciar más el sentido de la democracia y de la misma presidencia de su país que exigen, primero y ante todo, honorabilidad a toda prueba. Esa renuncia fortaleció la democracia.

Porque el país está muy por encima de personas, de partidos políticos, de discursos salvadores, de ciudadanos que se consideran iluminados redentores de todo mal. No es ni ético ni político tratar de salvar a un partido político de su propia hecatombe poniendo en juego la democracia o la estabilidad interna del país. Ni tampoco pretender gobernar indefinidamente con el pretexto de dar vida eterna a un determinado partido que, en buen romance, no significa otra cosa que permitir que algunos del partido disfruten también de las canonjías del poder.

Tampoco es ético pretender el poder eterno para fortalecer el proyecto político. Si esto fuese válido, entonces, enterremos la democracia en el primer cementerio que encontremos y dediquémonos a levantar monumentos a los grandes iluminados, profetas sacrosantos, que nos han traído, de una vez y para siempre, la paz, el desarrollo, el respeto, la prosperidad. Y demos gracias a todos los dioses del olimpo por semejante don que nos han brindado a nosotros, conjunto infinito de mediocre e ignorantes.

¿Qué querrá esconder Evo Morales con su democrática propuesta de ser reelegido indefinidamente? Si tiene las manos limpias, presidente Morales, deje que vengan otros a dirigir los destinos de Bolivia porque nadie ha dicho que usted es el único que puede hacerlo. Eso es democracia. O, por lo menos, consúltelo al pueblo y no a sus amigos y dependientes de usted. La Democracia es el gobierno del pueblo que posee el poder de designar periódicamente a quienes conducirán los destinos del país. La democracia es cambio. Es la antítesis del culto a la persona. En democracia, no existen los insustituibles.

Aunque a los sabios elegidos les duela aceptarlo, en democracia no solamente que no son necesarios los mesías sino que definitivamente sobran porque la historia dice que han sido, son y serán los portadores de todas las corrupciones imaginables. Qué difícil para el presidente Morales entender que en democracia no está en juego el liderazgo de una persona determinada sino el país y su libertad que debe ser defendidos a toda costa.

No se puede dejar de insistir en el tema de la corrupción que se ha constituido en el virus metido en el corazón mismo de la democracia. ¿Qué pasa con Brasil que pretendía tomar la batuta de la democracia en la región pero cuyos gobernantes se hallan involucrados con el mismo virus que invadió Guatemala? ¿Y qué con Chile, con Perú, con Argentina, con nuestro país? La corrupción es un monstruo de mil caras que posee innumerables formas de mimetizarse, inclusive puede disfrazarse de virtud.

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