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18 de Abril del 2018
Ideas
Lectura: 3 minutos
18 de Abril del 2018
Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

¡Guerra!
Pocos han reparado en que el narcotráfico es un enemigo difuso, anormal, indescifrable. No es un Estado ni un ejército: es un negocio que opera con las leyes de la oferta y la demanda. Produce, circula e intercambia mercancías. Y acumula riqueza. El narcotráfico es una transnacional capitalista criminal.

Desconcierta el brote de discursos belicistas a propósito del conflicto en la frontera con Colombia. Las redes sociales están plagadas de llamados a la guerra y al exterminio de "Guacho" y sus compinches. Sin tregua. Como en las etapas más feroces de la violencia política.

Pocos han reparado en que el narcotráfico es un enemigo difuso, anormal, indescifrable. No es un Estado ni un ejército: es un negocio que opera con las leyes de la oferta y la demanda. Produce, circula e intercambia mercancías. Y acumula riqueza. El narcotráfico es una transnacional capitalista criminal.

Como todo grupo empresarial en el capitalismo, aspira a controlar el poder político para orientar al Estado y a la sociedad en su favor. Al ser la expresión más despiadada e inhumana del capitalismo, opera preferentemente desde la violencia física y simbólica. Pero también recurre a mecanismos sutiles como la cooptación, el soborno, la seducción, el compadrazgo. Es decir, aplica mecanismos estrictamente societales para apuntalar sus intereses.

Por eso, priorizar una estrategia militar contra el narcotráfico es como pretender erradicar la parasitosis a base de Metronidazol: lo bichos se demoran en regresar lo que el afectado se demora en consumir agua insalubre. El narcotráfico subsistirá mientras existan condiciones para su desarrollo. Es decir, mientras haya pobreza, marginalidad, consumismo, metalización de la vida, desigualdad.

En esas condiciones, las apelaciones a la guerra aparecen no solo como absurdas, sino como sospechosas. ¿A quién benefician? Si en Colombia persiste la respuesta militar al narcotráfico es porque está férreamente anclada a intereses económicos. Muchos –demasiados– lucran de la guerra. En el fondo, no quieren terminar con el problema. Sería desastroso que en el Ecuador se lleve a cabo una estrategia similar.

La virulencia de los discursos va acompañada por una peligrosa añoranza por la represión, y por la reivindicación de una inaceptable subordinación del país a lógicas externas. Si comprar armamento y equipos militares a los Estados Unidos ya tiene una serie de externalidades difíciles de digerir, mucho peor resultará la presencia de fuerzas especiales extranjeras en nuestro territorio, tal como algunos están exigiendo. Y aquí no hablamos de soberanía, sino de simple pragmatismo, de evidencias puras y duras: la guerra contra el narcotráfico a nivel mundial está perdida. Lo reconocen los principales organismos encargados de su implementación.

Luego de años de aplicación del Plan Colombia, los cultivos de coca en ese y otros países de la región se han multiplicado exponencialmente. El consumo de drogas en los países ricos está alcanzando el rango de catástrofe sanitaria. En Estados Unidos, el consumo de opiáceos ya es un problema de salud pública. Y ahora quieren echarnos el muerto a nosotros.

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