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2 de Abril del 2020
Ideas
Lectura: 4 minutos
2 de Abril del 2020
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Guayaquil
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La pandemia es peor que la guerra porque además de golpearnos nos inmoviliza por completo. Ni siquiera sabemos en qué momento terminará la emergencia, ni a partir de qué punto la amenaza estará controlada. Y ellos solamente piensan en la salud de sus negocios.

Llorar sobre la leche derramada es una metáfora que le calza perfectamente al país. Al menos, a todos quienes hoy se quejan de la supuesta imprevisión para afrontar la pandemia del coronavirus. Como si el Ecuador fuera Suecia.

Si analizamos el manejo de la crisis luego del terremoto de 2016 nos damos cuenta de que ni el Estado ni la sociedad hemos aprendido algo de las catástrofes colectivas. La reconstrucción estuvo atravesada por unos niveles de corrupción e improvisación de los que no tenemos registro formal pero que son ampliamente conocidos. Y aunque se sabe que un evento similar podría ocurrir a futuro, no se ha hecho nada para impedir que las consecuencias sean tanto o más devastadoras que la vez anterior.
Es difícil entender la imprevisión si no lo hacemos desde una mirada política. Es decir, a partir de las relaciones de poder que rigen el funcionamiento de nuestra sociedad. Porque las deficiencias para responder a la emergencia tienen un sustrato de desigualdad histórica y estructural que no se resolverá con equipamiento hospitalario, con cuarentena estricta ni mucho menos con represión. Si las élites se han regodeado con la obscena diferenciación socioeconómica, no pueden ahora exigir una conducta políticamente correcta a los marginados.

Como una buena parte del país, Guayaquil hizo de la calle el espacio predominante de socialización, con la particularidad de que se trata de una ciudad de tres millones de habitantes. ¿Cómo se encierra en sus casas a tanta gente?

Por eso el caso de Guayaquil es paradigmático. No es casual que en esa ciudad la crisis sanitaria alcance un dramatismo extremo. En pocos años esa urbe cumplirá un siglo de haber acogido al populismo como modelo político hegemónico y –hasta podría decirse– exclusivo. El correlato social y económico de dicho modelo es la informalidad. Algunos expertos hablan de que esta abarcaría hasta al 70 por ciento de sus actividades productivas. Como una buena parte del país, Guayaquil hizo de la calle el espacio predominante de socialización, con la particularidad de que se trata de una ciudad de tres millones de habitantes. ¿Cómo se encierra en sus casas a tanta gente?

En ese sentido, que la pandemia se salga de control en esa ciudad no debería sorprendernos. Tampoco que los sectores marginales que la habitan sirvan de caldo de cultivo para un eventual estallido social. El populismo no manipula únicamente la marginalidad, sino también las pulsiones individuales. El hambre y la indignación popular forman una mezcla altamente explosiva.

Mientras tanto, las élites porteñas siguen buscando culpables para justificar su indolencia y su inconsciencia atávicas, como si durante siglos no hubieran manejado el poder a sus anchas. Si pudieran blindarse contra los microbios como se blindan contra la pobreza en sus ciudadelas, lo harían. Lo que nunca se imaginaron es que un agente biológico como el coronavirus, que podría ser enfrentado a partir de ciertas ventajas de clase, terminaría perforándoles los bolsillos.

¿Reactivar la producción para evitar el colapso de la economía? ¿Es eso posible en medio del despelote sanitario? Al parecer, los economistas neoliberales que actúan como voceros de estas élites y que abogan por una forma de eutanasia social, no se han percatado de la magnitud del problema. La pandemia es peor que la guerra porque además de golpearnos nos inmoviliza por completo. Ni siquiera sabemos en qué momento terminará la emergencia, ni a partir de qué punto la amenaza estará controlada. Y ellos solamente piensan en la salud de sus negocios.

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